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En el año de 1967, invierno y tarde sombría,
otrora lujo del Biltmore crepuscular, casas señoriales de vacías piscinas
reconvertidas en residencias de bachilleres, recia disciplina militar,
alineados en los perfectos pelotones de marcha en la madrugada húmeda
cuando el rocío se desprende de la hierba y salpica los rostros imberbes,
prohibido hablar, prohibido tropezar, prohibido bostezar de hambre o sueño,
el débil sol corrompiendo la prohibición de amanecer sobre el futuro de otro día sin
presente,
yo, ellos, las Makarenko, los instructores militares, los silbatos,
corte de pelo al estilo de los marines norteamericanos, el peso fantasma del fusil
contra el hombro derecho
y el alivio imaginario que nos producía cambiarlo al izquierdo, siempre
ejercitándonos
para la próxima e inminente invasión enemiga.
En el año de 1967, invierno y tarde sombría,
hojas sobre la tierra del jardín como en una reminiscencia de Princeton,
castigado sin permiso de salida por no sé qué incorrección en la alineación del
desfile matutino,
viendo a través de la ventana, sentado en el alfeizar interior, cómo el
atardecer descendía
desde algún remoto lugar más allá de nuestras vidas, en ese minuto sublime
en que se me acercó el Comisario del aula para recavar, con escasos preámbulos,
mi colaboración para salvar a nuestra patria del dominio de los Soviets
como si me estuviera hablando de una película de la RKO Pictures
en tiempos de la Guerra Fría.
La CIA nos ayudaría: el ya era uno de ellos, y sus brazos ansiaban
rescatamos de la muesca de los boyardos del Kommiterm.
En el año de 1967, invierno y tarde sombría,
pensé de pronto que esa podría ser la manera perfecta
para desembarazarme de aquella Makarenko de recio estirpe, rubia oxigenada en
lapsos femeninos,
que me perseguía día y noche intentando convertirme en el
hombre perfecto que nunca sería.
Pero me molestó que irrumpiera en mi soledad, que me sustrajera de mi
abstracción,
que interrumpiera la caída de las hojas, que llenara el silencio de
aquel inmenso salón
con encomiendas patrióticas de un nauseabundo aroma a ratonera.
Deseché rápidamente el posible asesinato de la platinada Makarenko
y mientras percibía descender la última hoja que mi pánico me permitía presentir,
tanto en su roce contra la hojarasca exterior como dentro de mi
propia acumulación de trémulo follaje,
intenté llamarle a la cordura, tan inútilmente como cuando una mariposa
procura demostrar no temerle a la rana que se oculta entre las piedras
y que de un lengüetazo se la va a comer, se la va a comer...
¿Por qué yo, si marchaba lo mejor posible,
extendía el brazo en la alineación casi sin atreverme a rozar el
hombro de mí compañero,
no miraban a nadie, me comportaba con el sigilo de quien se
esconde a sí mismo, incluso de sí mismo,
y me escapaba en los permisos hacia el poder de las flores en
Coppelia creyendo, al menos, no ser visto?
En el año 1907, invierno y tarde sombría,
lo importante, lo verdadero y profundamente trascendente era mi
soledad y mí tristeza,
símbolos de una libertad que nada ni nadie podían coaccionar: yo creía en el
destino,
y el destino en aquella ventana y la distancia que sentía de lo viviente,
incluida la alimaña que venia a tendenne la burda trampa del patriotismo.
Delatarlo conllevaba la duda y la culpa de poder conducirle a la muerte;
no hacerlo, aún negándome a secundarlo, era convertirme en cómplice
y poder ser conducido desde la duda hasta la muerte.
En el año 1967, invierno y tarde sombría
se harían noches interminables, párpados abiertos del espanto,
días que no transcurrían con la misma celeridad de antes,
corredores y pasillos por los que intentaba escurrirme con el atuendo de un
fantasma,
miradas que buscaban entre la tinta negra de los calamares marroquíes que
implacablemente nos daban a comer
la disolución de mi presente, mi pasado y sobre todo mi futuro.
Una noche incipiente, lluvia calada, oscuridad de ahorro energético,
llamé a la puerta de la mejor mansión, directora y subdirectora, binomio tétrico.
La primera, india recia, presuntamente oriental,
única mujer que he conocido con nombre de instrumento musical: Viola,
que no sonaba ni hablaba, sólo escrutaba con la fuerza de los ojos de Dios;
la segunda, rubia maltrecha, pequeña y con chepa, podía ser un anejo, una.
separata o el epílogo
de aquellas siluetas que Francisco de Goya no pudo descubrir a tiempo.
Le delaté: a él, el de la CIA, el Comisario del aula, el sebo del anzuelo, la trampa o
el patriota.
No pasó nada. Nada cambió. No volvió a insistirme tampoco,
pero yo padecí por mucho tiempo la culpa de la imprecisión.
Con los años supe que su carrera política le había deparado
la presidencia de un núcleo regional del Kommiterm: al parecer nunca se había
vendido al enemigo.
Yo, por si acaso, en las tardes sombrías
jamás volví a sentarme en el alfeizar interior de aquella ventana,
y así, me perdí la contemplación del bucólico paisaje del jardín
y aquel profundo instante en que la soledad me llevaba a una extraña libertad
que sólo tenía que ver conmigo y nada con los mundos que me rodeaban.
A la memoria de Olga Andréu
Amplio bar de copas misteriosas del Habana Riviera.
La gente se mueve con el mismo sigilo del "Tom Collins" en el paladar:
de un lado a otro de la boca, silenciosamente, antes de seguir camino abajo.
Creo estar en el Casino de Estoril, entre Heddy Lamar y Eric von Stranberg
con el monóculo empañado por el humo del tabaco barato.
Los funcionarios de la Sécurité intentan demostrar indiferencia.
Las sutiles caza-foráneos intentan demostrar indiferencia.
Los sutiles hombres se soban disimuladamente los genitales e intentan demostrar
indiferencia.
Los barmen —aún se respira cierta brisa hollywoodense—
batuquean con cierta indiferencia sus cocteleras de Tom Collins y Alexander's
(no están de moda vulgaridades nacionales como mojitos y daiquirís —al menos
todavía—).
El aire refrigerado nos compensa de la pastosidad aplastante de la noche tropical
cuando salgamos de este bar de tráfico de miradas.
Enrique nos presenta y se va con un hombre sutil,
que intenta demostrar indiferencia ante el pecado.
Y quedamos la mujer y yo, junto a Tommy y Alexander, rodeados
por toda la aparente indiferencia de la multitud y nuestra propia apatía, nuestro
inagotable cansancio.
Apenas hablamos: ¿respetamos nuestros cotos de silencio o no tenemos nada que
decimos?
Alexander y Tom se escurren y nadie lo nota. También lo hacemos nosotros.
En un lapso de española caballerosidad (la sangre es la sangre) la acompaño a su
casa:
la noche siempre es peligrosa y hay negros, a los que se culpa de todo
(la Isla es ancestralmente racista y todo lo que en su contra se diga es mentira).
A la puerta de su casa me invita a subir. Bebemos alcohol del proletariado.
Nos sentamos frente al televisor, con nuestros vasos sin hielo,
sin intentar demostrar la indiferencia que nos ha producido la vida.
Y es la larga noche del 43 la que retorna desde Italia hasta la noche sofocante:
El miedo, las delaciones, "il facsio", las huidas, los paredones, los fusiles, la sangre,
y alguna sonrisa. ¡Cuántas coincidencias solapadas!
Encima del televisor, una pequeña ventana rectangular, por la que difícilmente
podría deslizarse una persona.
Siempre me he preguntado sí esa abertura fue la escogida por la muerte.
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Imagen de portada:
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