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Si el mundo termina alguna vez,
seguramente lo hará en un domingo como éste madrileño, tarde última de marzo,
en que se quiebra tan sonoramente mudo el cielo sobre nuestros hombros.
Nosotros dos, en el asiento de un autobús camino del centro
Y entre medias un pálpito de penas, temblor de antílopes africanos
paralizados por un sordo rumor que les advierte inútilmente.
Si el mundo termina alguna vez, nos escogerá a nosotros, y al domingo,
y nos hará viajar por estrechas calles que una vez representaron algo para alguien,
y hoy son sonámbulos humos de hermosos muchachos arruinados
quedamente en busca de un cataclismo sin movimiento.
No habrá fuegos, ni un solo clavo candente nos quebrará el pecho;
no habrá lluvias, ni mares que en mitad de un continente nos aneguen las espaldas, ni explosiones que nos llenen los ojos de rojo atardecer sobre colinas impalpables;
sino que todo se irá yendo, escapándose suave pero tan profundamente doloroso
que cerraremos los ojos para quedarnos como adormecidos
-pensaremos entonces- cuando en realidad nos dormiremos para siempre.
Nos daremos cuenta porque nuestras manos, aun estando juntas,no
irán traspasando de espacios nunca más atravesados, como si la ausencia les fuera añadiendo invisibles capas de distancia y ya fueran sólo recuerdo.
Nos parecerá que recordamos un ocaso ya sucedido
que sacamos del sueño, como a nuestros cuerpos,
a un último paseo entre sombras que están y no están.
-No digas una palabra, por Dios. -
Si el mundo acaba alguna vez, será en la tarde
de un domingo último de marzo, en Madrid,
v donde quiera que estemos nos buscará para reunirnos,
camino del centro, donde entre los fantasmas
ocultaremos nuestro triste temblor de antílopes falleciendo.
La mirada de Ulises observa cómo desmontan el pesado monolito del héroe.
Es una operación que lleva horas cuidadosas
porque a pesar de los cambios, se pretende que la piedra no se quiebre.
En el fondo persiste un cierto respeto,
que es también un respeto hacia su propio pasado,
hacia la inutilidad de los hombres que ostentan el poder a lo largo del tiempo,
hacia la ilusión y las ideas equivocadas,
hacia las consecuencias que se derivan de la sinrazón del poder.
Serian mucho más numerosas las horas empleadas en cincelarlo
-el detalle de perfilar con perfección su barbilla enfilando el futuro
costaría mucho sudor, las manos del escultor se hartan más rudas seguramente-.
En el gesto adusto del héroe, en su mirada fija hacia el horizonte,
en sus pupilas de faro que guiaba los barcos a puerto, no hay nada
confundible con la tenue e indefensa sensibilidad del arte,
pero ha sido todo un arte combinar¨la dureza de la piedra,
la dureza del héroe
y la dureza férrea de la Idea.
Harvey Keitel es Ulises, y es Ulises,
en el puerto, con un pie sobre el muro del malecón,
viendo cómo desmontan el pesado monolito del héroe:
lo cortan por la mitad, y con dos cuerdas de acero (una al cuello, otra al abdomen)
lo depositan sobre un trasbordador y emprende la despedida.
Nadie le dice adiós. Se marcha con más silencio con el que se levantó.
Esta vez no hay escultores; sólo obreros que hacen su trabajo,
cobran su jornada y se marchan a sus casas
o a la taberna para rociarse con un vaso de aguardiente de ciruelas.
Sobre cubierta parece como si estuviera tomando tranquilamente el sol, aprovechando el receso de las ventiscas de invierno.
Va plácidamente, durmiendo.
Ulises le mira partir: parece meditar sobre lo vano y lo inservible
del paso del tiempo.
La tristeza supera el respeto.
Oh, Dios, si pudiera contar contigo, te pediría que hicieras de mí el verano y que mi sudor se cuajara sobre la frente de los hombres recios y entre los muslos de las mujeres hermosas.
Desnúdame el torso, alza mis vaqueros hasta las rodillas para saltar el cerco de La Cibeles y mojar mis pies en su frente como en un riachuelo.
Llévame a la infancia y haznos masturbarnos a los once años en el remanso de río, comparando el tamaño de las pichas.
Haz que me pase un pañuelo blanco por la nuca y salga oscuro como el fondo de una cacerola sobre el carbón del anafre.
Hazme morir de fuego, meter el aire caliente por dentro de mi camisa secarme las tetillas que quieren gotear la savia de mi pecho.
Haznos humedecer, mojar, empapar las sábanas, y resbalar torso contra torso, sentir casi el asco de dos cuerpos destilando orujo, la uva exprimida, el pezón mordido por el extravío de la razón. Mi lengua refrescando su nuca, su espalda, su culo. Déjame ser un abanico para calmar la calima, el vaso de agua que se bebe de un tirón, el trozo de hielo que introduzco y dejo caer sobre la piel de su espalda para hacerle estremecer y sonreír y darme un abrazo o un suave puñetazo que adorne suavemente mi piel con el toque rosáceo y momentáneo de la niñez recobrada, que desaparece veloz tras el humo de los coches.
Conviérteme en invierno.
No olvides que siempre he querido devenir en nieve y transmitir esa extraña, incomprensible e inabarcable alegría de ver que los colores desaparecen bajo el blanco.
La nieve es la carcajada del cielo. Explosivamente revienta y cae.
El cielo se ríe con esa risa de Ana Magnani, con la risa de Gloria Lastre, cuajando en copos que adormecen el dolor, el temblor de las manos que tiemblan porque presienten la muerte del invierno, la muerte del tiempo y nos queda ese silencio que va cayendo con el estrépito de una vida sin palabras.
Haznos entrelazarnos bajo el edredón, sintiendo que nuestros dos cuerpos juntos no superan la ligereza del peso de la pluma de una oca.
Haz que mis hojas se tornen rojas, amarillas, ocres, y pueblen el césped de los parques, los bosques de las laderas, impregnándome de ese aroma a hojarasca que pudre sobre el suelo.
Triste ponme, no te dé pena. No me dejes solamente entre dos estaciones.
Haz que mi tren continúe su larga marcha por un paisaje que va desnudándose como la vejez, paulatinamente, sin apenas darnos cuenta. Y de pronto entramos en la espiral de los extremos:
conviérteme en verano o conviérteme en invierno.
Pero no olvides que también la primavera espera, con su viento de nuevos bríos y Galicia se llena de flores silvestres haciendo que el arco iris baje a ras del suelo.
Déjame solo entonces: Ya no querré otras carnes que el apenas perceptible roce.
Resérvame, Dios, para conocerte en el día más alegre.
"Meu Deus! " te diré, recobrando la lengua de mi padre.
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