Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Diciembre 2007. Antilde;o uno. Número tres

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
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Cervantes en Cecilia Valdés: realismo y ciencias sociales1

Roberto González Echevarría
Ensayo

Página 1

En España y América Latina, donde las fronteras entre discursos y saberes son borrosas y permeables, el comercio entre literatura y ciencias sociales ha sido intenso. Obras literarias claves como el Facundo, de Sarmiento, pertenecen por pleno derecho al pensamiento social y político. Otras, como Biografía de un cimarrón, de Miguel Barnet, surgen de las ciencias sociales pero acaban formando parte de la literatura, y las de José María Arguedas, quedan en una zona limítrofe (ver González Echevarría, Myth and Archive y Love and the Law in Cervantes). El reconocimiento de este parentesco de la literatura con otros discursos ha sido menos general cuando se trata de obras clásicas, como las de Cervantes, porque su lugar en la genealogía literaria es tan prominente que encubre su presencia en esas otras genealogías paralelas o entrelazadas a las que también pertenecen y sobre las cuales influye. Quiero aventurarme aquí por una rama poco visible del enmarañado árbol genealógico de los discursos literario y científico en lengua española, que se extiende desde ese macizo tronco que es la obra de Cervantes hasta Cecilia Valdés (1882), del cubano Cirilo Villaverde, a los orígenes de la antropología en Cuba tal y como ésta se desarrolla en los escritos de su figura máxima, Fernando Ortiz.

En tanto obra literaria, Cecilia Valdés —novela que unos pocos además de los cubanos conocemos— ha sufrido por la indiscutible trascendencia histórica y política que tiene para Cuba como nación, lo cual la ha condenado a una limitada recepción y valoración estética más allá de la isla. La gran novela de Villaverde presenta por vez primera de forma cabal la figura de la mulata bella y sensual, pero desdichada en amores, que, tangencialmente identificada con la virgen de la Caridad del Cobre, llegará a convertirse en una especie de mito nacional al estilo del de la Malinche en México. Este proceso cobra impulso a partir de 1932, con el estreno de la opereta Cecilia Valdés, basada en la obra de Villaverde, cuya música, difundida en discos, es lo que la mayoría de los cubanos conocen.2 Pero, como novela, Cecilia Valdés reviste una importancia digna de mayor y más amplia consideración, no sólo por sus méritos literarios, sino por constituir un sólido eslabón en la trayectoria que va desde los orígenes del realismo en la picaresca y la obra de Cervantes hasta la fundación de las ciencias sociales, especialmente la etnografía, la criminología y la antropología en el siglo XIX. Quiero decir por ciencias sociales el estudio objetivo de la conducta humana colectiva, desligado de esquemas derivados de la teología, la filosofía y los arquetipos legados por la literatura clásica y bíblica. Si, a grandes rasgos, el renacimiento inició el estudio de la política en El príncipe de Maquiavelo, de la conducta de las altas esferas de la sociedad en El cortesano de Castiglione, y de los sentimientos y subjetividad individuales en los Ensayos de Montaigne, la picaresca y la novelística de Cervantes —lo que tenemos que resignarnos a llamar “realismo”— se concentró en los bajos fondos de la sociedad, en los que pretendía encontrar un conocimiento más profundo de lo humano. Fue el brillante criminólogo español Rafael Salillas (1855-1923), de cuya existencia supe por la obra de Octavio di Leo, quien destacó la importancia del realismo novelístico en el origen de las ciencias sociales en estudios como Hampa (antropología picaresca), de 1898. Salillas fue también un pionero del estudio del “ñañiguismo” en Cuba, y de los tatuajes entre prisioneros.3 Parto de esa idea y pretendo añadirle que la tendencia al análisis del hampa la deriva esta nueva tradición novelística del derecho, sobre todo del derecho penal; de la elaboración de un sistema jurídico propio del estado moderno que se instituyó en España durante el siglo XVI. En el realismo novelístico el derecho es el discurso del método y el método del discurso. Ambos harán posible, ya en el siglo XIX, el desarrollo de las ciencias sociales mencionadas, especialmente, por supuesto, la criminología. Villaverde dejó con Cecilia Valdés un testimonio fehaciente y anticipatorio de todo este proceso, desde su inicio a manifestaciones posteriores en el siglo pasado.

Pienso que Cecilia Valdés es la mejor novela hispanoamericana del siglo XIX, y una de las grandes de la tradición occidental, en gran medida por las peculiaridades del país en que se originó. Las condiciones excepcionales de Cuba, pero si duda también el talento y tesón de Villaverde, que parece haberle dedicado todas las horas libres de su larga vida de exiliado político a la redacción definitiva de su obra maestra, determinaron la calidad de Cecilia Valdés. Porque Cuba era un caso muy especial en el panorama político, social y económico del siglo XIX, lo cual propició la creación de una novela que indaga en cuestiones de carácter universal con tanta penetración como las mejores de su época en Europa.

Debe empezarse por el hecho de que, a diferencia del resto de Hispanoamérica, Cuba no se hizo independiente durante la primera mitad del siglo XIX, sino que vivió en un estado de ebullición política como región lejana e insurgente de España —en cierto sentido, un separatismo más de los varios que siempre la han afectado. Forjar una nueva nación, como en la Argentina o México, no fue la tarea principal de los intelectuales y políticos cubanos de entonces, sino alcanzar primero la independencia y definir lo que era Cuba en relación con la madre patria, el resto de las nuevas naciones hispanoamericanas y los tan cercanos Estados Unidos de América.

Por ser desde el siglo XVI centro de reunión de las flotas que comunicaban los dilatados y distantes territorios del imperio español, y por su activa vida intelectual y artística, la isla, sobre todo La Habana y Matanzas, se sintió un centro clave en el comercio global de ideas y productos. Además, y como ha detallado Manuel Moreno Fraginals en su estupendo libro El ingenio, la economía cubana adolecía en su base de una contradicción fundamental que atizaba el desasosiego de todas sus clases: su producto principal, el azúcar, la vinculaba a lo más moderno y dinámico del mercado internacional, pero su modo de producción, basado en la esclavitud, era el más arcaico imaginable. A esto añadiría yo que las cuestiones que suscitaba la esclavitud remitían también a fundamentales dilemas y debates provocados siglos atrás por el descubrimiento y conquista, alrededor de los cuales todavía giraba el emergente pensamiento hispanoamericano: cuestiones como el trabajo forzado de poblaciones no europeas, ya fueran nativas o importadas, la conversión de éstas al cristianismo, la compatibilidad de éste con semejantes prácticas y la asimilación de culturas extrañas a las nuevas sociedades cuyo pensamiento y costumbres eran esencialmente occidentales. Ese “moderno arcaísmo” de Cuba, pudiéramos llamarlo así, favorece el que Villaverde se remontara a Cervantes y la picaresca en su esfuerzo por representar y analizar una sociedad tan turbulenta o más que las descritas por los grandes novelistas europeos de su época, en la estela de agitación política y social que dejaron las guerras napoleónicas en el viejo continente f—pienso en Manzoni, Flaubert, Stendhal y Galdós.

Las claves de la filiación literaria de Cecilia Valdés las dejó Villaverde en el epígrafe de Cervantes (cuya procedencia no se indica) que abre la novela, y en otras alusiones a la obra del autor del Quijote de índole diversa salpicadas por todo el texto, amén de elementos más significativos que me propongo analizar aquí. El epígrafe en cuestión, el primero de muchos que Villaverde usa para encabezar capítulos de su obra, y que figura nada menos que en la portada misma del libro, reza: “Que también la hermosura tiene fuerza de despertar la caridad dormida.” Está rubricado escuetamente, “Cervantes,” como si este rótulo fuese suficiente para darle peso y autoridad a la frase sin necesidad de indicar de dónde en la vasta obra del autor del Quijote procedía.

Volveré sobre el epígrafe, pero en lo tocante a las referencias o ecos cervantinos diversos y dispersos por Cecilia Valdés, cabe mencionar las siguientes, partiendo de las más triviales.4 Hay dos caballos en la novela que, por su escualidez, se comparan con Rocinante (96, 243), algo que, evidentemente, había pasado a formar parte de la lengua común, aunque me pregunto si lo fuera ya tanto entonces. Hay una mención directa de Cervantes como fuente de autoridad (74), significativamente sobre el tema de la mezcla de razas en España, inclusive la negra, antes que en América —es decir, que había esclavos africanos en la península antes que en el nuevo mundo. En otra se alude a la vela de armas en el Quijote mismo y se incluye una frase de este episodio alusivo a Roldán (348). En otra aún se alude a Cervantes para citar precisamente el epígrafe al principio de la novela (“que también la hermosura tiene fuerza de despertar la caridad dormida”), que un personaje le atribuye erróneamente al Quijote (466-67). Hay además resonancias claras de otras escenas del Quijote o giros tomados de éste que han pasado al conocimiento general. Por ejemplo, la conocida elipsis cervantina “la del alba sería” ( I, 4, 62), memorable porque abre un capítulo refiriéndose a la última oración del anterior, tiene eco en Cecilia Valdés por lo menos una vez: “donde se reuniría con ellos dentro de un cuarto de hora. Pero siendo ya la de almorzar…” (93). También hay el siguiente reflejo de la escena de la trifulca en la venta al final de la primera parte, que alude además otra vez al Orlando furioso: “Y una vez despejado aquel campo de Agramante…” (128). Debe mencionarse además la proliferación de refranes tanto en boca de varios personajes como en la del narrador, que le dan a Cecilia Valdés un aire muy cervantino. Pero se escucha sobre todo en Cecilia Valdés un timbre quijotesco en las cuatro veces en que el narrador repite el irónico giro cervantino de tildar su ficción de “verídica historia” (51, 57, 124, 262). Cito solamente la última a manera de ejemplo: “en el curso de la presente verídica historia.” No faltan tampoco apóstrofes irónicos al lector de tenor muy cervantino —“discreto lector,” “curioso lector”— que me eximo de contabilizar.

Podrían atribuirse todos estos ecos cervantinos en Cecilia Valdés a la reciente (siglo XVIII) incorporación del autor del Quijote al canon literario en el mundo de habla española, que en el paso de la ilustración al romanticismo se vio aliada además al desarrollo del nacionalismo, con lo cual la prosa cervantina se asimiló al acervo cultural de la “raza.” Las resonancias de Cervantes antes vistas, que delatan un manejo reciente de su obra, acusan además cierta complicidad con el lector. Son una especie de guiño: todos nos sabemos la obra del gran clásico, sus tics y lugares comunes forman parte ya del discurso culto, literario, entre personas leídas. Todo esto es innegable, pero no podemos dejar ahí la cosa porque hay claves más reveladoras y elementos cervantinos más sustanciales en Cecilia Valdés que remiten a la historia del realismo que he mencionado antes.

La pista más significativa e ignorada de la prosapia cervantina de Cecilia Valdés es lo mucho que derivan tanto el personaje de la protagonista como la trama misma de la novela de “La gitanilla” —pieza que abre el volumen Novelas ejemplares. Recuérdese que Preciosa, la protagonista cervantina, es una joven gitana, de origen desconocido, llena de gracejo, vitalidad y atractivo, de la que se enamora un galán noble con el que acaba casándose, cuando además se descubre que Preciosa misma era también de elevado linaje, aunque no lo sabía. Cecilia también ignora su ascendencia, es de una raza considerada inferior, rebosa gracia, vitalidad, carisma, y cautiva al acaudalado joven blanco Leonardo Gamboa. Pero he aquí la desviación: no se casa con él por una serie de obstáculos, siendo el más determinante y complicado que éste —algo que ninguno de los dos sabe— es su medio hermano Los primeros capítulos de Cecilia Valdés, que narran la niñez de la mulata, y en que ésta se distingue del ambiente sórdido en que se cría por su belleza y donaire, son una indiscutible re-escritura de “La gitanilla,” a su vez una versión brillante del relato tradicional que mejor conocemos por su moderna encarnación en “La Cenicienta.” (Preciosa y Cecilia, por cierto y para más detalle, ostentan un atractivo hoyuelo en la barbilla).5 Pero la prueba más contundente de esa relación es el hecho de que el epígrafe cervantino que Villaverde estampa sobre la portada de Cecilia Valdés proviene precisamente de esa novela ejemplar de Cervantes. Cuando la abuela de Preciosa lleva a bailar por calles y plazas de Madrid a la joven le llueven monedas de los espectadores complacidos, “que también la hermosura tiene fuerza de despertar la caridad dormida” (Cervantes, Novelas ejemplares, 11). El epígrafe, por cierto, figuraba ya en la primera versión de Cecilia Valdés publicada en forma de libro, que data de 1839 (La Habana, Imprenta Literaria), también en la portada. Esto indica que “La gitanilla” estuvo presente desde el principio en el proceso de creación de la novela.

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