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“La gitanilla” remite a la dialéctica entre amor y derecho que está en el origen de la novelística moderna —del realismo— tema que he desarrollado en mi reciente libro Love and the Law in Cervantes. Esa dialéctica surge del encuentro entre el desarrollo de un estado nuevo, moderno, constituido por sus leyes (época de los Reyes Católicos) y la fricción social manifiesta en transgresiones y conflictos amorosos: los relatos intercalados en el Quijote (Marcela, Grisóstomo, Fernando, Dorotea, Luscinda, en la primera parte, bodas de Camacho, hija de Ricote en la segunda). Según mi tesis, la picaresca surge casi literalmente del archivo estatal resultado del desarrollo de la jurisprudencia durante el siglo XVI, institución que, ahora asistida por la imprenta, atesora los millares de documentos, leyes, pragmáticas, casos y otros papeles, y que apuntala el nuevo estado —su manifestación más concreta será el Archivo de Simancas, cerca de Valladolid. A partir del finales del siglo XV se promulgan una serie de recopilaciones de leyes —la más importante para la obra de Cervantes es la de 1567— que son también como archivos de leyes anteriores y nuevas en sí mismas. El poder del estado se basa en su funcionamiento racional —es una burocracia patrimonial, siguiendo las categorías de Max Weber— que otorga legitimidad a los súbditos, los protege y controla, dibujando el perímetro de su acción y otorgándoles sustancia jurídica. El nuevo sujeto se comunica con el poder por medio del discurso legal que lo constituye, lo constriñe y lo protege. Lázaro de Tormes dirige la relación de su caso a un Vuestra Merced que bien pudiera ser un juez. Don Quijote y Sancho son perseguidos y capturados por la Santa Hermandad. Aunque patrimonial, la burocracia del estado moderno, que se origina en esa época, se regirá por normas internas que protegen al individuo de arbitrariedades basadas en derechos tradicionales generalmente tácitos, no codificados.
Este proceso se refleja en la literatura española del Siglo de Oro no sólo en la prosa de ficción, sino también en conocidas comedias como Fuenteovejuna, Peribáñez, El alcalde de Zalamea y El burlador de Sevilla entre otras. En éstas, como en las novelas intercaladas del Quijote mencionadas, el conflicto se plantea en términos de la contienda entre eros y ley, porque naturalmente la evolución de la sociedad sufre sus más intensos roces en lo tocante a su reproducción, a su renovación. Por eso traduce Cervantes la temática del amor cortés y otras tradiciones literarias derivadas de la edad media y el renacimiento al discurso del derecho —penal, civil, hereditario— en caso tras caso en el Quijote; violaciones, mayorazgos, segundones ansiosos, daños y perjuicios, deudas, etc. En su base “real” la relación entre Alonso Quijano y Aldonza Lorenzo —la de un noble y una labradora de su comarca— podría haber tomado el curso de las que sirven de base a las comedias de Lope, Tirso y Calderón mencionadas. Es también el conflicto en ciernes de “La gitanilla” y el ignominioso y dramático de “La fuerza de la sangre,” que se resuelve, como en tantas ocasiones en Cervantes, mediante una serie de restituciones o indemnizaciones. Éstas son con frecuencia el recurso cervantino para dar cierre y remate a sus relatos amorosos, combinando amor y derecho en una eficaz fórmula narrativa. En la última aventura en la venta se indemniza al ventero y al segundo barbero, el que había perdido su bacía.
En la segunda parte del Quijote se ensancha y ahonda la temática del amor y el derecho para abarcar los orígenes y fundamentos de los vínculos entre la ley y el estado —se pasa de los casos específicos de la primera, relativos a cuestiones legales suscitadas por la concupiscencia del segundón don Fernando, por ejemplo, a relatos que aluden a cuestiones más amplias de dimensión política. Ésta —la política— es la base y el marco del nexo del derecho con el Estado. Puede observarse esto especialmente en los episodios sobre el morisco Ricote y los amoríos de su hija Ana Félix con don Gregorio, un mayorazgo de su región. Las peripecias de éstos los llevan fuera de la Península (los secuestran unos piratas turcos) para subrayar el carácter trascendental de la aventura, que rebasa los límites geográficos de la nación, como para poder observarla desde fuera en su totalidad —la nación vista como entidad mensurable y definible con unas fronteras trazadas por la geografía y la política. En la posible unión de los jóvenes, ella morisca de origen, él cristiano viejo y noble, se suscitan cuestiones relativas al derecho del individuo y su pertenencia al estado, su ciudadanía, para decirlo en términos más modernos y anacrónicos (eran súbditos naturales).
Además de estas cuestiones relativas al funcionamiento social y económico representadas por parejas camino al altar, están las derivadas de la criminalidad —la cárcel y el altar son los espacios donde se solventan estos conflictos. El origen de esto se encuentra, como tantas otras cosas en la literatura española, en La Celestina, especialmente en su galería de rufianes y prostitutas. En la seminal obra de Rojas, en la picaresca, en Cervantes, hay un pronunciado interés por el criminal; desde entonces éste, el loco, el disidente, el marginal, se convertirá en centro de la novela, pero no tasados sus pecados y fechorías, como en Dante, por criterios teológicos o doctrinales, sino derivados de la tirante relación del individuo con la sociedad, cuyas leyes son las que asignan y ejecutan los castigos. Los marginados lo son ahora en relación a un sistema jurídico-penal que los persigue, captura, encausa, sentencia, clasifica y encarcela mediante un proceso de identificación que el derecho elabora, sistematiza y perfecciona y que la novelística adopta y adapta. Lo ilegal destaca la presencia de la ley en el acto ambivalente de su violación, por eso el interés de ésta para la literatura, para la escritura; la violación es lo que deja marca.
Los criminales están, precisamente, marcados, en todos los sentidos. Éstos exhiben rasgos físicos característicos que los hacen identificables para las autoridades a la vez que atractivos para la literatura. Las marcas que ostentan en el cuerpo son sus más genuinas señas de identidad, y trazan el itinerario de los avatares de sus vidas —son residuos y reliquias de accidentes y actos violentos que les confieren una fisonomía particular que, al ser registrada en documentos legales, facilitan su aprehensión y condena. Éstos son los rasgos anatómicos en que se interesa la literatura, desde la fea cicatriz en el rostro de Celestina al aspecto avellanado y reseco de don Quijote, que le permite al cuadrillero de la Santa Hermandad que lo captura verificar que se trata del individuo descrito en la orden de arresto que lleva consigo, en una de las escenas de lectura más hilarantes de la novela (I, 45, 528). Es la cojera y excesiva vellosidad de Monipodio, la bizquera de Ginés de Pasamonte, la zurdera de Juan Palomeque, pero también el mencionado hoyuelo en la barbilla de Preciosa. (Cecilia tendrá además una medialuna azul tatuada en el hombro para identificarla.) Las magulladuras, disformidades y cicatrices de los criminales no resultan de heridas ganadas en circunstancias heroicas, distinción que se establece de manera jocosa en el Quijote cuando el caballero pierde varias muelas de una pedrada recibida en refriega con ovejas y pastores que él imagina batalla campal entre caballeros andantes. Los antecedentes penales y la novela fijarán rasgos definitorios que individualizan y ponen de manifiesto el carácter criminal de personajes sacados general pero no exclusivamente de los bajos fondos. Ginés de Pasamonte es un empedernido criminal —recidivista— que ostenta defectos físicos (es bizco) o los finge (se hace pasar por tuerto).
Las anómalas fisonomías se traducen en motes o sobrenombres que las destacan y que bautizan al individuo con referencia a sus proclividades y actos delictivos, además de sus características físicas. Monipodio, la Repolida, Ginés de Parapilla, son algunos de los apelativos de esta índole que encontramos en Cervantes. Quintiliano Saldaña sostiene que la mayoría de los criminales en época de Cervantes tenían sobrenombres que figuraban en los expedientes para identificarlos, y da algunos ejemplos: Juan Pérez “El Tuerto,” Damiana Sosa, “La Caballona Machona,” Antonio “El Borgoñón,” y así por el estilo (552-81). Darle un nombre nuevo al personaje a tono con su carácter, conducta u origen, tiene mucho de acto poético y es el nexo más literal entre el derecho penal y la literatura.
En tanto que el elemento erótico-transgresivo de la novela de Villaverde no ha carecido de comentaristas, y la sexualidad de la mulata es casi el blasón de la obra, nadie, que yo sepa, ha notado la omnipresencia de lo jurídico en ésta. Esto a pesar de que una de las escenas iniciales y de mayor relevancia transcurre en una clase de derecho, a la que asiste como estudiante el joven protagonista Leonardo Gamboa, y que Cecilia, gracias a las trampas del padre de ambos y con la complicidad de las autoridades judiciales, es detenida y recluida, primero en una institución religiosa, y luego en un hospital para alienadas. No son éstos meros asomos del romanticismo de Villaverde, sino que remiten a la concepción misma de la novela, fraguada en una amplia y obsesiva preocupación por la ilegalidad que se remite a la picaresca y a Cervantes. Ésta podría analizarse como una serie de círculos concéntricos que, desplazándonos desde el de mayor al de menor diámetro, serían los siguientes, sin que la dimensión de cada uno indique su importancia.
El primero de esos círculos concéntricos de ilegalidad sería la reinante en la relación entre España y sus colonias tras la invasión napoleónica y la restauración de Fernando VII, que condujo a la independencia de éstas en la mayoría de los casos, aunque no en el de Cuba sino hasta décadas más adelante. La administración colonial en Cuba, representada en Cecilia Valdés por el histórico capitán general Francisco Dionisio Vives, practica una corrupción y desacato de sus propias leyes que permite la existencia de un estado no de derecho sino de arbitrariedad y engaño, en el seno del cual prosperan el vicio y la delincuencia a todo nivel. Villaverde destaca la imposición de medidas absolutistas en Cuba, tales como la supresión de la imprenta, inmediatamente después del final de los períodos constitucionales que el rey se vio forzado a aceptar, que fueron siempre seguidos por la más brutal represión. La trama de Cecilia Valdés está exactamente situada en esos períodos en que la constitución —digamos, la ley fundamental del estado— ha sido abrogada, provocando brotes insurreccionales que a la larga conducirán a las guerras de independencia, proceso en el que, desde su destierro niuyorkino, participa Villaverde.
El segundo círculo concéntrico de ilegalidad, que es el que más atención merece en Cecilia Valdés, inclusive en las discusiones entre los personajes, es la esclavitud, con su flanco internacional: la supresión y persecución de la trata de esclavos por parte de Gran Bretaña, acatada por la corona española en acuerdos firmados por Fernando VII y violados impunemente en la novela por criollos y peninsulares. La esclavitud constituye el delito en la base misma de la sociedad colonial. Pero, aparte de esto, ¿cómo puede ser justo tener en propiedad a otros seres humanos? ¿Con qué derecho se les puede arrancar de sus tierras y transportar a otras para realizar trabajos forzados? La esclavitud era práctica común en occidente, sancionada por el derecho romano —en Roma había esclavos nativos y extranjeros capturados en guerras— pero comienza a hacerse insostenible después de la ilustración y la revolución francesa, la cual condujo a la Haitiana.
El tercer círculo de ilegalidad es la preponderancia del incesto en las relaciones sexuales entre los personajes, no sólo el que se consuma entre los jóvenes protagonistas Cecilia y Leonardo, sino también en el sugerido entre éste y su madre, y entre la mulata y don Cándido, el padre de ambos. Hay otros también en potencia, como el de Leonardo con su hermana Adela.
Por último, el cuarto de los círculos, que sería exacto pero tal vez de mal gusto tildar del de mayor colorido, es la ilegalidad imperante en el bajo mundo de negros y mulatos, libres o esclavos que Villaverde se complace en pintar con el fino pincel del costumbrista que fue. Este nivel es el que más tiene en común con la cofradía de Monipodio y el ambiente de las ventas del Quijote, pletórico de personajes de abigarrada apariencia y dedicados a negocios ilícitos de diversa índole.
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