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En cuanto al primero de los círculos —la relación entre España y sus colonias— debe recordarse que la acción de la novela empieza exactamente en 1812, año de la Constitución de Cádiz, y de la batalla de Arapiles, que fuerza a José Bonaparte a retirarse de España, lo cual permite el regreso de Fernando VII para retomar la corona en 1813. En la novela 1812 es el año en que nace Cecilia: “Yo nací, según me ha dicho mi abuela, en el mes de octubre de 1812” (428). El segundo capítulo empieza así: “Algunos años adelante, mejor, uno o dos después de la caída del segundo breve período constitucional…” (22), lo cual sitúa la ficción después del trienio liberal, que terminó en 1823, y hace a Cecilia una joven de veinte años. Fue justo en 1823 cuando ocupó la Capitanía General de la isla Vives, quien gobernó hasta 1832, un año después del finalizar el período que abarca Cecilia Valdés. La inestabilidad política de la metrópoli —que oscila violentamente entre el liberalismo y el más cerrado absolutismo— pone en entredicho la legitimidad misma del gobierno colonial, asediado por conspiraciones que reflejan la enconada división entre criollos y peninsulares, a veces en el seno de una misma familia, como en el caso de los Gamboa. Padre e hijo se identifican en Cecilia Valdés, el uno como peninsular y el otro como criollo. Don Cándido se refiere a su hijo como “un insurgente” (p. 488). Una de las muchas virtudes de la novela es mostrar cómo el joven Leonardo entra en pugna con su padre, tanto en el plano político como en el erótico, fundidos y confundidos en la relación entre ambos —familia y sociedad, microcosmo y macrocosmo reflejándose el uno en el otro. Amor y derecho se entrelazan fomentando una ilegalidad que atraviesa todas las capas sociales, desde el Gobierno hasta los esclavos. El salón donde la gran sociedad habanera celebra un fastuoso baile para celebrar la fiesta de San Rafael está presidido por un retrato de Fernando VII.
La escena de la clase de derecho a la que asisten Leonardo y sus amigos establece un irónico contrapunto con toda esa ilegalidad generalizada. Como tantos elementos en Cecilia Valdés, el episodio está basado en hechos estrictamente históricos. La serie de Constituciones proclamadas, derogadas y vueltas a proclamar en España durante las primeras décadas del siglo XIX, que respondían a esfuerzos por incorporar elementos del Código Napoleón a la legislación española y a contiendas políticas entre liberales y conservadores, hicieron necesaria la creación (durante el segundo régimen constitucional a partir de 1820) de una cátedra de Constitución en el Seminario San Carlos, por iniciativa de la Sociedad Económica de Amigos del País, y otra análoga algo después en la Universidad de La Habana. (Esta proliferación de Constituciones recuerda la de recopilaciones en los siglos XVI y XVII.) La nueva cátedra del seminario fue regentada nada menos que por el presbítero Félix Varela; la de la universidad por otro cubano, el doctor Prudencio Hechavarría. En la escena de Cecilia Valdés, que transcurre en 1830, la cátedra del San Carlos la ocupa José Agustín Govantes. Es a su clase a la que asisten Leonardo y sus amigos. Lo que se destaca en la bien lograda dramatización de Villaverde es la frivolidad de éstos —que no han preparado la lección— pero sobre todo el tema que se discute en ésta: el del derecho de las personas, lo cual suscita el asunto de la esclavitud, todo sin embargo en términos abstractos. La crítica de Villaverde, que hace de la lección un ejercicio formalista desligado de la situación social y política de Cuba, no es óbice para que podamos percibir la ironía del pasaje, tanto con respecto al catedrático como al lector de la novela, porque el tema de la esclavitud es de una importancia tal en ésta que rebasa el conocimiento de todos —el del personaje (Govantes) y el del lector que se adentra por primera vez en la obra.
La esclavitud, el segundo de mis círculos concéntricos de ilegalidad, es descrita y analizada en la novela en todas sus dimensiones jurídicas, desde el derecho de las personas de la lección de Govantes hasta las maniobras de don Cándido para burlar las condiciones del tratado con Gran Bretaña e introducir negros directamente del África, haciéndolos pasar por “ladinos” traídos desde Puerto Rico, con la connivencia de las autoridades coloniales —que son sobornadas, por supuesto. Es en esta esfera donde mejor y más vivamente se manifiestan las intenciones políticas de Villaverde.
La explicación que Govantes da del esclavo, basada en el derecho romano, define a éste como cosa, como entidad carente de personalidad jurídica. En la dramatización del caso cubano que hace Villaverde los esclavos aparecen también como víctimas del sadismo de sus amos, desde la paliza que Leonardo le propina al calesero Aponte, hasta la crueldad sistemática que padece la dotación en el ingenio azucarero “La Tinaja.” En sus actividades ilícitas de negrero don Cándido contabiliza a los negros que compra y vende refiriéndose a ellos como “sacos de carbón,” y el capitán del barco que transporta a los africanos a Cuba cuenta cómo, para aligerar la nave y poder eludir a los ingleses, tira al mar a un buen número de ellos, inclusive a una niña. La subasta de negros, las transacciones de compraventa, se llevan a cabo al amparo de las leyes vigentes, como también las operaciones de persecución y castigo. Don Cándido se justifica alegando que los negros son mercancía como cualquier otra, llevando a sus últimas consecuencias la definición técnica de Govantes. En los capítulos que toman lugar en “La Tinaja” se relata el cimarronaje de varios negros: uno se ahorca cuando se ve acorralado, y otro, al que tienen en un cepo, se “traga la lengua” para morir asfixiado. A las protestas de crueldad don Cándido responde que los negros sólo entienden la dureza de trato, la violencia, y su mujer, doña Rosa aligera su conciencia con el viejo pretexto, que se remonta a la conquista y el sistema de encomiendas, de que los negros reciben como recompensa por su trabajo y sufrimientos el ingreso al cristianismo, y con éste la salvación de sus almas. Pero en la novela se pone al descubierto la hipocresía de este argumento porque las peores atrocidades contra los negros en “La Tinaja” se cometen precisamente el día de navidad, en que por cierto no se ha suspendido el trabajo La esclavitud, refrendada por las leyes vigentes, pone de manifiesto la esencial injusticia por la que se rige toda la sociedad colonial.
Es el cáncer que invade y corrompe tanto la sociedad de los blancos como la de los negros y mulatos libres que convive paralela a ésta y refleja sus prejuicios, vicios y crueldades. Si los blancos viven de la mentira, el abuso y la discriminación, la gente de color también es partícipe en esos vicios en sus propios círculos sociales, donde rige una implacable estratificación basada en gradaciones del color de la piel tanto como en el rango económico y social —el esclavo es aquí también el más sufrido de los seres. Las fiestas de la gente de color, celebradas en La Habana cuando tienen la ciudad franca porque sus amos se han marchado a sus residencias campestres en los ingenios azucareros, son de mayor pompa, boato, y reglamentadas por más estrictas jerarquías que las de los blancos. Los conflictos provocados por el roce entre individuos de niveles desiguales conducen a la violencia. El mundo del hampa negra, al que regresaré, es una cruel parodia de la sociedad blanca.
No poco de lo que pudiéramos llamar el rigor “científico” de Villaverde radica en esta cala en la sociedad de los negros y sus propias lacras, lo cual, sin negar la intención política de la novela —abolicionismo, independentismo— no permite que se reduzca la obra al plano panfletario de la lucha entre blancos malos y negros buenos. Es decir —y en esto también estriba el carácter protocientífico de Cecilia Valdés— que los componentes étnicos y sociales no se presentan como entidades abstractas, hipostasiadas, congeladas en esencias inertes en pugna las unas con las otras (lo africano, lo español), sino como entidades dinámicas en proceso de fusión. Una perspectiva idealista haría de esa fusión una armonía posible y futura que anuncia la nacionalidad. Pero no es ésa la de Villaverde, cuya gran novela da una visión sombría de su Cuba en ciernes. Hay factores más siniestros que minan el proceso.
El nivel de ilegalidad más profundo y primigenio en Cecilia Valdés, el incesto, es lo que pone en movimiento a todos los demás, inclusive la trama misma de la novela y las relaciones entre los personajes. Es un desorden anterior a la ley o, mejor, que provoca la promulgación de la ley, la fundación de la sociedad y hasta el concepto mismo de la persona, basado en la diferencia entre los seres humanos atendiendo al sexo y relaciones familiares. El incesto amenaza la irrupción de un caos primitivo en que reina la violencia irrestricta.
El incesto principal en la novela es el que comete Leonardo con la mulata Cecilia sin que ninguno de los dos sepa que ésta también es hija de don Cándido. Pero mientras que la relación entre Cecilia y Leonardo es la única en la que se llega a consumar la unión sexual incestuosa, hay otras en potencia que amenazan peores consecuencias. Hay en Cecilia Valdés una circulación de cuerpos indiferenciados que se desean o rechazan por sus semejanzas, como si una radical carencia de individualidad los impulsara a conocerse y reconocerse en la ternura o la violencia. En una reveladora escena, el mulato José Dolores Pimienta, pretendiente de Cecilia y futuro asesino de Leonardo, hace de maniquí para el entalle de un chaleco que el sastre Uribe confecciona para el joven Gamboa. Los contrincantes poseen cuerpos intercambiables. Por eso la lucha de Leonardo y Pimienta es como la de hermanos gemelos, dobles a los que diferencia sólo el color de la piel, por una mujer que es también de cierta manera familia de los dos: carnal en el caso de Leonardo, porque es su media hermana, por su raza en el de Pimienta. El combate es parecido a un acto sexual en que se dirime, precisamente, la identidad y por lo tanto la diferencia sexual de los contrincantes.
Pero la mayoría de sus lectores recuerdan la novela de Villaverde sobre todo por el cuarto de mis círculos concéntricos: el del mundo del hampa poblado por la gente de color. Aunque está presente a lo largo de toda la obra, es en la cuarta parte donde más se abunda en él. Nos hundimos en ese submundo cuando el cocinero Dionisio se hace prófugo de la justicia tras la bronca a puñaladas con Pimienta, en que lo dejan por muerto en la calle. De allí lo recoge Malanga, curro del manglar, que es la figura arquetípica del hampa habanera, especie de sociedad autónoma dentro de la ciudad, reflejo desfigurado de la de los blancos. Viven estos majos de color en barrios como el del Manglar o Jesús María, es decir en arrabales, se gobiernan por sus propios valores y reglas, tienen costumbres estrafalarias sobre todo en el vestir y el hablar, y ostentan sobrenombres extraños y extravagantes, alusivos a su facha o actividades criminales. Como en Cervantes, Malanga se viste con el traje típico de estos curros y se expresa en un lenguaje que Dionisio a veces no entiende. En cierto momento Malanga —notar el sobrenombre— hace su autobiografía en primera persona, usando una jerga casi incomprensible para el lector también, que recuerda muchos pasajes en Cervantes, como aquel del Quijote en que el primer ventero hace una relación de sus aventuras picarescas, y otros en novelas ejemplares como “Rinconete y Cortadillo,” “El casamiento engañoso” y “El coloquio de los perros.” Malanga termina, como era de esperarse, en la cárcel, aprehendido por Tondá, el negro encargado por Vives de perseguir a los delincuentes de su raza —crimen y castigo no se salen del círculo del hampa negra.
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