Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Septiembre 2008. Antilde;o dos. Número cuatro

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
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Combinado del Este: Sala de Psiquiatría

Rafael E. Saumell
(Fragmento de la novela
En Cuba todo el mundo canta)

Página 2

Los sanitarios eran presos de la categoría lancheros. "Floro" y "El padrino" habían intentado irse de Cuba atravesando el Estrecho de la Florida. Fueron capturados antes de que se hubiesen alejado de los límites territoriales. No sabían nada de enfermería y mucho menos de psiquiatría pero, poco a poco, desde los edificios del Combinado, fueron aprendiendo y capacitándose al punto de conseguir empleo en el hospital. Sobre la marcha se graduaron de loqueros. Tenían la ventaja de vivir en la sala, lejos de las galeras, al contrario de la inmensa mayoría de sus colegas. Ese privilegio era muy importante: mejores condiciones de vida, menos encierro, buena alimentación, en nada comparable con la bazofia que se consume en los edificios, acceso a la atención médica y a las medicinas, amplias oportunidades de conseguir visitas extraordinarias, correspondencia, contacto con civiles y con militares.

El hospital constituía el paraíso para quien buscaba empleo y deseaba estar fuera de los barrotes. Brindaba, digamos, la oportunidad de seducir a una empleada civil, de hacerle el amor, de ganar un salario y de enviarlo a la familia. Así funcionaba el lugar presentado por Valladares en Desde mi sillón de ruedas. Todo cuanto él informa en sus cartas y poemas pude comprobarlo fácilmente. Cada sala está dividida en cubículos de seis camas. La de los presos políticos, donde Valladares permaneció aislado por mucho tiempo, se halla en la zona que él señala.

Me preguntaba por qué me tenían en la sala de psiquiatría. La respuesta del doctor fue sencilla: por ser mi caso intento de suicidio tenía que estar bajo un régimen de vigilancia más estrecho.

A los presos comunes se les prohibía mantener contacto con nosotros. Para el gobierno resultaba preferible que uno cometiera un asesinato o una violación pero no un acto de oposición. Manena, por ejemplo, fue a la Cabaña para indagar si me encontraba retenido allí. Le preguntaron qué delito me imputaban. Respondió. El militar le comentó: "Señora hubiera sido mejor que fuera un asesino." Comprendí el valor que revestía para las autoridades el destruir a una persona como Nicolasito Guillén. Tenía que cuidarme si no quería seguir un destino similar. Desde que empezaron a darme pastillas, entre dos y tres en cuatro sesiones diarias, empecé a botarlas por el inodoro. No quería ser convertido en un adicto. De igual forma percibía cómo los órganos de la seguridad usaban al psiquiatra, a las psicólogas y a las psicometristas para evaluar la personalidad de los detenidos.

Una mañana me llamaron para una prueba de psicometría. Traté de responder de manera que no pudieran atinar cuál era mi verdadero perfil psicológico. A la vez, uno no podía identificar con facilidad quién actuaba como informante entre los pacientes. No tenía nada de extraordinario que un preso legítimamente detenido y condenado pasase a trabajar para la policía a cambio de la migaja de radicar en el hospital por un tiempo, o de una promesa más o menos vaga de excarcelamiento antes del plazo establecido por la sentencia. En ocasiones, la sala era un verdadero infierno de pastillas, electroshocks, locuras reales y fingidas.

Conocí al único preso sentenciado a cumplir su sentencia en la sala siquiátrica. Había sido periodista. Originalmente fue acusado de planear un atentado contra un célebre. El fiscal le pedía una pena de veinticinco años de privación de libertad. En el trajín procesal le sobrevinieron ataques demenciales y epilépticos. Le cambiaron la acusación de planes de atentado por la de peligrosidad con el añadido de cumplir allí los cuatro años de condena.

Se utilizaba la psiquiatría con fines represivos. La Seguridad del Estado contaba con una sala en el Hospital de "Mazorra" para hacer evaluaciones forenses. Los testimonios procedentes del lugar podrían calificarse de espeluznantes. Se hablaba de la proliferación de abusos, de la aplicación indiscriminada de electroshocks, de condiciones higiénicas deplorables y de maltratos cometidos por médicos, enfermeros y empleados. El propósito consistía en quebrantar al prisionero hasta la abyección y la demencia. Después de mi intento de suicidio me mantuvieron en la sala de psiquiatría por varios meses. De tarde en tarde me entraba la depresión y entonces pedía permiso para quedarme acostado. No avizoraba ningún mejoramiento de mi suerte. Me hice amigo de los sanitarios. Por consiguiente, ellos me llamaban cada tarde a su despacho, después de que se habían marchado los enfermeros militares, para que los ayudara a actualizar las historias clínicas. Así me enteré de que en mi caso el diagnóstico había sido neurosis de ansiedad causante de un intento de suicidio.

A pesar de lo anterior, los días en la sala transcurrían mejor y con menos aburrimiento que en las galeras, aunque no por ello estaban exentos de monotonía. Paradójicamente, el tiempo marchaba veloz. De cuando en cuando aquella vida se animaba cuando acudían visitantes al hospital. A las autoridades les daba entonces por la obsesión de mantener la sala más limpia y presentable que nunca. Nos entregaban sábanas y pijamas limpios e incluso nos cocinaban aquel día un menú apetecible a nombre de las apariencias.

Por esa época volví a escribir. Básicamente hacía ejercicios poéticos sin otro objetivo que el de mejorar mis destrezas para trabajar con imágenes e ideas de ausencias. Un día el doctor me invitó a que escribiera algo en ocasión del ocho de marzo, día internacional de las mujeres. Redacté unos versos de tema lírico. Permitió que los leyera a los empleados del hospital. Me sentí soberanamente ridículo cuando debí pararme en pijama frente a la audiencia la cual aplaudió con cierta cortesía al final de la lectura. En aquel contexto, los versos finales son irreverentes por su contenido religioso: "Bendita seas mujer entre todas las cosas, y bendita seas por tu vientre, por tu fruto y por tu amor/ y bendita seas por mí."

Pasaban las semanas y las semanas, continuaba estancado en la sala. Había tenido visita con Manena. Opinó que me notaba mejor en comparación con los meses previos. Una mañana, justo cuando iba acondicionándome a la idea de una larga en el presidio, se presentó ante mí un señor vestido de civil para entregarme un documento. Nada menos que el alguacil. Traía la petición de sentencia. En efecto el delito por el cual me acusaban era el de "propaganda enemiga". En segundo lugar, lo que yo había escrito atentaba contra el orden social y la Revolución Socialista, había usado palabras denigrantes contra la figura del Comandante en Jefe. No recordaba ninguna alusión directa o indirecta a Fidel Castro, pero ya ellos habían interpretado a su manera que el cuento "El automóvil" estaba dirigido contra él.

"Que el acusado asegurado Rafael Emilio Saumell Muñoz, de 30 años de edad, de estado civil casado, director de programas de televisión y vecino de la calle 124 número 4910, en Marianao, al practicársele un registro domiciliario el día 13(sic) de Octubre de 1981, le fueron ocupados diversos materiales escritos por él como lo son "Historia de una infamia," "El automóvil," "Cirilo el jefe," "Emilio parodia mal a Baudelaire," "Me voy de viaje," y otros más que, además de ser vejaminosos y denigrante (sic) para la figura del Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros de la República de Cuba, por su contenido, tienen carácter contrarrevolucionario y diversionistas (sic), e incitan contra el orden social, la solidaridad internacional y el Estado Socialista".

En otra parte el documento afirma:

"La sanción que debe imponer al (a los) acusado(s) es la de OCHO AÑOS DE PRIVACION DE LIBERTAD."

LISTA DE TESTIGOS:

  • — Máximo Valenzuela Fernández de Castro- Calle 15 # 513 entre Concepción y San Francisco, Lawton, Diez de Octubre
  • — 1er Tte. Braulio Maury Crespo - Instructor del D.S.E.

LISTA DE PERITOS:

  • — Tte. Alcides Cortés León L.C.C.
  • — Cap. Radamés E. Echemendía Díaz de Villegas L.C.C.
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