lunes


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En Carpentier lo maravilloso suele tener una dimensión histórica y salta a la vista como un truco literario; por ejemplo, en "Viaje a la semilla" el tiempo del relato transcurre hacia atrás. Lo novedoso en Cien años de soledad es que el narrador se expresa desde el interior de las creencias de sus personajes, no desde una perspectiva superior, y así se permite contar con impavidez sucesos que sólo son posibles si se comparten las ideas y supersticiones de estos. Como todo en la novela, la narración es de un funcionamiento autosuficiente, sin apelación a valores y pareceres externos que cuestionen su veracidad —narrador, personajes, y, durante el tiempo de la lectura, el lector, habitan el mismo mundo. Lo más insólito de las convicciones de los personajes, representativas del ambiente rural latinoamericano, es la aceptación impasible de sucesos que no pueden ser sino milagros. Y es que la imaginación popular latinoamericana, inmersa desde hace cinco siglos en un catolicismo pueblerino, acepta, cree en los milagros, son parte de su vivir cotidiano. Este componente no ha recibido suficiente atención al hablar del realismo mágico de García Márquez, pero es otra de las realidades que Cien años de soledad expresa sobre la cultura latinoamericana.
Los grandes artistas marcan la realidad de manera tal que hay personas y acontecimientos que parecen pertenecer a sus obras, de las que han escapado por un instante o a las que van a ingresar muy pronto. En esta época de obesos, de pronto me encuentro rodeado de "boteros." Carmen López, la recientemente fallecida madre de mi amigo y compadre José A. Cabranes, el gran jurista puertorriqueño y juez de distrito, contaba sin pestañar la siguiente historia. De joven, en su pueblo Punta de Santiago (Playa de Humacao), ella iba a visitar a las hermanas Court, unas morenas muy mayores ("ya eran viejas cuando yo era niña"), de "las islas," es decir, de territorios británicos aledaños a Puerto Rico. Con ellas disfrutaba de pláticas espirituales, porque eran muy religiosas. Un día caminando de vuelta a su casa, doña Carmen vio al demonio. No había lugar a dudas de quién era el personaje. A la altura de sus entonces noventa años, la señora lo contaba con la certidumbre de algo que no admitía cuestión posible. Otro gran amigo mío puertorriqueño, el ahora jubilado y distinguido profesor Arturo Echavarría Ferrari, me contaba que, a la mañana siguiente de un huracán que azotó Puerto Rico, se descubrió que un cementerio próximo al mar había sido arrasado, y que cadáveres y ataúdes flotaban no lejos de la playa, y que pescadores en lanchas, armados de varas con ganchos en la punta, los estaban rescatando. Al instante coincidimos que se trataba de una imagen digna de García Márquez. Mientras que los lectores de otras lenguas y culturas, legítimamente gozan de semejantes relatos por su valor exótico, los latinoamericanos sabemos que García Márquez ha calado hondo en nuestra cultura a todo nivel —hasta hace poco había seis Roberto González vivos en mi familia.
Al llegar a este punto no puedo menos que recordar el hermoso ensayo de Martí sobre Walt Whitman, uno de los más brillantes ejemplos de crítica literaria latinoamericana, donde sostiene que la poesía del gran vate de Manhattan era una con la de su nación. Y lo hago porque, con el pasar del tiempo y el vertiginoso girar del tiovivo de las modas críticas, los valores estéticos de Cien años de soledad están siendo menospreciados por los proponentes de los mal llamados "estudios culturales" (no son ni una cosa ni la otra). Se trata de un fenómeno casi exclusivamente norteamericano, del que participan norteamericanos y latinoamericanos americanizados que, a mi modo de ver, partiendo de un puritanismo muy del norte, se avergüenzan de experimentar placer estético (los pocos que son capaces). La base ideológica es un marxismo de pacotilla, y la práctica se cree activismo político, pero se trata en realidad de un idealismo ramplón que se queda en un desmenuzamiento escolástico de los prolegómenos, sin llegar jamás al supuesto objeto de estudio. Se leen y comentan unos a otros en cacofónicas parrafadas de seudofilosofía —que llaman theory—, valorada más que la literatura que, por suerte para ésta, rara vez tocan. Algunos se permiten emitir sandeces como la de decir que "están en contra de la literatura," que es una "construcción," desde luego (otra vez el idealismo). Al "diálogo" entre sí le llaman "latinoamericanismo" [sic] y se adhieren a diversos "posts": postcolonialismo, postmodernismo, etc., con la ingenua ilusión, muy del marketing norteamericano, de que el próximo "post" será algo realmente nuevo, radical, que borrará todo lo anterior y lo sustituirá.
Martí, cuyas credenciales de activista político nadie se atrevería a poner en tela de juicio, se pregunta: "¿Quién es el ignorante que mantiene que la poesía no es indispensable a los pueblos? Hay gentes de tan corta vista mental, que creen que toda la fruta se acaba en la cáscara. La poesía, que congrega o disgrega, que fortifica o angustia, que apuntala o derriba las almas, que da o quita a los hombres la fe y el aliento, es más necesaria a los pueblos que la industria misma, pues ésta les proporciona el modo de subsistir, mientras que aquélla les da el deseo y la fuerza de la vida." (92) Un párrafo antes había escrito lo siguiente, que podría aplicarse palabra por palabra a Cien años de soledad y América Latina:
Cada estado social trae su expresión a la literatura, de tal modo, que por diversas fases de ella pudiera contarse la historia de los pueblos, con más verdad que por sus cronicones y sus décadas. No puede haber contradicciones en la Naturaleza; la misma aspiración humana a hallar en el amor, durante la existencia, y en lo ignorado después de la muerte, un tipo perfecto de gracia y hermosura, demuestra que en la vida total han de ajustarse con gozo los elementos que en la porción actual de vida que atravesamos parecen desunidos y hostiles. La literatura que anuncie y propague el concierto final y dichoso de las contradicciones aparentes; la literatura que, como espontáneo consejo y enseñanza de la Naturaleza, promulgue la identidad en una paz superior de los dogmas y pasiones rivales, que en el estado elemental de los pueblos los dividen y ensangrientan; la literatura que inculque en el espíritu espantadizo de los hombres una convicción tan arraigada de la justicia y belleza definitivas que las penurias y fealdad de la existencia no los descorazonen ni acibaren, no sólo revelará un estado social más cercano a la perfección que todos los conocidos, sino que, hermanando felizmente la razón y la gracia, proveerá a la Humanidad, ansiosa de maravilla y de poesía, con la religión que confusamente aguarda desde que conoció la oquedad e insuficiencia de sus antiguos credos. (91-2)
La acogida de que ha sido objeto Cien años de soledad por toda América Latina y España (como lo atestigua la edición que ya llegaré a comentar) es prueba de que algo hay de reconocimiento mutuo, colectivo, en su lectura. Las ventas de los libros de García Márquez, no sólo de su obra maestra, certifican que su literatura ha sido leída y apreciada por amplios sectores del público lector latinoamericano, que reconocen en ella los valores de que habla Martí. Invitado de honor a una reciente feria del libro en Bogotá, me pasee por pasillos de librerías atiborrados de ejemplares de su última obra.
Con todo, después de años de explicar Cien años de soledad en cursos universitarios en Yale y otras instituciones europeas y latinoamericanas, superada la emoción de mis primeros encuentros con la novela, he llegado a formularme algunos reparos sobre la misma. Siempre me ha parecido que el título es uno de sus defectos, que tiene algo de sentimentalismo barato que oscila entre lo sublime y lo prosaico: "¡Ah, pobres macondinos, condenados nada menos que a cien años de soledad!" Además, lo de la soledad no se sostiene, suena falso, cuando se le atribuye a personajes que no parecen sufrirla, y parece demasiado obviamente derivado del existencialismo prevaleciente en los años cincuenta y de Octavio Paz. Creo que hay aislamiento, pero no soledad en Macondo, que es una sociedad unida, solidaria, en que los personajes llevan una vida social plena. Pienso que la novela debió haberse intitulado Macondo, nombre resonante, raro, de oscura etimología y que, aún sin ser el título, ha pasado al vocabulario común mucho más que el impronunciable condado de Faulkner.
Otra debilidad son los personajes, que aparecen atrapados en la minuciosa relojería de la novela y no manifiestan una dimensión profundamente trágica, como los de Faulkner. Éste se mete en la conciencia de los suyos y los hace hablar desde el oscuro pozo de sus almas atormentadas con voces e inflexiones inolvidables. En Cien años de soledad hasta los protagonistas parecen obedecer a fuerzas superiores a sus voluntades, muchas veces genealógicas, cuya inexorabilidad se expresa mediante superlativos absolutos e hipérboles insuperables. Claro, podría argumentarse que esta es parte de la vertiente cómica de la novela, que el automatismo es risible, como propusiera Bergson alguna vez. Cuando se pone en movimiento el mundo macondino es como una vasta caja de música con figuritas, los personajes, que gesticulan repetidamente, haciendo los mismos ademanes y recorridos; todas esas guerras civiles que el coronel Aureliano Buendía pierde. Hay escenas conmovedoras, como la del patriarca senil amarrado a un árbol, expuesto a las inclemencias del tiempo (y los rigores de la alegoría), pero éstas también tienen su lado cómico, como cuando se descubre que la jerigonza que habla el anciano es latín. Estos son reparos honestos que hago sin que disminuya mi admiración por la obra. Por un lado, la perfección es siempre un espejismo, y por el otro, García Márquez no es ni un Faulkner ni mucho menos un Cervantes.
Sterling Profesor of Hispanic and Comparative Literature, Yale University. Autor, entre otros libros, de Mito y Archivo, La prole de la Celestina, Crítica Práctica/Práctica y Love and the Law in Cervantes. Es colaborador habitual de The New York Times Review of Books, The Wall Street Journal, The Village Voice, The Nation y USA Today.
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