Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Septiembre 2008. Antilde;o dos. Número cuatro

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
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Cuba: la transición o el desastre

Carlos Alberto Montaner

Página 3

Estados Unidos: un asunto de política interna

Qué duda cabe de que Estados Unidos es un elemento muy importante en el acontecer cubano. Así ha sido, al menos desde fines del siglo XVIII, seguramente como consecuencia de la cercanía entre ambos países. En todo caso, lo probable es que la transición cubana comience a ocurrir durante el mandato del cuadragésimo cuarto presidente de Estados Unidos, ya sea éste el demócrata Barack Obama o el republicano John McCain, lo que incrementa el peso de Washington en la actual circunstancia cubana.

¿Tiene mucha importancia que gobiernen los demócratas o los republicanos para las relaciones entre los dos países? Tal vez menos de lo que pueda suponerse. La ley Torricelli, que endurecía el embargo, fue firmada en 1992 por el primer George Bush, republicano. Y la ley Helms-Burton, que lo endurecía aún más, fue firmada por el demócrata Bill Clinton en 1996. Durante la campaña electoral, los dos candidatos ya han establecido sus vínculos con los grupos de exiliados y lo probable es que en ningún caso se producirá un brusco viraje estratégico en el diseño de la política estadounidense hacia Cuba. Ninguno de los dos partidos siente la menor urgencia de modificar una política con la que han vivido casi medio siglo. Tanto demócratas como republicanos tienen un objetivo muy claro relacionado con el tema cubano: contentar a la mayoría de los votantes procedentes de esta etnia —algo muy importante en un estado como Florida, ganado en el año 2000 por los republicanos por 586 votos—, y, si se produjera otro episodio de tensión entre los dos países, evitar el éxodo masivo de cubanos hacia Estados Unidos.

La medida para lograr el objetivo seducir a los votantes cubanoamericanos es muy sencilla, como demuestran todas las encuestas: presentar una política de firmeza frente al gobierno de los Castro, objetivo en el que ambos candidatos coinciden en lo fundamental, aunque puedan discrepar en algunos detalles menores, como sucede con el de la frecuencia de los viajes de los cubanos residentes en Estados Unidos a la Isla. En todo caso, la visión de fondo de los policy makers de los dos partidos también coincide en el diagnóstico sobre qué es lo que le conviene a Estados Unidos que suceda en Cuba: que se produzca una transición ordenada y pacífica hacia la democracia, y que la Isla genere suficientes riquezas para sostener a sus habitantes sin que tengan que recurrir a la emigración.

Afortunadamente, ya son muy pocos los políticos norteamericanos que creen que la mejor manera de defender los intereses de los Estados Unidos es contar con gobiernos de mano dura en el vecindario, lo que hoy los hace rechazar la cínica proposición de aplaudir en Cuba el paso de una dictadura antiamericana a otra más o menos similar, pero con buenas relaciones con Washington, capaz de mantener un fuerte control sobre los cubanos para evitar la emigración clandestina a la Florida o el uso de la Isla como una plataforma para el envío de narcóticos a Estados Unidos.

Una política de apaciguamiento y contemporización con una "dictadura comunista buena" lo único que conseguiría sería aplazar el problema, no resolverlo. La lección aprendida a lo largo del siglo XX es que, precisamente, la estrategia de pactar con "our son of a bitch" (Batista, Somoza, et al), fue lo que provocó la posterior aparición de Castro en Cuba y del sandinismo en Nicaragua, y la causante de innumerables y legítimas críticas a Washington, aunque no deja de ser paradójico que la misma izquierda que antes criticaba a los norteamericanos por tener buenas relaciones con las dictaduras de derecha, ahora los critica por no querer tenerlas con las tiranías comunistas.

¿Qué haría Estados Unidos si Raúl Castro, o quienes le sucedan en el poder, intentaran movilizarse en dirección de un cambio real de sistema? Sin duda, ayudarían, tenderían la mano y favorecerían esta evolución. Harían lo que hizo Ronald Reagan cuando advirtió que Mijail Gorbachov se tomaba en serio la perestroika y el glasnost. Con bastante agilidad, el viejo actor convertido en presidente, quien llegó al poder decidido a enfrentarse al "eje del mal", desarrolló unas relaciones cordiales son su homólogo soviético, facilitando la distensión y las buenas relaciones entre los dos países, luego perfeccionadas durante la presidencia de George Bush (padre).

En el caso de Cuba, con una economía tan pequeña y frágil como la que tiene el país, y dadas las implicaciones políticas internas que poseen los asuntos cubanos en Estados Unidos, no hay duda de que Washington levantaría el embargo a corto plazo, proporcionaría ayuda copiosa para encarrilar la transición, y buscaría el respaldo de otros grandes actores internacionales para facilitar el paso hacia la democracia y la prosperidad. Obviamente, nada de esto tendría sentido si se prolonga la dictadura actual, o si el gobierno cubano trata de adaptar a la Isla el modelo chino o vietnamita para prorrogar la autoridad y los privilegios de la clase dirigente. En ese caso, en Estados Unidos no existen incentivos razonables para contribuir a la consolidación de ese sistema, ni habría el menor estímulo por tratar de cambiar la política norteamericana hacia Cuba.

Nadie puede lograr sus objetivos

La ironía del caso cubano es que ninguno de los factores principales de este drama puede lograr por sí solo sus objetivos.

  • — Fidel Castro no conseguirá, tras su muerte, la supervivencia de su régimen comunista dedicado a la lucha internacional contra Estados Unidos y el capitalismo occidental. Cuba, sencillamente, no puede seguir siendo una reliquia de la guerra fría, dotada de una antiquísima visión soviética de las relaciones internacionales. Cuba no puede ser, con carácter permanente, la excepción marxista-leninista en un planeta en el que esa opción dejó de tener vigencia.
  • — Raúl Castro no podrá transferir su inmenso poder al Partido Comunista, fracasará en su intento de crear un mecanismo estable y predecible para transmitir la autoridad, y le será imposible calcar los modos de producción de China y Vietnam, generando con ello una terrible frustración en una sociedad que posee unas altísimas expectativas de mejorar sus formas de vida bajo su mandato.
  • — Los reformistas dentro del aparato de gobierno, aunque sean la inmensa mayoría, no podrán controlar el poder y hacer los cambios que la sociedad desea para salir de la miseria y la incertidumbre en la que vive el país. Llevan demasiado tiempo arrodillados y aplaudiendo y están dominados por la capacidad de intimidación de la cúpula dirigente.
  • — El pueblo llano —esos diez millones de cubanos de una población de algo más de once— tampoco es un factor del que podemos esperar una actuación desencadenante de una verdadera transición. El estado anímico que prevalece en el país es una combinación entre la indiferencia, la desesperanza y el "sálvese el que pueda", es decir, la receta perfecta para la parálisis colectiva. El pueblo llano aprendió a no creer en el gobierno ni en la oposición, y sospecha de todo discurso político y de toda construcción teórica. Su principal objetivo, tal vez su único objetivo, es resolver, vivir mejor. Por eso, su norte suele ser, precisamente, el norte.
  • — Los demócratas de la oposición tienen un peso específico más moral que real. El hecho de que no figuren en ninguna de las instituciones oficiales y de que les esté vedado el contacto con las masas, provoca que no puedan poner en marcha ningún proceso de cambios, aunque la labor que realizan y los inmensos sacrificios que hacen —en los que a veces pierden la vida— sí fomenta la atmósfera para que, en su momento, llegue la ansiada transición.
  • — Hugo Chávez no parece ser un factor destinado a una larga vida política en América Latina. Su peso internacional depende del precio del petróleo, no de sus virtudes personales ni de su ejemplo como gobernante. La alianza que mantiene con los gobiernos de Bolivia, Ecuador y Nicaragua es muy precaria. Su propia autoridad sobre los venezolanos se debilita progresivamente, como se demostró en el referéndum de diciembre de 2007. Las encuestas reflejan la existencia de un chavismo duro que apenas alcanza el 17% del censo, al que se suma otra zona de apoyo, más blanda, aproximadamente de las mismas proporciones: o sea, apenas lo respalda un tercio de los venezolanos. Su sueño de convertir al eje Caracas-La Habana en el reemplazo de Moscú con el socialismo del siglo XXI se va desmoronando poco a poco. Chávez, además, no tiene influencia en Cuba. Es al revés: él es un prisionero-cliente de los muy eficaces servicios de inteligencia que le proporciona el gobierno cubano.
  • — Estados Unidos tampoco tiene cómo acelerar los cambios en Cuba, pero, a la espera de la circunstancia propicia, lo más prudente sigue siendo mantener la estrategia de contención que ya le dio resultado durante la guerra fría frente a la URSS:
    1. Ayudar a los demócratas de la oposición interna y externa, como en su momento hicieron con los disidentes del bloque del Este, para que no sean barridos por el aparato totalitario y puedan servir al país cuando llegue el momento de la transición.
    2. Mantener las transmisiones de Radio y TV Martí para que la población de la Isla tenga acceso a informaciones objetivas sobre la realidad contemporánea frente a la propaganda incesante del totalitarismo.
    3. Forjar lazos con la Unión Europea y Canadá para presentar un frente común ante la dictadura que presione en dirección de los cambios democráticos y el respeto por los derechos humanos.
    4. Ofrecerles ayuda generosa a los cubanos para cuando llegue la "hora cero", de manera que la población pueda estar segura de que sus condiciones de vida van a mejorar sustancialmente desde el momento en que comiencen los cambios.

El desenlace

¿Cómo terminará la larga era del castrismo? Mi pronóstico es que, tras la muerte de Fidel, Raúl Castro, o sus sucesores —dado que Raúl es un anciano de 77 años—, ante el continuado desastre material del país, ya sin legitimidad y carentes del aura protectora que proporcionan los dictadores carismáticos —desde Franco a Trujillo, pasando por el paraguayo Stroessner—, como sucedió en Europa del Este, y aún en la España post-franquista, se verán obligados a afrontar el inapelable desmantelamiento de un sistema disparatado en el que ya nadie cree. En ese momento, quien ocupe el poder en La Habana tendrá ante sí dos opciones:

  • — La primera, abrir el juego democrático ampliando los márgenes de participación a toda la sociedad, incluidos los demócratas de la oposición, como, grosso modo, ocurrió en Europa, aun a sabiendas de que a medio o largo plazo perderán el poder, aunque ya saben que hay vida después del comunismo, como se ha comprobado hasta la saciedad.
  • — Y la segunda, hacer eso mismo, pero reservándose el control de las Fuerzas Armadas para tutelar el proceso de cambios, como garantía de que no se producirán revanchas, tal y como sucedió en Nicaragua tras la derrota de los sandinistas o en Chile cuando Pinochet perdió el referéndum.

¿Qué sucedería si no ocurre nada de esto y el gobierno opta por mantener el poder por la fuerza, en medio del descrédito del sistema y de la inconformidad casi total de la población? Tal vez, entonces el desenlace será violento e incontrolable. Un día, probablemente en los cuarteles, un grupo de hombres armados intentará iniciar a tiros los cambios que el gobierno, actuando irracional y cobardemente, se negaba a afrontar. A partir de ese momento, cualquier cosa podrá acaecer, incluido el temido y evitable baño de sangre que no se merecen los pobres cubanos tras tantas décadas de sufrimiento y frustraciones. Esperemos que, al menos por una vez, los cubanos actúen razonablemente.

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Sumario

Este Lunes

Cien años de soledad cuarenta años después

Roberto González Echevarría

Cuba: la transición o el desastre

Carlos Alberto Montaner

La inconstitucionalidad de la ley cubana de confiscaciones

Héctor Ávalos Sardiñas

De la intolerancia, la chabacanería y el despotismo: Indagación de lo cubano

Narciso Hidalgo

Análisis sobre situaciones y problemáticas en la Cuba de hoy

Félix Sautié Mederos

¿Será pronto el español la segunda lengua oficial de los Estados Unidos?

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