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En los últimos cincuenta años, tanto en la isla como fuera de ella, se ha visto que las necesidades y ajustes impuestos por los acontecimientos y el quehacer sociales nos han llevado a un nivel de improvisación sin precedentes. Si esa capacidad de adaptación tiene aspectos encomiables, no es menos cierto que también pueden apreciarse la falta de méritos, de gusto e insubstancialidad con que muchas actividades se llevan a cabo. No son aislados los ejemplos de funcionarios que desde su puesto en la administración pública o el estado mandan a talar árboles y destruyen áreas forestales para, en su lugar sin ningún fundamento, erigir un pegote de hormigón. En más de un caso se ha visto que un cirujano o una enfermera ha "olvidado" dentro del pecho o del estómago de un paciente, sometido a una intervención quirúrgica, un instrumento o un apósito usado durante la operación. No ha faltado el político que después de una reunión con miembros de una comunidad, se ha mofado públicamente, porque según él, 'nada puede esperarse de aquella pobre gente', por tal o más cual razón. Tampoco son excepciones los periodistas que desde un cargo en la radio o la televisión, y durante las transmisiones habituales se expresan sin miramientos —a propósito, o en contra de— y convierten el espacio radial o televisivo en una diatriba de vulgaridades, fantocherías y disparates. ¿Se podrá esperar algo de gente como esta?
Finalmente, quiero referirme al despotismo que ya en la década del treinta del siglo pasado tuvo en la figura de Gerardo Machado su mejor representación, y que Roig de Leuchsenring ha calificado como "uno de los defectos capitales del carácter criollo, que debe a sus antepasados los conquistadores y colonizadores españoles" (Social,12).
Contrario a la generosidad y mansedumbre de los primeros pobladores de la isla —según se infiere de lo expresado por Cristóbal Colón en el diario de su primer viaje— el conquistador español trajo en la sangre el afán de ejercer su autoridad y arrasar con todo, cuando fuera necesario. A los conquistadores, siguieron capitanes generales y militares que no fueron menos que sus primeros émulos, y que demostraron, de igual modo, sus amplios recursos como déspotas.Habría sólo que recordar los papeles desempeñados por los Gobernadores Generales Miguel Tacón y Rosique (1834-38) y Leopoldo O'Donnell y Jorris (1843-48) inflexibles corregidores de la Metrópoli, que dieron sobradas muestras de intransigencia en la Isla.O la actuación del célebre General mallorquín Valeriano Weyler a quien se debe el plan de exterminio de los criollos durante la segunda guerra de Independencia, conocido como la "reconcentración".
Pero el despotismo además ha sido un atributo de todos. Solapado en el subconsciente, esperando sólo el momento propicio, yace el déspota que todos, en mayor o menor grado, llevamos dentro. "Hombres tímidos, pacíficos, sencillos, modestos, incapaces de levantar la voz ante familiares y amigos, gobernados por la mujer, los hijos o los suegros, los hemos visto, —explica Roig de Leuchsenring— tantas y tantas veces, transformados de la mañana a la noche en despóticos tiranos"(Ibid,12).
¿A qué se debe esta feroz transformación? ¿Qué explicaciones encontramos para esta conducta dispar? La psicología moderna basándose en estudios del comportamiento humano ha demostrado que un complejo de inferioridad no es más que su reverso, esto es, un complejo de superioridad. Esto podría explicar la actitud de algunos cubanos que nunca han ejercido un cargo con autoridad, ni han tenido una responsabilidad administrativa, y de la noche a la mañana porque tienen un puesto de dirección o visten un uniforme, se transforman en virtuales déspotas.Como sugiere Roig de Leuchsenring, el uniforme, casi siempre, es un fuerte estímulo para el ejercicio de autoridad, "con dos excepciones: el cartero y el barrendero" (Ibid,12).
De cualquier modo, ya sea complejo de inferioridad, inseguridad o falta de confianza en los demás, lo que intento subrayar son las consecuencias de este nefasto comportamiento. Déspotas con o sin uniformes han llenado cientos de páginas en nuestro quehacer social. ¿Recuerdan ustedes a algún déspota con uniforme en nuestra historia reciente? ¿Y sin uniforme, no recuerdan haber llegado a una oficina pública o a una entidad administrativa y haber tenido que soportar las malacrianzas y zoqueterías de un empleado?
Es cierto, que el despotismo ha estado íntimamente ligado al caudillismo, que aún vive latente en Hispanoamérica, y que no es un defecto exclusivo de nuestro carácter. No obstante, aquí se habla del despotismo de los cubanos, y de esa tara en nuestra condición que, al igual que la intolerancia, nos ha desgarrado como nación. Los intelectuales, los artistas, y otros profesionales han padecido también de este delirium tremens. Dice al respecto Roig de Leuchsenring:
(E)l crítico auto erigido en mentor y moralista de los vicios y defectos de gobernantes y políticos, o el oscuro e insignificante profesional, o el periodista garrapateador de cuartillas y pesetero habitual, cualquiera de ellos, al instante de ser nombrados para alguna secretaría de despacho u otro cargo de importancia, demanda ejército y policía para que impidan toda protesta o solicitud individuales o colectivas; realiza inconsultas cesantías para servir los intereses de su grupo o partido o de sus protectores; se hace acompañar constantemente de guardaespaldas; se revela iracundo contra las críticas que se hagan a su desastrosa gestión administrativa... ¡Qué déspota tan terrible y despreciable resulta desde una secretaría de despacho o un alto cargo público, el más infeliz profesional, periodista, crítico, artista o [quien sea]! (Ibid, 12-51).
Llama la atención que estas líneas fueron escritas durante el año 1936, pero ¿no les parece a ustedes que en ellas, se está reprobando a algún personaje de nuestros días? Estas circunstancias descritas por Roig de Leuchsenring son viejas cicatrices en nuestro carácter que no hemos logrado sanar.Son llagas de nuestro temperamento, con las que hemos convivido hasta hoy, que llevamos como estigma de nuestra condición humana.
Podría pensarse que aquellos hombres que han combatido con más ahínco el despotismo de políticos y gobernantes; esos que incluso han sido víctimas de la prepotencia y el delirio de grandeza de muchos déspotas, que han cumplido prisiones, sufriendo el destierro o el exilio e incluso, perdiendo familiares y amigos, tendrían la ecuanimidad y la experiencia necesarias para desempeñar la responsabilidad de dirigir, administrar o gobernar una instancia pública.Curiosamente, esos hombres desde sus despachos, han arremetido contra sus conciudadanos, y han sido iguales o peores que sus predecesores. Veterano de las guerras de independencia que lucharon contra los excesos de la Metrópoli fueron los Generales Mario García Menocal y Gerardo Machado. Víctimas de la desproporción de la dictadura de Fulgencio Batista fueron Castro y mucho de sus simpatizantes. ¿Qué ha pasado después?¿Cuál ha sido el destino de los cubanos y de nuestra querida Isla?
Cuando me propuse escribir este trabajo,pensé en la posibilidad de referirme al match Mañach-Firmat y por qué no, al choteo cubano. Llegué a pensar en la naturaleza dinámica de la identidad, y la relación dialéctica que se funda entre la idiosincrasia de un pueblo y su historia, determinando que un "defecto" como el choteo, según Mañach, tenga hoy diferentes interpretaciones. Incluso llegué a considerar el choteo entre los intelectuales cubanos como "Joda con rigor"; pero la reiterada vigencia de estos males y sobre todo, sus consecuencias, han pesado más a la hora de elaborar estas ideas.
Aún cuando pienso que éste no es el mejor de los mundos posibles, hay que guardar en nuestras conciencias una pequeña dosis de esperanza y buenas intenciones para el futuro de nuestra patria y para el impostergable desenlace que se avecina. Hay que actuar de forma efectiva y hacer lo que desde nuestras capacidades como educadores y pensadores corresponda. Hay que luchar democráticamente para que el mañana de Cuba no sea una copia de la República; para que el porvenir de los cubanos no se convierta en la pesadilla que hemos vivido unos y otros en los últimos cincuenta años, y para que la sociedad que se edifique en la III República no se parezca mucho a todo lo conocido y vivido por nosotros durante estas décadas. Pero la democracia y la Posmodernidad no pueden ser impuestas, sino que tendrán que surgir del trabajo y el desarrollo de todos en la sociedad. De no ser así, una vez más, habrá que decir: "¡Brother, rema que aquí no pican!"
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