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Ir a la página de instalación«José Mario fue un ser maravilloso, extraordinario, polémico y complejo con una gran bondad, sensibilidad e inteligencia que ocultaba debajo de una apariencia frívola y extravagante. Se exilió en 1968 luego de que el Gobierno cubano cerrara las Ediciones El Puente que fundó y fuera perseguido y encarcelado por homosexual. Murió en Madrid en 2002 lleno de soledad y nostalgia cubanísima, de sexo y alcohol como uno de los ángeles terribles de la poesía cubana; tierno, adolorido, lenguaraz, libertario y reconciliado con todos pero siempre reivincando su condición de exiliado político y sexual.
Que sirva este peculiar retrato literario del ausente como homenaje y recordatorio.»
Nació el 16 de marzo de 1940 en Güira de Melena y murió en Madrid el 24 de octubre de 2002. Está enterrado en el madrileño cementerio de Carabanchel. Murió sin nacionalizarse español ni legalizar su condición de refugiado político y con la condición de apátrida que le adjudicara la dictadura de Franco a su llegada en 1968. A pesar de profunda cubanía y amor por Cuba, le gustaba repetir la frase de Heidegger, “la apatricidad será destino universal”.
Fundó y dirigió las Ediciones El Puente (1961-1965), conjuntamente con Ana María Simo. Casa editora que reunió las más diversas y diferentes voces juveniles que surgían en la literatura cubana de los años sesenta. El mal llamado grupo El Puente, que en realidad nunca existió como tal, se nutrió precisamente de esos jóvenes escritores sin pasado literario ni político, convirtiéndose en el primer y único movimiento literario independiente de la Revolución. Se publicaron 38 libros, Poesía: el propio José Mario, Nancy Morejón, Belkis Cuza Malé, Miguel Barnet, Mercedes Cortázar, Gerardo Fulleda León, Ana Justina, Manuel Granados, Georgina Herrera, Santiago Ruiz, Silvia Barros, Joaquín G. Santana, Ana Garbinski. Teatro: Nicolás Dorr, J.R. Brene y José Milián. Cuentos: Evora Tamayo, Mariano Rodríguez Herrera, Ada Abdo, Jesús Abascal, Angel Luis Fernández Guerra, Antonio Alvarez y Guillermo Cuevas Carrión, además del poemario Consejeros del Lobo del poeta peruano Rodolfo Hinostroza, y la célebre antología Novísima Poesía Cubana 2, de Reinaldo Felipe (Reinaldo García Ramos) y de Ana María Simo, que publicaron libros de poesía y de cuentos, respectivamente, y que incluía, entre otros, a las dos poetas ya exiliadas Isel Rivero y Mercedes Cortázar.
Desde 1964 fue detenido e interrogado innumerables veces, sobre todo tras la visita de Allen Ginsberg a La Habana (1965), ocasión en que se le acusó y juzgó por “frecuentar extranjeros”. Aunque fue absuelto de este cargo, inmediatamente fue clausurada las Ediciones El Puente, que impidió la salida de varios libros previstos como la antología Segunda Novísima Poesía Cubana, que fue secuestrada de la imprenta e incluía a los poetas Lilliam Moro, Lina de Feria, Guillermo Rodríguez Rivera, Pío E. Serrano, Pedro Pérez Sarduy, Gerardo Fulleda León, entre otros. En 1966, con el pretexto del Servicio Militar Obligatorio (SMO), José Mario fue reclutado e internado en un campo de concentración en Camagüey —en las tristemente célebres Unidades Militares para la Ayuda a la Producción (UMAP)—, cumpliendo posteriormente presidio político en la Fortaleza de La Cabaña.
Ya en el exilio, refundó Ediciones El Puente con la publicación del poemario Lenguaje de Mudos, de Delfín Prats y creó la nueva editora La Gota de Agua, con títulos, como: Provocaciones (1973) de Heberto Padilla, Aguila de hierro (1980) y El banquete (1981) de Isel Rivero; también editó y dirigió 50 números de la revista Resumen Literario El Puente (1979-1981), con la colaboración de poetas, escritores y artistas plásticos cubanos del exilio. En los años ochenta realizó en Madrid diversos recitales individuales y colectivos, como el “Experimento poético musical”.
A pesar de todo, José Mario nunca volvió a ser el mismo que abandonó La Habana. Traumatizado y destrozado por la persecusión y las detenciones, por el encierro en la UMAP y el presidio, se sentió despojado de todo: su empresa editorial, su casa, su país y también de su identidad. Luego, en el exilio, nunca logró una estabilidad emocional y económica que ni siquiera se propuso, marcado por una tendencia autodestructiva que le quedó como secuela de sus sufrimientos en la Isla y de la traumática ruptura que significó su exilio. Sobrevivencia que pudo sobrellevar gracias a la ayuda de los amigos más solidarios. También fueron de vital importancia para él, las dos becas Cintas (1972 - 1974) otorgadas en Nueva York, las que le posibilitaron comprar su memorable buhardilla de la madrileña calle San Cosme y San Damián, donde su amigo Waldo Balart le halló muerto.
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