

Durante mucho tiempo Ramón Alejandro fue para mí una gran papaya, una papaya enorme, húmeda, lúbrica y lúdica, porque cómo una papaya lubricada no iba querer jugar. Incluso estoy seguro de que para muchos cubanos él sigue siendo la gran papaya, que no es un título, ni un mérito, sino una seña de identidad que transciende todos los análisis críticos que se hagan de su obra.
Sin embargo, luego, ya fuera de Cuba, he podido ver su obra, otras obras y finalmente su libro Ramón Alejandro, que es una antología de imágenes de gran parte de su creación plástica que me ha dejado anonadado y empequeñecido ante las proporciones descomunales, pantagruélicas, de una obra que no tiene comparación con nada conocido en la pintura cubana.
Entonces comprendí que no era la exhuberancia de la papaya lo que le daba esa connotación erótica a los cuadros de RA, sino el sentimiento de desproporción que se produce en el acercamiento a otro cuerpo que es, sin duda, el correlato del erotismo. Podría pensarse que son las frutas tropicales y su connotación erótica lo que produce ese tipo de cercanía a sus cuadros, pero no es así o no es tan sólo ese andar entre plátanos, papayas y otras frutas abiertas al diente, sino su tamaño, que nos da la posibilidad de tocarlas, abrumarnos y casi tener una erección.
Sobre todo si a ello sumamos el peculiar detalle de esos pequeños seres, animales y frutas, que pululan dentro de los paisajes de RA. Esos frágiles entes apenas imperceptibles y en los que muy pocos se fijan, pero son los que le dan sentido a la desbordante naturaleza alejandrina. Sí, alejandrinos como un verso son los paisajes en los que esos personajes actúan una puesta en escena que facilita la existencia de los protagónicos. Igual que esos breves animales que aparecen fugazmente en los cuadros de Rousseau o simplemente las diminutas cosas que pasean cerca de las gigantescas figuras de Dalí. Es el teatro de las máquinas y las frutas en los que se produce una esperpéntica interpretación para los sentidos
La obra de RA es una de las más singulares del entre siglos cubano y sólo pudo hacerla un pintor que viera lo cubano con amor y nostalgia, desde lejos y a través de la síntesis feliz del surrealismo francés metafísico, a veces Magritte, a veces cierto Dalí y en el fondo De Chirico, que nos ayudan a sentir que somos y formamos parte de esas naturalezas vivas, paisajes tropicales, artefactos que suspiran al tocarlos.
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Sí, el mundo está de cabeza y en tiempos de crisis —¡santa palabra!— los gobiernos, ya sean de izquierda o derecha, amparan su incapacidad en lo políticamente correcto y demagógico que es "lo social". Sin ir más lejos y salvando las distancias Franco lo hizo en España. En Cuba eso es un dogma y también todo está de cabeza, sólo que desde hace tiempo...