

Frutas: el sabor amargo, el rumor de la tierra, o si se quiere, la voluta siempre invertida y ardiente de los trópicos. Dichos frutos están colocados al borde de la mar, a la orilla de un paisaje que, como el universo, carece de fronteras y de límites definidos; abandonados al deleite o a la gula de cualquier demiurgo glotón, siempre a la disposición de una nueva voluptuosidad.
Los frutos son simulacros de pulpa: no pertenecen a ninguna categoría botánica reconocida. No aparecen en las páginas amarillentas con antiguas escrituras góticas de algún catálogo del hermetismo arbolista que podríamos encontrar relegado en el fondo de un viejo estante de boticario. No son síntesis de frutas, sincretismos de sabor y de color, metáforas materializadas durante el día o el cenit, que el sueño se complace en hilvanar en las noches largas.
Frutas o máquinas, follajes extraños cuajados como después de un apocalipsis o del enfriamiento de un sol apagado: poco importa. Son arquitecturas, un número pitagórico que de una vez configura, quema y atraviesa el lienzo para darle ese secreto sentido de la medida que es la fuente de todo clasicismo, trátese de constructores griegos o de poetas castellanos.
Bajo una luz prismática y astral, Alejandro nos muestra sus construcciones que disfrazan los simulacros más diversos, las figuras más disímiles. Dichas construcciones, aparentemente estables y bien dispuestas –como las estructuras de los maestros góticos-- que el pintor nos muestra a modo de enigmas, son el símbolo de la compulsión edificadora del ser humano, la cifra del homo faber, pero también de su irreflexión y de su abandono: un soplido, un sismo ligero pueden derribarlas. Son ruinas anticipadas, vestigios de una arqueología previsible. Estas construcciones no son otra cosa que la definición de un mismo plan: la proporción del hombre en el centro del rosetón de los números.
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Con el tiempo y la experiencia he desarrollado cierta habilidad para percibir el momento en que asuntos de género se intersecan con formas de poder, especialmente si en ese cruce saltan chispas de discriminación u homofobia.
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Me mira y me dice que su padre murió creyendo que los tiempos de Hitler fueron mejores. Un disparate, piensa ella, y yo me digo, sin comentárselo, que es mucho más que un disparate, casi como una blasfemia, o un crimen. Su padre, confiesa, es uno de esos muchos alemanes y personas de otras partes del mundo que pretenden desconocer el holocausto nazi.
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La compañía catalana del Teatro Lliure acaba de estrenar en Chile 2666, basada en la monumental novela póstuma de Roberto Bolaño. ¿Qué hacer con las 1125 páginas del libro? ¿Cómo resumir las cientos de microhistorias contenidas en las cinco partes de la novela? ¿Cómo trasmitir la perfección que a ratos alcanzan los fragmentos [...]
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Esta novela celebra la muerte y los muertos —y un cadáver es un cadáver es un cadáver— como una inevitabilidad de la vida. Aquí todo caduca: los sueños, la realidad, el amor, el sexo, la vida y los actos.
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Edmundo
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La filósofa Hélène Cixious intentó capturar la esencia de Lispector a través de comparaciones: "Si Kafka fuera una mujer; si Rilke fuera una escritora brasileña judía nacida en Ucrania; si Rimbaud hubiera sido una madre, y hubiera llegado a cumplir cincuenta años, si Heidegger hubiera sido capaz de dejar de ser alemán… En este ambiente escribe Lispector".
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Mi país no existe. Existe, eso sí, una isla llamada Cuba y avecindada en las aguas poco clementes del Mar Caribe. Por lo demás, cualquier trámite no pasa de ser un asunto más entre la geografía y yo.
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de la Hoz
Sí, el mundo está de cabeza y en tiempos de crisis —¡santa palabra!— los gobiernos, ya sean de izquierda o derecha, amparan su incapacidad en lo políticamente correcto y demagógico que es "lo social". Sin ir más lejos y salvando las distancias Franco lo hizo en España. En Cuba eso es un dogma y también todo está de cabeza, sólo que desde hace tiempo...