

El patetismo de las máquinas erigidas por Alejandro proviene de su renuencia a humanizarse. No porque excluyan lo humano sino más bien porque lo prolongan en un más allá trágico, irremediable, donde el tiempo se inmoviliza y el espacio se fuga permanentemente.
Pintar ese universo obstinado implica en primer lugar enfrentar la locura del color. Éste se aferra, se pule sin embargo, nos provoca con su diatriba monocroma, nos grita el ser prisionero desde su coraza, y por ahí nos conmueve con su persistencia rebelde.
El color envuelve la forma que se obstina en sobrepasarla. La máquina se arraiga en lo improbable, a fuerza de certidumbres amarradas, intercaladas, anudadas en clavijas, pernos, clavos. Un equilibrio incesantemente recompuesto.
Cuando una vegetación uniforme invade de estremecimiento los intersticios o los equilibrios, lo hace para permitirnos medir solamente la altura por alcanzar, para apreciar la elevación del monte o de la piedra en el cielo indiferente. Y cuando un rostro diamantino o luciferino se aísla para anticipar su propia erupción, lo hace para que rechacemos mejor las "certidumbres de la duda".
Observemos más adelante, más a fondo. La humanidad no exuda esas caras triangulares; tampoco la vida transcurre entre esos follajes tímidos: no se anuncia dondequiera, sino y en primer lugar en esas estructuras que intuimos, en particular ésa que explicamos a manera de triunfo: la casa, en resumidas cuentas.
El equilibrio precario, el esfuerzo, la tensión, lo efímero, la aspiración a las cumbres, ese temblor de inquietud y esa obstinación, todos ellos adquieren la forma profética de una casa, apenas diseñada en su armazón, o peligrosamente montada sobre un pilote, o encima de una roca que desafía a las nubes.
No la "tallada en el flanco de un abismo" —como la de André Bréton— mas acentuando el abismo de su exclamación amenazada, este proyecto de casa, dice la humanidad oculta en el proyecto de Alejandro.
La pintura proporciona un no-visto que a la vez entrena la visión. Mueve el tiempo en principio inmóvil, hacia infertilidades de infancia, cuya promesa aparece aquí cumplida.
Por
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Por
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