

Más que por el sentido de la Historia que golpea con un látigo toda una corriente de la pintura actual, inclinada a ser testigo de nuestro tiempo, Ramón Alejandro trabaja bajo la única luz de la poesía que acompaña fielmente (y a menudo de forma prestigiosa) su evolución. Después de las construcciones precarias, que se dirían salidas de "Locus Solus" de Raymond Roussel, hasta los últimos paisajes de las locuras vegetales, que se parecen al decorado del Aduanero Rousseau y de la imaginería cultivada por Bernardin de Saint-Pierre; algo de la locura que habita en todo artista se esconde y nos espera. No hay obra capaz de fascinarnos que no tenga su cuota de incongruencia, de inédito, de inquietante, de estrafalario, por lo cual merece que viajemos a ella. Lo que nos garantiza Alejandro es lo insólito. Entre las plantas extravagantes y las frutas gigantes, se debe andar con paso prudente, pues se adivina que ese terreno es tramposo. Sin embargo, uno se deja llevar por ese perfume violento que nos sube hasta la cabeza. Nos adentramos sin machete en ese bosque tropical.
No debemos descuidarnos. El hecho de que Alejandro haya entrado en el jardín no significa que haya despojado de peligros su mundo. Desde hace mucho tiempo, los tiempos de las máquinas que acumulan sus mecanismos irrisorios, arquitecturas frágiles y de fortuna que buscan su equilibrio en un espacio destinado a las más crueles tempestades, y las montañas con grietas mitológicas, la amenaza está anunciada.
¿Llegó Ulises, jamás, a Ítaca? Una vez de regreso al hogar descubre a Penélope presa del deseo de sus pretendientes; última prueba de un largo recorrido entre las delicias y las trampas de una tierra fértil en contrariedades, en peligros, en amenazas de todo tipo.
Hay algo de periplo de Ulises en el viaje propuesto por Alejandro, de imágenes en imágenes, recorriendo, con la minuciosidad de un ingeniero loco y sádico, las trampas que ha colocado a lo largo de nuestro camino. Ya existían en los territorios altamente simbólicos del Raymond Roussel de "Locus Solus", o del Jarry del "Docteur Faustroll", y helas aquí, desembarcando de sus orgullosas galeras, de sus máquinas voladoras, tambaleantes y trepidantes, abordando un jardín que es edénico sólo en apariencias.
Desconfíen. Entre las lianas que reptan por las piedras y los bosques vírgenes, que aprisionan los templos antiguos, entre los bosquecillos que proliferan en esencias tan raras como singulares, proliferan por igual extrañas máquinas. Hemos pasado del mundo de Raymond Roussel al de Bernardin de Saint-Pierre. Un bosque jubiloso y ardiente gracias a la energía de los sub-suelos que arden en arrebato vegetal, el estremecimiento de las cortezas que revientan ante el fogoso avance de las savias. Un bosque que echa chispas, que suspira, que gime como una bestia que disfruta el sufrimiento. Un cuerpo gigantesco e hinchado que retorna a las primeras horas de su gestación.
Al remontar el paso del tiempo, como se remonta un río, al menos el Amazonas, se adentra en el bosque de las primeras edades. ¿Ulises llegado al paraíso? Alejandro habitaba su miedo, habita su deseo.
Sin embargo, la apuesta no está exenta de peligro ni de temor. ¿Acaso no fue por haber mordido la fruta de un árbol que Adán y Eva perdieron los goces del jardín del Edén? Tanto sabor prometido, tanta voluptuosidad contenida en la pulpa, tanta belleza dispensada por la fruta. Así de numerosos fueron los señuelos, las trampas tendidas para probarnos.
Este Cahier d’un retour au pays natal contiene la flecha que lo amenaza, el crimen que engendra. En Alejandro, existe siempre la ambigüedad de los deseos y la alternancia de la violencia y de la voluptuosidad que lo lleva de los vértigos a los abandonos, de las cámaras de tortura de las 120 Journées de Sodome al castillo de Silling imaginado por el Marqués de Sade, a las emociones vegetales de Paul y Virginie, como a lo largo de un peligroso camino de iniciación.
En algún lugar, uno de sus comentaristas cita oportunamente a Francesco Colona y su Songe de Poliphyle. No olvidemos que entre otras máquinas de tortura, él también concibió laberintos para engañar nuestra curiosidad, o mejor, para extraviarla, a menos que se trate de algún procedimiento sutil para esconderse mejor. Al final del viaje, ha inventado nada menos que un laberinto. Una jungla embriagada de sus riquezas, de promesas abrasadoras, de un fabuloso y eterno verano.
La irrupción de esa vegetación concebida para extraviarnos, ¿no es acaso el regreso final a sí mismo? ¿Una infancia de fábula y de delicia? Al habitar su memoria expone la intensidad del deseo contenido, que lo hace arder.
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