

Lo que llama poderosamente la atención al ver un cuadro de Ramón Alejandro, lo que se impone con todo su poder de evidencia revelada, es la presencia radiante del enigma.
Ese enigma, por el simple valor del golpe emocional devuelto, profundiza en el espectador su camino, forzoso, pero sin ninguna violencia, sus referencias habituales, que erosionan las certezas mejor afincadas, socavando las bases, los fundamentos mismos de su percepción de lo real, de la visión del mundo y de sus seres.
Ante la obra de este poeta no existe, sin embargo, ningún sentimiento de extrañeza (debe aclararse: un pintor es un poeta, importan poco las herramientas, el objetivo único, lo obliga a arrancarles el misterio a las brumas para aplacar constantemente la sed de conocimiento que lo consume) y lo mismo se puede decir que estamos, aquí, a años-luz de la bisutería fantástico-surrealista que desde hace varios decenios abruma a cierta crítica y a ciertos espíritus, exclusivamente ofreciéndoles a nuestras miradas tristes el lamentable espectáculo de falsos mundos y universos fabricados, cuya existencia en el mejor de los casos se reduce a su propio comentario.
Por tanto, ninguna extrañeza ante esas telas, todo lo contrario, el fascinante y familiar renacimiento de la simple visión cristalina de un instante de eternidad, el acceso a la plena certidumbre, puesto que una vez habitamos en ese lugar, sin cuerpo, sin forma, sin pensamiento, más allá de la memoria.
Entre el cuadro y nuestra mirada, entre la mirada del pintor y la nuestra, opera una secreta alquimia que nos sumerge en el corazón de la visión, haciendo de cada uno de nosotros —de lo múltiple— a la vez el testigo, el destinatario y el autor ilimitado de una experiencia fundacional y única.
Si la pintura de Ramón Alejandro posee, para quien tiene a bien ver lo que entrega a la vista, esta terrible facultad de ampliar así los límites de lo humano, la manera de respirar (en el fondo, aumentar el grado de humanidad misma), es lo que necesitó este poeta-pintor, lo que necesitará ahora y siempre, vivir la gran prueba de exploración lúcida de lo real, de los laberintos del ser y de sí mismo.
Para lograrlo le habrá sido necesario, tomando el único camino posible, dejar que todo se consumiera en el sendero ardiente, el monstruoso cadáver de la Hidra de las dualidades: la carne contra el espíritu, el sueño contra la realidad, la materia contra el pensamiento…montoncitos de cenizas… y su paso, desde entonces, deja en los matices del gris al igual que en los resplandecientes colores de sus cuadros, la impronta de un rumor azul que la anticipación no desmiente.
Porque ha renunciado a la iniciación de sí, trampa en la cual caen numerosos artistas contemporáneos, Ramón Alejandro sabe cómo extraer de su pintura sinceridad total, una pintura liberada de toda escoria decorativa, de todo elemento que no obedezca a la rigurosa necesidad, a la ley interna que dicta cada cuadro.
Máquinas sin uso preciso que Ramón Alejandro pintaba en los años sesenta y setenta, "máquinas simétricas (o casi) en material blando y tan cuidadosamente enlazado, fijos en el espacio, sin zócalo ni crochet" tal como las describía Roger Caillois quien creía ver en ellas "con sus rastrillos colgantes, sus tornillos para prensar, (…) la obra de los prisioneros y de los carceleros de Piranesi". De esas máquinas sin función humana determinada e incluso inimaginable, a los cuadros más recientes, donde una vegetación exuberante unida a sabios ensamblajes de vigas, de acumulación de piedras, de estelas alineadas para componer un paisaje que parece celebrar los ritos del porvenir y las aspiraciones de una humanidad reencontrada, de esas máquinas a los paisajes hay un hilo común, se nos invita a enfrentar el enigma, a fundirnos en él, a encarnarlo, y a devenir, quizás, ese minúsculo pájaro de mil colores que observa, en su vuelo inmóvil, la flor invisible del tiempo.
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