Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Septiembre 2008. Antilde;o dos. Número cuatro

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
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Richard Ford: en busca de la trascendencia

Edmundo Paz Soldán
Artículo

Cuando llegué a los Estados Unidos a fines de los ochenta, el concepto de moda en literatura era el de "realismo sucio". La prestigiosa revista Granta había dedicado todo un número a explorar el tema, los suplementos culturales de los periódicos abundaban en indagaciones sociológicas en un intento de explicar por qué, de pronto, en la década optimista de Reagan aparecían escritores como Raymond Carver, Richard Ford, Tobias Wolff, Amy Hempel, Ann Beattie, Bobbie Ann Mason (como si la literatura tuviera que ir de la mano de la política o los cambios sociales). Quise enterarme de qué iba esta literatura, y me puse a leerlos a casi todos. Así, pude entender por qué al periodismo cultural le era fácil etiquetar a estos escritores tan diversos con un solo nombre. Los protagonistas de estos cuentos —porque lo mejor del "realismo sucio" estaba en el cuento y no en la novela— eran de la clase media baja, divorciados o separados que tenían un empleo flojo o estaban desempleados, casados no felices que vivían en los suburbios o en las ciudades deprimentes de "middle America" (esa gran extensión de territorio entre California y Nueva York), y ahogaban sus miserias y frustraciones en el alcohol o las drogas o aventuras sentimentales que conducían a más alcohol y drogas. Era los Estados Unidos que iba a contrapelo de la famosa propaganda de Reagan, "Amanecer en América", que hablaba de recuperar el optimismo, la fuerza y el orgullo de ser norteamericanos después de la década turbia de Vietnam y Watergate. Para los personajes del "realismo sucio", la mañana no había llegado. De hecho, la mañana solía encontrarlos durmiendo la borrachera de la noche anterior.

De todos estos escritores, el que menos me conmovió fue Richard Ford. Había poesía en el laconismo de la prosa de Carver, vitalidad en el universo literario de Wolff, un humor corrosivo en los cuentos minimalistas de Hempel; Ford me parecía, en sus cuentos, una radicalización del proyecto narrativo de Hemingway. Personajes muy viriles, muy estoicos, en contacto con la naturaleza hostil —no es casual que una de las novelas de Ford se titule Wildlife (1990), traducida de mala manera al español como Incendios—. Traté de leer Rock Springs (1987), su celebrado libro de cuentos, y fracasé; no lo terminé, y no recuerdo de qué iban los cuentos que llegué a concluir. Un amigo escritor me sugirió que intentara leer El periodista deportivo (1986), la primera novela en la saga de Frank Bascombe —a la que luego continuarían El día de la Independencia (1995), ganadora del Pulitzer, y Acción de Gracias (2006)—, pero cuando ví de qué iba, no me llamó la atención. Pensé que no era "realismo sucio" sino "realismo doméstico", en el peor sentido de la palabra. Personajes con un universo emocional muy reducido, norteamericanos de clase media que vivían a espaldas de la historia (por eso tampoco me interesaba buena parte de la obra de Updike, sobre todo la saga de Rabbit, uno de los modelos de Bascombe; por eso siempre me interesó la obra de Philip Roth).

A veces, sin embargo, no se trata de que una obra sea buena o mala; simplemente, ocurre que uno llega a un autor a destiempo. Eso me pasó con Ford; a los veintitantos años, no tenía la experiencia de vida suficiente para entender de qué hablaba. Cuando se trataba de literatura, yo buscaba tramas que me cautivaran, relatos épicos que tuvieran que ver con, digamos, una rebelión en Canudos, y no con la visita de un padre atribulado a la casa de su novia para pasar las pascuas. Con respecto al lenguaje, quise leer a Ford en inglés, y en ese entonces mi dominio de la lengua no era el suficiente como para captar los matices, la complejidad de la prosa de este escritor nacido en Mississippi (1944). Pasaron los años, y yo fui cambiando, hasta que un día descubrí que podía entender a Richard Ford. El periodista deportivo, leída no hace mucho, supuso toda una revelación; qué lejos quedaban términos como "realismo sucio" o "doméstico". La comparación con Hemingway tampoco le hacía justicia, porque Frank Bascombe es cualquier cosa menos austero o lacónico o viril. El mundo de Bascombe es un mundo de hombres, pero no es un mundo masculino.

Ford ha dicho que Frank Bascombe es una respuesta a un desafío lanzado por su esposa, el de intentar crear un personaje feliz. Ya lo sabemos, la gran literatura ha producido pocos personajes memorables que sean verdaderamente felices. En El periodista deportivo, Bascombe es todo lo que feliz que puede ser alguien que acaba de perder a uno de sus hijos y se ha divorciado; después de esas catastróficas experiencias de pérdida, el ser miserable que fue Bascombe quiere llegar a un acuerdo con el mundo, llegar a una paz madura que le proporcione una nueva estabilidad emocional. El universo de Ford es sobre todo espiritual: en cualquier momento del día, en cualquier instante —un domingo por la mañana, por ejemplo, cuando Bascombe camina a casa y escucha el rumor de la cortadora de pasto del vecino, o un 4 de julio, cuando se encuentra presenciando un desfilo—, Bascombe puede encontrar la trascendencia: "Oigo resonar los bombos, los platillos, veo a chicas con falditas rojas y blancas que levantan las rodillas, hacen girar los bastones, con una bandera roja alzada delante de las brillantes trompetas que brillan al sol. No es un mal día para estar en la tierra". En el suburbio de una ciudad de Nueva Jersey en la que vive este norteamericano de clase media, con cursos de mejora de la vida conyugal y grupos de apoyo a hombres divorciados, se trata de una trascendencia secular.

Uno de los lugares comunes más equivocados acerca de Ford es que es un "insuperable retratista del americano medio", un creador de "un personaje tan próximo como nuestros vecinos". Lo cierto es que la riqueza emocional de Bascombe está muy alejada no sólo del americano medio, sino de cualquier ciudadano medio de planeta. La claridad con que Bascombe percibe su entorno, la capacidad de detalle a la hora de describir paisajes, la manera en que las epifanías o iluminaciones lo visitan, les han sido dadas a muy pocos. Si me apuran, hasta podría decir que a ratos bordea lo inverosímil; Ford hace creíble a Bascombe, pero siempre existe en su prosa un tufillo de preciosismo literario que algún día era la medida principal de la gran literatura (a eso se le llamaba estilo) pero hoy, para las nuevas generaciones, puede sonar a retórica hueca. La primera frase de El Día de la Independencia es elocuente al respecto: "En Haddam, el verano baña las calles suavizadas por los árboles como un bálsamo extendido por un dios negligente, lánguido, y el mundo marcha al ritmo de sus propios himnos misteriosos". Eso de "bálsamo", eso de "dios negligente", eso del ritmo del mundo; a pesar de sus críticos, es que, ¿alguien escribe hoy una mejor prosa en inglés que la de Ford? Quizás el irlandés John Banville, pero nadie más. En cuanto a la precisión de los detalles, uno recuerda que Graham Greene decía que no era bueno para la botánica y cuando debía describir un árbol o una planta, a veces se iba al máximo común denominador y escribía "a lo lejos se veían varios árboles". En Ford no hay generalizaciones; hay rododendros, hay azaleas…

En los veinte años que van de la publicación de El periodista deportivo a Acción de Gracias, Bascombe deja atrás la crisis de la edad madura y se asoma a los sobresaltos de la vejez temprana; se ha vuelto a casar, ha renunciado a su querido trabajo de periodista deportivo y se convertido en agente inmobiliario, tiene problemas con uno de sus hijos adolescentes, una enfermedad le ha hecho descubrir que es mortal. Sí, puede entenderse como la vida de un norteamericano promedio, excepto por la manera en que Bascombe es capaz de verse desde afuera y entenderse. Otro lugar común: "La ficción de Ford está casi totalmente despojada de abstracciones, de flechas que apuntan a los significados o a las conclusiones que deben ser extraídas. Ford nos entrega con absoluta precisión la textura de la experiencia, no las lecciones aprendidas…" Eso lo escribió alguna vez Paul Gray, crítico de la revista Time. Los cuentos de Ford, sin embargo, están llenos de esos momentos epifánicos (otra palabra con connotaciones religiosas/espirituales), a lo Joyce en Dublineses, en los que el protagonista comprende, de pronto, algo fundamental acerca de la vida, y hay un antes y un después de ese momento. En "Optimistas", uno de los mejores cuentos de Rock Springs  (que acabo de volver a leer, con mejor suerte esta vez) se puede descubrir, por ejemplo: "Las cosas más importantes de una vida cambian a veces tan súbitamente, tan irreversiblemente, que su protagonista puede llegar a olvidar lo más esencial de ellas y sus implicaciones; hasta tal punto queda prendido por lo fortuito de los sucesos que han motivado tales cambios y por la azarosa expectativa ante lo que habrá de suceder después". En cuanto a la trilogía de Bascombe, el periodista deportivo convertido en agente inmobiliario es una fuente constante de epifanías. Una, al azar: "Y sin embargo, en las últimas semanas, por motivos que no consigo explicarme, ha surgido entre nosotros algo que sólo puedo llamar una extraña incomodidad… es como si los lazos que unen nuestras atenciones y afectos estuvieran cambiando y aflojándose, y ahora nos tocara establecer unos lazos nuevos, para una relación más seria, pero ninguno de los dos hemos demostrado todavía ser capaces de ellos y este fracaso nos deja perplejos".

Quien lea la trilogía marcada por feriados clave en los Estados Unidos —la pascua, el día de la Independencia, Acción de Gracias— se dará cuenta del cambio de estilo de Richard Ford. En las primeras dos novelas, hay una íntima conexión entre la importancia de los hechos narrados y la voz de Bascombe; en la última novela, la voz parece desprenderse de los hechos y tiene algo de manierista. Todos los acontecimientos se inflan, y Bascombe encuentra portentos no sólo en su enfermedad sino en sus visitas al baño o cualquier conversación con sus vecinos. Es una novela lenta, me dijo un amigo piadoso; la inmisericorde Michiko Kakutani, crítica principal del New York Times, dijo que se trataba de una novela soporífera, aletargada. Con todo, quien no quiera perderse algunas de las mejores páginas de la ficción contemporánea, tendrá que poner a Acción de Gracias en su lista de libros imprescindibles. Y quien no ha leído todavía a Ford haría bien en comenzar. Y desear, claro, que no se llegue a destiempo.

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