

Hacia 1865, el reverendo danés Rasmus Mailing-Hansen inventó la que llegaría a ser la primera máquina de escribir producida comercialmente, y de venta masiva a partir de 1870. La máquina de escribir había sido concebida en principio, allá por 1840, para ayudar a escribir a los ciegos; sin embargo, se convirtió en uno de los símbolos más importantes, hacia fines del siglo XIX, del desarrollo industrial y el progreso en Occidente. Gracias a la máquina de escribir, las grandes compañías podían tener un ejército de secretarias que permitía una comunicación más rápida y eficaz que en épocas anteriores; gracias a la máquina de escribir, la mujer se incorporó con todo al mundo del trabajo en Estados Unidos y Europa.
Nietzsche se consideraba a sí mismo como el primer filósofo que adoptó la máquina de escribir para su escritura. Debió ser un cambio impactante, el paso de la escritura a mano a la máquina de escribir; de hecho, algunos críticos, entre ellos el alemán Friedrich Kittler, piensan que el mismo estilo de Nietzsche cambió con la llegada de la máquina: la prosa compacta dio paso a los aforismos. Nietzsche reflexionó al respecto en uno de sus aforismos: "Nuestras herramientas de escritura trabajan en nuestros pensamientos". Uno no puede usar una máquina de escribir o una computadora sin que ésta cambie nuestra forma de pensar.
Por otro lado, se puede pensar en un cuento de Kafka, "En la colonia penal", como una alegoría de la forma en que la máquina de escribir se imprime en nuestro cuerpo; en ese cuento, la máquina de torturas "escribe" literalmente sobre el cuerpo del prisionero. No hay que olvidar que Kafka trabajaba en una de esas compañías de seguro que se convirtieron, gracias, entre otras cosas, a la máquina de escribir, en símbolo de la burocratización, del desarrollo estandarizado, de la alienación de la vida moderna. Tampoco hay que olvidar, nos lo recuerda Piglia en El último lector, que una de las cosas que atrajo a Kafka de Felice Bauer, cuando la conoció, era el hecho de que ella escribía a máquina.
Pienso en esto después de una conversación con amigos el pasado sábado por la noche. Uno de ellos comentó que, después de leer tantas horas al día periódicos y revistas en internet, le costaba volver a leer a leer libros y periódicos en formato impreso. Extrañaba la posibilidad de ir de un enlace a otro en internet, de consultar la Wikipedia cuando no tenía un dato a mano, y soñaba con comprarse el Kindle de Amazon, pues este instrumento permitía leer novelas y a la vez consultar enlaces, etc. Otro amigo dijo que estaba cansado de lo mucho que pesaban sus libros cada vez que tenía que mudarse. Me acordé de Nietszche: un nuevo medio trabajaba en nuestros pensamientos y nos iba entrenando. Me acordé de Kafka: con cada minuto que pasábamos frente a la pantalla de la computadora, la computadora se iba imprimiendo en nuestro cuerpo. Mientras más usábamos el internet, más nos alejábamos de la época tradicional de los libros y las revistas.
Sí, habrá un buen tiempo en que los formatos coexistirán; pero el futuro está escrito en el aforismo de Nietzsche y en el cuento de Kafka.
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