

Después de diseccionar la intimidad de una pareja en su ambiciosa El pasado (2003), el escritor argentino Alan Pauls ha ampliado su mundo narrativo con Historia del llanto (Anagrama, 2007). El hecho de que se trata de un texto corto hará que algunos lo entiendan como un paréntesis en medio de otros proyectos de mayor calado, lo cual es una equivocación. Historia del llanto puede ser breve, pero no es una novela menor, pues añade un contexto político a las preocupaciones anteriores de Pauls.
No se trata de un tema fácil: después de la desideologización de la lucha política en los años noventa, esta nueva década, marcada por el atentado a las Torres Gemelas y, en América Latina, por la crisis del modelo neoliberal y el resurgimiento del populismo, ha supuesto, para un buen número de escritores latinoamericanos, un retorno narrativo a preocupaciones de corte social y político. Esto puede verse en las novelas de los peruanos Alonso Roncagliolo y Alonso Cueto, o en la obra del argentino Martín Kohan. Sin embargo, los escritores todavía no están muy seguros del camino a seguir. En un ensayo reciente en en el suplemento Babelia de El País, Jorge Volpi señaló que hoy "el intelectual es visto con sospecha y las novelas políticas apenas reciben atención". Volpi sugirió que el camino a seguir debe ser el del compromiso con una "literatura política no sectaria", y dio como ejemplos las obras de Bolaño y Coetzee. Si ése es el posible camino a seguir, entonces, a juzgar por su nueva novela, a la lista brevísima de Volpi habría que agregar el nombre de Pauls.
Historia del llanto narra la educación sentimental del protagonista, un niño y adolescente precoz en la Argentina de los años sesenta y setenta. Es una novela lúcida, dura, que logra momentos de admirable intensidad narrativa y vuelo poético. La novela está escrita en un presente casi continuo: "A una edad en que los niños se desesperan por hablar, él puede pasarse horas escuchando. Tiene cuatro años, o eso le han dicho". Los años transcurren, se suceden las elipsis, pero el tono del narrador consigue el efecto de aprehender, como en una foto instantánea, todas las aristas del tiempo —el pasado, el presente, el futuro— de un solo golpe.
El niño pertenece a una familia progre, de padres divorciados. Su gran virtud es su hipersensibilidad, que le permite desarrollar una notable capacidad para escuchar a los demás: "Ya a los cinco, seis años, él es el confidente", y los demás "reconocen en él a la oreja que les hace falta y se le abalanzan como naúfragos". Está sensibilidad se maneja dentro de un arco dramático que va desde el punto máximo del dolor —"su educación y su fe"— a la dicha, a la felicidad, sentimientos artificiales de los que hay que desconfiar, pues se siempre se construyen en torno "de un núcleo de dolor intolerable". El símbolo exterior de su sensibilidad es el llanto, pero, curiosamente, el protagonista sólo puede llorar frente a su padre. O quizás no sea tan curioso, quizás ésa sea la forma en que el niño logre ser admirado por su padre, miembro de una generación para la cual las expresiones masculinas de vulnerabilidad se entienden como gestos de una persona débil.
En el Cono Sur de fines de los sesenta y principios de los setenta, marcado por una lucha política sin cuartel desde posiciones irreductibles, Pauls construye un espacio para la sensibilidad de su protagonista. Este espacio es el que en principio, le permite a Pauls criticar con elegancia burlona los excesos populistas de la época, a través de un personaje modelado en un célebre cantautor de protesta (Piero). Para el niño, el cantautor encarna un antimodelo, porque sus canciones hablan de aquello de lo que hay que desconfiar: "la sencillez y la pureza de valores que a fuerza de estar a la vista se han vuelto invisibles". Esta "industria de lo sensible" es acaso la que empañará los ojos a muchos e impedirá ver el desastre que se avecina, el cariz siniestro que tomará la historia.
Pero ésa es sólo una parte, la más fácil, de la crítica de Pauls a los usos y costumbres de una clase media bien intencionada pero miope. Pauls se reserva una conclusión más despiadada: tampoco podría haber salvado del desastre un compromiso más intelectual o uno más apasionado. A principios de los setenta, el niño se ha convertido en un adolescente entregado con furia a la causa marxista; lee a Fanon y Harnecker, sigue los avatares de la lucha armada a través de La causa peronista, periódico oficial de la guerrilla montonera. Cuando el adolescente ve por televisión, en septiembre de 1973, el bombardeo militar al palacio de La Moneda, no puede llorar. El fin de Allende es el fin de una forma de entender la política: al igual que las canciones de protesta, los relatos, las imágenes, los libros que hablan de la victoria del pueblo, apenas tocan la superficie de la época.
Pauls escribe: "la única tragedia que es en verdad irreparable, no haber estado a la altura de la oportunidad". El adolescente "no ha sabido lo que había que saber. No ha sido contemporáneo". La lucha descarnada de esos años tendrá como ganadores a aquellos que entiendan la violencia no sólo como un accidente —la parte espectacular de la política—, sino como un componente esencial, la forma de imponer ideas que ha elegido la época.
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