

El viernes pasado llegué a Bolivia después de un año de ausencia. Mi vuelo de conexión de Santa Cruz a Cochabamba se retrasó durante cuatro horas. Conseguí el DVD pirata de Kung Fu Panda, que mi hijo Gabriel vio tirado en el piso de la sala. En el fondo, era reconfortante ver que pese a los titulares catastrofistas de la prensa extranjera, el país seguía igual de complicado que siempre pero en pie: yo me reconocía en esa facilidad con la que me adapté a la larga espera en el aeropuerto, en esa alegría con la que compré un DVD pirata. Claro, se trataba de una normalidad peligrosa: la de la gente que se ha acostumbrado a la precariedad de la infraestructura (social, económica, tecnológica…)
Reina una calma tensa en el país. A medida que se acerca el referendo revocatorio, queda claro que se trata de una aventura sin sentido, una más de las tantas en las que nos hemos embarcado los bolivianos. Mucho ruido —denuncias de fraude, fisuras en la oposición a Evo, falta de credibilidad de la Corte Electoral— y pocas nueces: Evo será ratificado en su cargo, al igual que los prefectos de la media luna (bueno, dos nueces: es muy probable que los prefectos de Cochabamba y La Paz, opositores a Evo, pierdan sus puestos). Y luego, al día siguiente, al despertar, el descubrimiento de que, al igual que el dinosaurio de Monterroso, los problemas todavía están ahí.
Un asesor de la embajada norteamericana me comentó que Evo era un "rock star": su presencia copaba todo el escenario. Los líderes de la oposición hacían esfuerzos por subirse al escenario, pero estaban muy lejos de lograrlo (Bolivia, según él, no es Rock in Rio, con muchas funciones simultáneas). Evo domina todos los espacios gracias a su capacidad de generar noticias, por más que fuera por las razones equivocadas: ahí estaba el hombre, dando la venia para que los productores de coca del Chapare expulsen a USAID de su territorio, o peleándose con Alan García en base a exabruptos. Otro sello de Evo: la mejor defensa es el ataque. Se trata de ir siempre al choque, de no contentarse con tener abiertos siete campos de batalla cuando siempre se puede abrir uno más. Evo gana en el conflicto; mientras los opositores —la media luna, el gobierno de Santa Cruz— tratan de apelar a la razón, lo suyo va directo a las vísceras. Y ya se sabe: lo visceral tiene razones que la razón desconoce. Y suele salir ganando, al menos en el corto plazo.
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Uriel
Quesada
Con el tiempo y la experiencia he desarrollado cierta habilidad para percibir el momento en que asuntos de género se intersecan con formas de poder, especialmente si en ese cruce saltan chispas de discriminación u homofobia.
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Valle
Me mira y me dice que su padre murió creyendo que los tiempos de Hitler fueron mejores. Un disparate, piensa ella, y yo me digo, sin comentárselo, que es mucho más que un disparate, casi como una blasfemia, o un crimen. Su padre, confiesa, es uno de esos muchos alemanes y personas de otras partes del mundo que pretenden desconocer el holocausto nazi.
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La compañía catalana del Teatro Lliure acaba de estrenar en Chile 2666, basada en la monumental novela póstuma de Roberto Bolaño. ¿Qué hacer con las 1125 páginas del libro? ¿Cómo resumir las cientos de microhistorias contenidas en las cinco partes de la novela? ¿Cómo trasmitir la perfección que a ratos alcanzan los fragmentos [...]
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Elidio la torre
lagares
Esta novela celebra la muerte y los muertos —y un cadáver es un cadáver es un cadáver— como una inevitabilidad de la vida. Aquí todo caduca: los sueños, la realidad, el amor, el sexo, la vida y los actos.
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Edmundo
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La filósofa Hélène Cixious intentó capturar la esencia de Lispector a través de comparaciones: "Si Kafka fuera una mujer; si Rilke fuera una escritora brasileña judía nacida en Ucrania; si Rimbaud hubiera sido una madre, y hubiera llegado a cumplir cincuenta años, si Heidegger hubiera sido capaz de dejar de ser alemán… En este ambiente escribe Lispector".
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Ladislao
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León
de la Hoz
Sí, el mundo está de cabeza y en tiempos de crisis —¡santa palabra!— los gobiernos, ya sean de izquierda o derecha, amparan su incapacidad en lo políticamente correcto y demagógico que es "lo social". Sin ir más lejos y salvando las distancias Franco lo hizo en España. En Cuba eso es un dogma y también todo está de cabeza, sólo que desde hace tiempo...