

Uno de los cuentos más leídos de Edmundo Paz Soldán es "Dochera", que le mereció el premio Juan Rulfo. Se nos relata la historia de un tal Laredo, un crucigramista, que empieza a crear crucigramas fantásticos para mandar mensajes a una mujer, la epónima Dochera. Además de ser una exploración fascinante sobre la obsesión, "Dochera" puede considerarse una clave para la lectura de Paz Soldán. No sólo lo menciono porque Laredo se transformaría después en David, el tío del protagonista de La materia del deseo cuyos crucigramas lo traicionaron. La idea del crucigrama, donde una persona se intenta someter a la imaginación de otra persona, decodificando pistas ambiguas para reproducir un mapa de palabras supuestamente desconexas, provee una manera de conceptualizar sustancialmente la narrativa de Paz Soldán.
La imagen del crucigrama es aún más profunda en la obra de Paz Soldán. En "Dochera", Laredo empieza a crear nuevos crucigramas en que las pistas no sirven de manera tradicional, sino aluden a palabras que él ha inventado como parte de su búsqueda de Dochera y de un nuevo universo lingüístico. Para Laredo, el crucigrama no sólo es un pasatiempo en que una persona prueba su inteligencia y habilidad de decodificar referencias extrañas, sino que representa un nuevo plan literario. En este plan, la relación entre la metáfora y su referente, los vínculos entre el significante y su significado son suplantados por las fusiones que ocurren entre las palabras que se cruzan en el crucigrama, unidas por la letra que comparten. Presenciamos la creación de modos lingüísticos, codificados, que prometen en su resolución una nueva manera de concebir el lenguaje. Laredo se pierde en su obsesión, más interesado ya en su nuevo lenguaje que en la mujer que antes había sido objeto de su obsesión. Para Daniel, el crucigrama representa un significante que se le escapa, que puede codificar sistemas de representación que no anticipó. En los dos casos narrativos de Paz Soldán donde los crucigramas aparecen de manera prominente, vemos una elaboración bastante sofisticada de las implicaciones semióticas de la imagen.
Sostengo que podemos usar este modelo para entender otros cuentos y novelas suyos. La idea del significante cruzado aparece una y otra vez. En Sueños digitales, la novela empieza con la línea "Todo había comenzado con la cabeza del Che y el cuerpo de Raquel Welch", parte de un rompecabezas que Sebastián, el protagonista, había creado, donde los lectores de revistas tienen que identificar a las celebridades a quienes pertenecen los cuerpos decapitados. Esta imagen, el crucigamista en su naturaleza de juego y en su cruce de significantes, abre el paso a una meditación profunda sobre los cruces variados en la cultura boliviana del fin del siglo XX donde nuevas economías basadas en la nueva tecnología coexisten con una pobreza aplastante y tercermundista y una euforia globalista y neoliberal que coincide con una desesperación local. En todos los casos, es la ciudad ficticia, Río fugitivo, que sirve como la letra que vincula en el crucigrama del mundo, esas realidades disparadas.
En El delirio de Turing, encontramos el espíritu crucigramista en estos y otros niveles. La yuxtaposición de realidades perdura en las complejidades de Río fugitivo, esta vez dentro de un ambiente criptográfico. La novela presenta una serie de voces que han cifrado realidades físicas y virtuales debajo de signos e imágenes. El Turing del título, un criptógrafo de los años de la dictadura llega a ser el crucigramista por excelencia, leyendo las pistas dejadas por personas que, al cifrarse, se convirtieron en signos lingüísticos. En el caso de esta novela, vista desde la perspectiva de crucigramas, vemos la conexión entre palabra y persona. Paz Soldán dijo una vez que con El delirio de Turing, él quería explorar la vida de un burócrata que había trabajado durante la dictadura sin darse mucha cuenta del efecto de sus acciones y sin sentir culpa por las vidas que fueron destruidas por las decisiones que se tomaron. Al presentarnos con un criptógrafo que posibilitó el asesinato de "subversivos" con su trabajo junto a una serie de personas cifradas desde los avatares del Playground, un mundo virtual, a los hackers con apodos que cifran identidades más banales, Paz Soldán construye un mundo de cuerpos cifrados bajo los signos de la tecnología. De hecho, una imagen que recurre dentro de este contexto es la del cuerpo poshumano, ese cruce de carne orgánica y prótesis tecnológica que, para Paz Soldán, representa los otros cruces e hibridizaciones que surgen en el mundo neoliberal. Desde personajes que viven gracias a las máquinas médicas hasta empleados con brazos prostéticos y gente que ya no se concibe fuera de la tecnología que los consume, Paz Soldán encuentra en esos cuerpos otro crucigrama en que lo orgánico y lo prostético aparecen yuxtapuestos en los mismos personajes de sus novelas.
El crucigrama más políticamente importante en la obra de Paz Soldán aparece en la figura de Montenegro, el presidente ficticio de la Bolivia que incluye la ciudad de Río fugitivo. Montenegro fue dictador de la época del Proyecto Condor y ahora ha sido elegido democráticamente como presidente del país. El referente obvio es Hugo Banzer, sin duda, pero lo que quiero subrayar aquí es la manera en que Montenegro/Banzer funciona como otro crucigrama pazsoldaniano. De cierto modo, Montenegro es la letra que permite que la dictadura militar de la década de los setenta ocupe el mismo imaginario en que aparece el gobierno democrático y neoliberal de los noventa y la década que corre. Tal como en los crucigramas de "Dochera" donde los significados escondidos aparecen entre palabras cuyas conexiones únicas parecen ser letras compartidas, Montenegro aparece en el cruce de dictadura y neoliberalismo. Aquí la lógica del crucigrama le provee a Paz Soldán la oportunidad de explorar las conexiones y paradojas de esa Bolivia atrapada en un crucigrama de ideas, programas e imágenes contradictorias y coexistentes.
Una de las aportaciones que más aprecio en la obra de Paz Soldán es ésa, la habilidad de revelar las implicaciones de un presente (o un pasado reciente) neoliberal y contradictorio. Su narrativa ha ofrecido una nueva serie de imágenes que sirven para pensar el presente con todas sus paradojas y una Bolivia donde co-existen la posmodernidad, la modernidad, y la premodernidad. Su novela más reciente, Palacio quemado, deja a un lado el interés en la tecnología que marca la mayor parte de su narrativa anterior, pero la obsesión con crucigramas implícitos continúa. Ahí, encontramos a Oscar, un historiador y escritor de discursos de un nuevo presidente, manipula palabras que terminan cifrándolo a él mientras se sirven de las letras compartidas que cruzan el poder político del presidente con las habilidades del escritor. No sé bien qué nos espera en la próxima narración que Paz Soldán compartirá con nosotros, pero como los aficionados de crucigrama que siguen a Laredo en "Dochera", estaré con mi lápiz esperando nuevas pistas y cruces iluminadores.
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