Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Septiembre 2008. Antilde;o dos. Número cuatro

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
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El entrañable

Giovanna Rivero
Escritora

Pocas cosas te cambian tanto la vida como un personaje. Si el encuentro sucede en la vida real, dices con frescura "es todo un personaje". Si el encuentro se produce en la ficción, te refugias en esa felicidad oscura que es saberte frente a la verdaderos temperamentos. Se produce entonces la identificación. Tu descarga de morbo se ha activado, reconoces en alguna parte, ¿la boca del estómago?, una alegría eléctrica. Estás en el filo del antes y el despúes. Antes de darte face to face con el personaje capaz de contenerte, eras un mutante nervioso. Ibas de personaje en personaje, admirando el drama en algunos, la pasión desbordada en otros, el patetismo en muchos, la muerte oportuna a veces. En todos ellos dejabas parte de tu inocencia. Ibas, pues, leías, admirabas, volvías, te contradecías, como una aprendiz de part time lover. Temías convertirte en una maldita ingenua.

En la cúspide de los noventa conoces a "Tiburón". No sabías que su legendaria muerte iba a ayudarte a sobrevivir. El problema de los muertos entrañables, sobre todo si están literaturizados, es que no se olvidan fácilmente. Se decía que pertenecía a esa calaña de tipos light que causan impacto la primera vez y luego van cayendo en lo predecible. Pero han pasado, ¿cuántos?, diez años desde su primera muerte, y "Tiburón" es tu fantasma favorito.

De hecho, si esto fuera un slam, uno de esos cuadernos que llenabas en la escuela, con fondo de Queen, un poco para hacerle lances a tu adolescencia plagada de pudores, y en efecto te preguntaran ¿cuál es tu muerto favorito? "Tiburón", dirías. No es la fuerza de la nostalgia lo que te hace volver a su lectura. Te conmueve otra cosa. Cuando creías que la literatura debía ser siempre una historia montada sobre una gran maquinaria, un godzila obsceno, cuyos músculos se insinúan apenas tensarse la piel, aparece Tiburón.

La historia comienza con la noticia de una muerte. El narrador, ya al margen de ese ecosistema de poderes tácitos que son las comparsas, la fraternidad, esa especie de The Skull and Bones tercermundista, en este caso los Supremos, recibe una llamada telefónica de larga distancia. Esa tarde, mirando los techos rojos de Berkeley, intentará ubicar a Tiburón en el justo espacio de la memoria y los afectos, o mejor, de la memoria de los afectos. Pero esos espacios nunca son justos. La justicia doesn´t match con los muertos jóvenes. Los recuerdos se yuxtaponen. El relato de los otros apunta al desprestigio de Tiburón, los flashes de una noche en una discoteca cochabambina iluminan, sin embargo, los gérmenes de otra traición. Además, Tiburón tiene a su cargo el relato principal: su propia profecía. Moriré.

Piensas en los falsos carnales de Tiburón y en que, dentro de todo, era un freak incomprendido y asustado. Tres cosas aprendes de él:

1. Un buen personaje tiene algo de policial.

2. Un entrañable está hecho de contradicciones.

3. Un arquetipo es puro solipsismo.

 

Venías vos, como muchos, de una forma de leer absolutamente patológica, queriendo ubicar con ojo de Terminator II la alegoría, la secreta moraleja, el "flagélame que me lo merezco". La literatura era una cosa lejana y sublime, algo que sólo (envidiablemente) podía sucederle a Madame Bovary. Si bien "Tiburón" no llegó con "instrucciones para leer en los narcisistas años noventa", tus tres sospechas empezaron a consolidarse a medida que volviste a encontrar al personaje en otros cuentos del mismo escritor, no siempre con el mismo nombre y las mismas botas, pero latente, obsesivo, como un espíritu. Entonces, apuntaste tus pequeños tres descubrimientos en ese slam imaginario, cediendo ante la más voluptuosa de las tentaciones literarias: la confesión.

Y escribiste:

"17 de septiembre de 1998. He leído un cuento sobre un condenado a muerte. Nadie le ha impuesto esta condena. Es hereditaria como el acné o la mala reputación. Quiere creer que su padre murió en una accidente de aviación, ¿quizás traficando cocaína?, y él, para cerrar el círculo, debe reproducir la tragedia. Tiburón se llama el personaje, pero lejos de evocar a las aletas asesinas del pez vengador de la isla de Amyti, me recuerda a la fiebre de movies sobre adolescentes sangrientos de los ochenta. (Qué lejos "los ochenta", y qué cerquita). Como Jason en Viernes 13, sé que Tiburón volverá algún día desde el fondo del río Rocha para continuar este thriller condensado en un cuento de "Amores imperfectos". En sus 17 páginas de vida, la estela de rastros policiales que Tiburón deja a su paso es más sucia que la de Harry o algún otro trufián irresistible.

"…Los nudillos destrozados, parece que golpeó las ventanas hasta que quedó sin aire", "sus amoríos eran cada vez más desenfrenados, los líos en que se metía pronosticaban un futuro en el que un novio o esposo, o una mujer despechada, pondría un revólver en su sien y dispararía", "Tiburón parecía feliz", "los relámpagos iluminando el cielo cargado de nubes, y recién entendí por qué Tiburón había corrido a su auto…"

No es sólo la retórica del texto lo que me fascina, pues el escritor no está simplemente "imitando" el suspenso. Este cuento va sobre las conexiones invisibles que hacen a un personaje (y lo conducen a su propia destrucción, ¿qué thriller no es una revisión existencial de lo efímero, lo errado, lo pasional?) y que el narrador intentará establecer, sabiendo desde el comienzo que es inútil. Las hipótesis que se hacen sobre un cadáver están selladas de antemano. La literatura no deja de ser una hipótesis desesperada sobre esos extraños que, sabemos, habitan en quienes creemos conocer.  Y claro, sobre uno mismo. Bajo la luz de los relámpagos nadie es el mismo.. Por eso, este cuento es sobre el poder de la ficción: nadie se convierte en un mito si no es por efecto de la ficción. Y lo que es más: el móvil de una muerte trágica puede no estar en los instintos básicos de los otros —los celos, la venganza, el sexo—, sino en el más primitivo de los deseos: justificar la propia leyenda. Así, el pecado de la soberbia te puede llevar al fondo de un río, como un tiburón envenenado.

 

Mismo día, más tarde.  El caso de Tiburón me hace pensar en mí misma, en mis amigos. ¿Cómo será morir joven? Otra hipótesis inútil. A pesar de eso, me queda marcada a fuego la idea de que uno tiene derecho a vivir su propio apocalipsis. El evangelio de Tiburón funciona, se expande y transforma porque no está asentado sobre sacrificios, por lo menos no en los clásicos términos morales; lo que Tiburón ha resignado es la debilidad de la nostalgia. Aparenta una irresisitible frivolidad que lo pone a salvo de nuevas heridas. Quien tiene que herir ahora es él, dar donde más duela, convertirse en la peor pesadilla de los Supremos. Por eso es un vanguardista total y postula como su principal performance su propia muerte. Un suicidio más convencional le hubiera quitado el encanto. Murió en su ley, diría mi abuela, de haberlo conocido, pero abue decidió largarse antes del arribo inevitable del nuevo siglo, este tipo de advenimientos la desequalizaban. Es el desfase también lo que me atrapa de este tipo, su presente persistente, casi infantil. Dicen que habrán una guerra química en el 2001, pero Tiburón no verá sus efectos. De todos modos, el terrorismo de Tiburón aún habrá de sentirse.

"Lo único que había hecho Tiburón era enfrentarse a las sombras antes que los demás, dar el paso definitivo hacia ese lugar que tanto temía pero que acaso, uno nunca sabe, deseaba…"

 

Tiburón no es Bob Dylan, tampoco Gilgamesh. Sus talentos son terrenales —llevarse a la cama a cuanta mujer se le cruce, salpicar su conversación con frases en inglés, ser un kamikaze de la noche—, por eso, si quiere ser inmortal, debe morir pronto. La gran contradicción, anyway, no está en becoming a legend by dying ASAP, sino en una más sugestiva propuesta: la muerte no es un "hecho natural", "no entiendes nada", sino la más artificiosa de las ficciones. Una muerte que valga la pena es una muerte narrable. Otra vez la literatura.

11: 15 p.m. El tercer puntito exige conocer mejor al escritor. ¿Cómo puedo asegurar que este paradigma gótico, el eterno joven, el trágico adolescente,  el James Dean cochabambino sumergido en su auto como en una nave espacial en el fondo del Rocha, se llevará consigo, al más allá, el peso del solipsismo? Pienso en el joven exilio de Paz Soldán, que no por voluntario y exitoso es menos exilio. Los móviles, como en los thrillers, no son siempre evidentes. Uno puede irse convocado por una voz perturbadora y violenta que dice, suave y esquizofrénica: "sálvate a ti mismo". E irse es siempre morir un poco.

Prendo la compu y escribo un telegrama.

De: gio35@hotmail.com
Para: JEP29@hotmail.com
Asunto: Rimbaud
Fecha: 09/17/1998 11:30 p.m.
_________________________________________________________

Salté sobre toda la alegría para estrangularla.

 

Pienso que estoy out of my freaking mind. La gente ya no envía mensajes cifrados. No literariamente cifrados. Dicen que en el 2001 uno podrá enviar hologramas, golpes mentales. Pero todavía faltan 1138 días para esa nuevo modo de espiritismo. Así que escribo algo que ojalá no parezca una súplica:

De: gio35@hotmail.com
Para: JEP29@hotmail.com
Asunto: Yo
Fecha: 09/17/1998 11:45 p.m.

______________________________________________________________

E,

Si toda una mitología cabe en un cuento, "éste es mi personaje amado", no te pediré una novela.

Pero quizás Tiburón merezca una alucinación más larga, una para él solito. ¿O hay personajes destinados a la periferia del alter ego? (Pienso en sus nudillos y el agua del río, que imagino sucia. Si la escena se detiene, como en Titanic, desaparece la angustia. Pronto olvido esas cursilerías amnióticas e imagino un par de ojos llenos de estupor, desorbitados, como los de un pez).

Quisiera saber más sobre el torturado corazón de este personaje. Deberías sumergirnos, junto con él, en las profundidades de ese río, donde estoy segura debe haber otros cadáveres.

Con el derecho natural de una lectora,

G.

A diez años de su lectura y los telegramas que pedían más "Tiburón", sigues pensando que lo mejor que le puede pasar a un escritor es que su criatura desborde el molde literario del alter ego y tome lo que le pertenece. Tiburón todavía te produce escalofríos, como te sucede (siempre) ante los espectros de los que con su muerte prematura interrumpieron tu propia juventud. No importa, la empecinada mirada adolescente te sigue pareciendo un lugar perfecto para narrar.


Giovanna Rivero

(Bolivia, 1972) Ha publicado, entre otros, Nombrando el eco. Las bestias; La dueña de nuestros sueños. Sentir lo oscuro y la novela Los camaleones. Sus relatos han aparecido en varias antologías y actualmente ejerce la cátedra de Semiología Aplicada y Periodismo en la Universidad Privada de Santa Cruz de la Sierra.

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