

La materia del deseo, quinta novela de Edmundo Paz Soldán1, se construye alrededor de un doble movimiento contradictorio —la búsqueda y la huida— que nos sumerge una vez más en el universo muy personal de este autor, en el que los datos autobiográficos, la inmediatez de la realidad sociopolítica y la imaginación, tejen una red de significados y de máscaras detrás de las cuales la frontera entre la realidad virtual y lo real se va borrando.
En plena crisis sentimental, el narrador protagonista de La materia del deseo, Pedro Zabalaga, encuentra un pretexto para escapar de la realidad de una relación amorosa que es incapaz de asumir: se trata de encontrar y de comprender las claves secretas de una novela, Berkeley, escrita por su padre asesinado durante una de las últimas dictaduras militares bolivianas. Se inicia entonces para Pedro una búsqueda de la figura paterna ausente mediante el encuentro con los espacios y las personas que lo conocieron y mediante la reactivación de la memoria, lo que supone el riesgo de rescatar del olvido una serie de verdades diferentes de las que conserva la memoria colectiva.
Más allá de la búsqueda de la figura paterna, el narrador protagonista inicia una compleja y arriesgada búsqueda identitaria en la cual un personaje desempeña un papel central; se trata de su tío David, un ex-revolucionario que se dedica a la elaboración de lo que el mismo llama "criptogramas" (p. 53), a través de los cuales codifica la realidad al mismo tiempo que actúa a favor de la memoria.
La complejidad de la relación amorosa del narrador —se enamora de una de sus estudiantes, Ashley—, que constituye la materia de los capítulos pares, y la consiguiente necesidad de escapar son lo que lleva a Pedro a la necesidad de recuperar la figura de su padre. El desarraigo —es profesor en Madison— y la huida suscitan en él la necesidad de la búsqueda y provocan la vuelta a los orígenes, a sus propias raíces, con lo cual lo esencial de la búsqueda, que abarca los capítulos impares, se lleva a cabo en la ciudad natal del narrador, Río Fugitivo.
El resurgimiento del pasado lleva al narrador a interrogarse sobre la dialéctica que se establece entre memoria y olvido, sobre la necesidad de olvidar para conservar cierta memoria, para conservar el recuerdo, la figura paterna que él quiere preservar. Esta búsqueda revela a su vez las contradicciones del narrador protagonista, tironeado entre dos deseos ambivalentes: el de descubrir la verdad de la muerte de su padre, descubrir quién fue y cómo fue su padre y el de preservar un recuerdo, una representación acorde con la representación mítica que la sociedad y la historia elaboraron, pero que resulta sobre todo de la necesidad de preservarse a sí mismo:
Todo el mundo tenía una opinión o imagen o anécdota de él, y venía a dármela sin que yo la pidiera. Al principio, sospeché que ésa era una de las razones por las que me había quedado en Estados Unidos: allí podía vivir sin la presencia de papá en la textura de mis días. Poco a poco, volvió a despertar en mí la curiosidad por saber más de él, esa curiosidad aletargada pero nunca del todo dormida. La había tenido muy despierta hasta Berkeley. Luego, había preferido preservarlo en un recuerdo idealizado, no seguir removiendo escombros que podrían herirme. (p. 132)
La figura de este padre es indisociable de la historia del país por haber sido una de los principales actores de esta historia antes de ser uno de sus héroes póstumos. La ausencia del padre es tanto más asfixiante para el narrador cuanto que la historia lo transformó en héroe mítico y a su vez la muerte lo transformó en un hombre inofensivo al que se puede entonces honrar y elevar sin riesgos a la categoría de héroe de la lucha por la recuperación de la democracia y que puede entonces tener una estatua aunque sea en una "descuidada plazuela" (p. 64). Esta estatua, homenaje irrisorio y vacuo al héroe, no le aporta ninguna respuesta al narrador porque inmoviliza una figura y la transforma en un signo que enmascara un significado que Pedro no puede descifrar porque, dice él, "quisiera que la piedra hable, que me diga lo que ansío escuchar" (p. 64), cuando en cambio la estatua tan sólo le devuelve el silencio, una figura heroica que no tiene sentido para él. Pedro se encuentra entonces en el centro de una profunda contradicción porque si por un lado la historia nacional, necesitada de símbolos y de figuras heroicas, en particular cuando éstas y no pueden perturbar el orden, transformó al padre en mito después de su muerte, por otro lado todo fue hecho para desmitificar esta figura y sumirla en el olvido, en particular por la madre del propio narrador:
Después de la muerte de papá, ella [la madre] hizo todo lo posible para ofrecerme una vida en la que él no fuera una presencia agobiadora; mientras el país construía el mito, me cambió el apellido y me hizo utilizar el suyo, prohibió mencionar a papá en casa, e hizo desfilar por su cama a sus amantes, sin el más mínimo respeto a su condición de viuda de héroe. (p. 135)
El narrador es entonces víctima de una confusión identitaria que justifica el doble movimiento contradictorio de búsqueda y de huida que constituye el principio estructurante de la novela. El nombre del narrador es a este respecto muy simbólico ya que se llama Pedro, como su padre, lo que lo acerca a él, pero ya no lleva su apellido, Reissig, lo que lo separa de él. De hecho, la historia de este padre es tan enigmática como lo es la de un país que parece haberse formado a partir de una serie de contradicciones y de omisiones, siendo el olvido es un elemento constitutivo tan importante como lo es la memoria, el recuerdo, como lo subraya Carolina, una amiga del narrador para quien "en este país todo se puede borrar" (p. 31), oponiéndose en ese sentido a Pedro quien no cree ni acepta que la historia pueda construirse por omisión.
Al procurar reconstruir y recuperar la figura de su padre, el narrador trata en realidad de comprender la historia de Bolivia y de recuperar una verdad y una identidad a la vez individual y colectiva, cuando otros enarbolaron el olvido como vector de construcción identitaria. De modo que a través de esta búsqueda personal, Pedro trata de entender un país del que ha huido y del que se siente al fin de cuentas más cercano cuando se encuentra lejos de él. Su formación universitaria —se especializó en Ciencias Políticas— y las investigaciones que lleva a cabo para publicar un ensayo sobre los movimientos de izquierda en la Bolivia de los años 70 —es decir cuando el terrorismo de estado se transforma en regla de acción política en los países del Cono Sur—, resultan de su voluntad de combinar historia colectiva historia personal, y de situar a su padre en un contexto preciso, "para así entenderlo más, o al menos visualizar su imagen con mayor claridad" (p. 96). Ahora bien, esta verdad parece inasequible porque por un lado el narrador la evita cuando ésta se acerca demasiado y sobre todo porque se produce un escamoteo permanente en la medida en que la verdad y la realidad no existen intrínsecamente sino que existen cuando se les da cuerpo y realidad. La realidad depende en efecto de la manera con la cual se la ve, se la revela y transmite, con lo cual la meta del narrador consiste en encontrar los códigos necesarios para acceder a esa verdad. Una de las claves que Pedro privilegia es la novela de su padre, Berkeley, porque él la considera como una carta que le escribió su padre; de hecho la ficción podría leerse como un sistema de códigos que el lector tiene que descifrar.
Un episodio de La materia del deseo, la matanza de la calle Unzueta perpetrada por las fuerzas paramilitares, es muy significativo de la complejidad de la búsqueda del narrador y de la de la mayoría de los personajes. Durante este episodio fueron asesinados su padre, su tía Elsa —la esposa del su tío David— y cinco otros compañeros. El único sobreviviente, David, alimenta desde entonces un fuerte sentimiento de culpabilidad y lucha contra la muerte, contra el olvido, buscando un refugio en el alcohol, en la elaboración de crucigramas o criptogramas, fabricando una radio que le permite comunicar con los muertes, coleccionando máquinas de escribir con las cuales se escribieron cartas de amor y elaborando un diccionario de los innumerables símbolos que aparecen en la novela Berkeley. Por su parte, René Mérida, el brazo derecho de Pedro Reissig, no estaba presente ese día y la historia oficial desde entonces como el traidor por antonomasia, y fue asesinado encontrándose su cadáver dos días después. Este episodio es muy característico de la dialéctica compleja que se establece entre memoria y olvido, entre heroísmo y culpabilidad, entre elaboración del mito y búsqueda de la verdad. La matanza de la calle Unzueta también es emblemática del juego de pistas que Paz Soldán va construyendo en esta novela en particular y en su obra en general. Nos remite en primer lugar a varios acontecimientos que se relacionan con la historia reciente de Bolivia, en particular con el asesinato de Marcelo Quiroga Santa Cruz, una de las figuras insoslayables de la izquierda boliviana y de hecho una de las principales víctimas del golpe de estado militar del 17 de julio de 1980, quien como Pedro Reissig, es autor de una única novela, Los deshabitados2. La matanza de la calle Unzueta nos remite también a la matanza perpetrada por la dictadura unos meses después —el 15 de enero de 1981— de un grupo de oponentes pertenecientes al MIR. (Movimiento de Izquierda Revolucionaria). Este acontecimiento, que se vincula fuertemente con el pasado reciente de Bolivia, no es el único vínculo intertextual con este pasado o con la realidad política inmediata del país, como lo vemos por ejemplo con la alusión al presidente Montenegro, detrás del cual reconocemos la figura del general Hugo Bánzer, presidente de facto entre 1971 y 1978 antes de ganar las elecciones democráticas en 1997; con la alusión a un "dirigente cocalero del Chapare" (p. 76) en quien el lector reconoce al presidente Evo Morales, elegido en 2005; o la alusión a otro "dirigente campesino de Achacachi" (p. 76) en quien reconocemos a Felipe Quispe, fundador del MIP, rival de Evo Morales y que defiende una política radical.
En una novela que se inscribe pues de hecho en la historia boliviana inmediata, la matanza de la calle Unzueta constituye un núcleo significativo en la medida en que aún suscita muchas interrogaciones susceptibles de modificar la verdad, es decir de modificar por consiguiente a la vez la historia colectiva y la historia íntima y personal del narrador y de los personajes que gravitan en torno a él.
Las últimas páginas de La materia del deseo determinan una visión amarga y desencantada ya que la única realidad para los personajes es el fracaso, como el del tío David, quien no consigue convencer a su sobrino de que no ha traicionado a su propio hermano y que se resigna entonces a entregarse a la policía, es decir a asumir una culpabilidad que hasta entonces sólo era virtual. El protagonista narrador, Pedro Zabalaga es objeto de múltiples fracasos: fracaso amoroso ya que, si bien huyó de Ashley, la perdió definitivamente sin conseguir olvidarla y de la que tan sólo le queda una foto que no puede destruir; es incapaz de construir una relación morosa sincera con su ex novia Carolina; su búsqueda identitaria y su tentativa de encontrar la verdad también fracasa porque en realidad inicia esta búsqueda por un camino equivocado. Así, cuando decide irse de Río Fugitivo, iniciando una nueva huída, Carolina lo acompaña al aeropuerto y le entrega una caja de zapatos en la cual él tiene la esperanza de hallar fotos de cuando era feliz con ella. Ahora bien cuando llega al hotel, esa simple caja de zapatos se transforma en una verdadera caja de Pandora porque en vez de lo que esperaba, encuentra antiguas fotos y viejas cartas de amor que intercambiaron su propia madre y su tío David. Estos objetos actualizan entonces un pasado muy distinto del que él se había forjado, un pasado que confirma cruelmente su déficit identitario, en la medida en que ya no le queda otra alternativa que la de tener que elegir entre el olvido y la evidencia, es decir entre la conservación de una representación lejana y enigmática de su padre y la verdad revelada de que su padre no es su padre, lo que también significa que él mismo no es quien creía ser y que incluso traicionó a su verdadero padre al negarse a creer en él. Se trataba pues para él de aceptar o de rechazar la figura paterna que había sido hasta entonces para él la base de su construcción identitaria:
Lo único cierto era que yo había buscado a papá en lugares lejanos y equivocados. Debía haberlo buscado en una casa en Río Fugitivo, mientras hacía crucigramas y me contaba de su hermano y de las nunca perdidas del todo voces de los muertos. (p. 283)
Las dos últimas frases de la novela son muy reveladoras de esta postura del protagonista narrador, incapaz de asumir la verdad, incapaz de asumir las diferentes versiones contradictorias del pasado que se imponen a él y que finalmente subrayan su fracaso, su soledad, su impotencia y su incapacidad de asumir su identidad:
Esa mañana, quise tirar a la basura mi subrayada edición de Berkeley y la única foto que tenía de Ashley. No pude. (p. 284)
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