

La obra de Edmundo Paz Soldán ofrece una sostenida reflexión sobre la progresiva desaparición del espacio marginalizado que le da a la novela y al novelista su paradójica autoridad. La novela moderna, hablando en términos muy generales, se concibe dentro del esquema que un pensador alemán organizó más o menos así: la literatura, segregada del mundo cotidiano de la realidad capitalista, marginalizada en una esfera estética (o sea, una esfera propia), se convierte en un espacio importante de reflexiones y crítica; pero por esa misma separación, se ve sin la capacidad de intervenir directamente en el mundo. ¿Cuál es la suerte de esa división de esferas en la edad del neoliberalismo? Pasemos a Bolivia para contestar la pregunta, y a la figura paradigmática del Che Guevara.
En 1969, sale la novela Ñancahuasu: sueños, de Jesús Lara, un escritor boliviano. La novela fue escrita ante la muerte de Guevara y el desastroso desenlace de la guerrilla unos meses antes, y ante el abrumado peso de las imágenes mass-mediáticas del héroe caído que inundaban periódicos y cines en Bolivia. Para Lara, los hechos históricos rápidamente perdieron su realidad para convertirse en sueños de pantalla: "fui envuelto y arrastrado por la marejada de la fantasía popular y de la elocución periodística…Y cuando me dormía, los pasajes que había leído y enjuiciado acudían a reproducirse en mis sueños. Se repetían como en una película." ElÑancahuasu facticio y el Ñancahuasu novela llegan así a compartir un mismo reino borroso y apartado, "un pequeño mundo en que curiosea la fantasía, revoltosa a menudo y a veces desbordada, como sucede siempre en los dominios del sueño." La novela de Lara asume su condición de sueño con cierta melancolía, como si se tratase de una derrota paralela a la del guerrillero. El sueño y la ficción son cómplices y compatriotas; habitan el mismo "pequeño mundo." Pero poco a poco, a través de la hiperdifusión de la imagen del Che muerto, este otro mundo se confunde con el "gran mundo" del que antes, decía el alemán, la novela se mantenía distanciada.
Ahora fast-forward cuarenta años a la obra de Edmundo Paz Soldán. Presenciamos el fin del artista-soñador masculino y su contraparte, el héroe guerrillero. De ahí la importancia de la imagen inicial de su Sueños digitales: un Che Guevara simbólicamente castrado. Ha sido fragmentado, ironizado, su cabeza cortada y colocada en el cuerpo de una mujer, Raquel Welch. Entre Lara y Paz Soldán los separan muchos mundos, muy por encima de su conciudadanía. Sin embargo, los dos están conectados con respecto al esquema bifurcado en el cual insertábamos antes la novela —Lara en el inicio cronológico de su fallecimiento, Paz Soldán en una fase ya mucho más avanzada.
¿Por qué fallece este esquema? La novela Sueños digitales de Paz Soldán relata su final definitivo debido al neoliberalismo. La autonomía del sueño-novela se ve en peligro por la cultura de masas y la violenta censura política del estado; ya no distinguimos entre propaganda comercial y propaganda política, y la imagen digital se utiliza para colonizar la memoria y socavar toda posibilidad de voluntad política independiente. Unas imágenes claves de Sueños digitales a modo de ilustración. El protagonista deambula por las calles de la ciudad y se encuentra con la siguiente imagen: "En una pared descascarada habían instalado una inmensa foto en blanco y negro del presidente Montenegro y del alcalde —abrazados, sonrientes, efusivos— al lado de un anuncio de Coca-Cola y otro de Daniela Pestova luciendo sus senos en Wonderbra. Montenegro era enano pero allí no lo parecía." El protagonista, que se cree artista, sabe mantenerse distanciado de la imagen. No se deja engañar: sabe que el presidente es enano, aunque no lo parezca en la foto. Unos diez capítulos más adelante, sin embargo, pierde su capacidad crítica, y la ilusión de la "grandeza" del presidente, por así decirlo, se instaura en él: "Esos días, había comenzado a soñar con Montenegro. Era una figura que crecía a su antojo y se aparecía de improviso en el sueño más inocente...Era una figura cálida y protectora, un envolvente refugio paternal. Una figura en blanco y negro. Una sombra asombrosa." A partir de allí, el sueño del artista es la sombra de la dictadura, la proyección interiorizada de un poder violento y corrupto. No hay distancia posible, debido a la siniestra confluencia del avance tecnológico con el marketing y la censura política —las "dictaduras más perfectas" del siglo XXI, como nos explica el protagonista de Paz Soldán.
Un horizonte distópico, pero ¿es exagerado?
En esta situación, el espacio autónomo de la novela se encuentra colonizado —pero no por completo. Todavía existe un bibliotecario, loco mendigo deambulando por las calles de Río Fugitivo. Todavía existe el poder simbólico de la letra en su marginalización, aunque sea un poder ya muy debilitado, pues es una mera marca, casi invisible, en algún rincón de la imagen digital. Todavía existe, en el afán documental de la novela misma, un intento por plasmar una conciencia crítica de la historia reciente. Pero la novela también entra en la "zona de sombra" creada por las dictaduras ocultas del neoliberalismo, y encuentra un nuevo cómplice en la propaganda, la televisión, la informática. Desprendiéndose del artista-héroe, cobra un nuevo vigor seductor y, por qué no decirlo, un poco nefasto. Paz Soldán, como tantos otros novelistas, sale al encuentro del sueño en su nueva morada en las pantallas digitales y en el abismo político y epistemológico abierto por la infinita pero imperceptible reproducción de la imagen histórica.
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