OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Agosto 2009. Antilde;o tres. Número nueve

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Datos de la revista, agosto 2009, año 3, número 09
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Hombre de negro

 

Carlos Manuel Torres Guerrero

Salió a medianoche de Plaza de Castilla con la intención de caminar hasta llegar a Cuatro Vientos al amanecer, había empezado a creérselo de verdad previendo que una noche cerrada como esa era la señal para atravesar Madrid caminando, pero cuando pasó por la estación del metro y vio la luz que iluminaba el interior de la escalera el hombre consultó su reloj instintivamente justo al escuchar el crujido y bajó corriendo hasta deslizarse por debajo de las cortinas metálicas.

La travesía era ya imposible por esa noche, apenas del otro lado se sintió incómodo,  pero se dijo a sí mismo que estaba ahí, como en cualquier otra parte, siempre cumpliendo extraños y misteriosos designios. Inconsciente de la premura a que lo obligaba la situación fue hasta la máquina por un billete sencillo y caminó despacio hacia los accesos donde lo abandonó en la máquina nada más pasar, su cuerpo empezó a mimetizarse con el subterráneo y contrajo levemente el pecho bajando la vista como si pasara desapercibido, pero la sensación de impunidad y el silencio baldío empezaron a animarlo cuando ya iba rumbo al andén de la línea diez para tomar el que tenía que ser el último tren hacia Puerta del Sur.

El hombre solía instrumentar los momentos así en beneficio de su particular bitácora reconociendo gustos, dudas, experiencias, por ejemplo para él era relevante el hecho de que las escaleras eléctricas muy largas le daban la sensación, al bajarlas como ahora, de que viendo de cabeza se sentía descender hacia una prisión futurista, aséptica y mortal.

Casi llegaba al final de la bajada cuando las risas se escucharon repentinas y estertóreas haciéndolo perder el equilibrio, se enderezó de prisa pero ya no estaban, tuvo conciencia de cómo se debía ver él mismo en ese instante y rió también, alcanzó a ver que lo veían desde arriba e imaginó una ambulancia manando aullidos de su escape.

Todo lo que le sucedía tenía un significado, y se dijo que a lo mejor esas personas habían aparecido para recordarle la simultaneidad entre lo placentero y lo vergonzoso que dan los ensueños rotos. El andén parecía una fotografía pálida y de contornos suaves y desde que el hombre se sentó en la banca de metal empezó a sentir como si cada segundo se apelmazara con el siguiente mostrando al tiempo hecho de paquetes, donde la enorme pantalla apagada ocupaba un paquete la mancha amarilla en el suelo dos paquetes y el horario de trenes todos los paquetes. Se preguntaba si a pesar de todo llegaría algún tren aunque confiaba en que como otras veces pasara uno que salía a veces después del último en fines de semana y que no anunciaban para no tener qué poner un tercero, hubiera querido comentar lo de las risas con alguien como si así la cosa no tuviera relevancia o se le hiciera menos extraña a su soledad, y aunque apenas los había visto un par de segundos había logrado distinguir colores y extrañas texturas en sus ropas. Pensó que eran músicos callejeros que conocían los vericuetos de la estación y andaban por ella y sus ocasos como niños por un laberinto.

Escuchó el rumor de unos pasos y una media sonrisa le nació con el asombro, en la otra orilla levitaba suavemente el hijo bastardo de un árbol, las risas sonaron secas y breves haciéndolo pasar por el vértigo vivido antes, vio la hoja de periódico cayendo sobre los rieles y leyó en la pantalla que la esencia del miedo era ser forzado a hacer un papel escrito por guionistas anónimos. No entendía que nada más se hubieran asomado, que sólo hubiera podido ver la última flexión de sus piernas dando vuelta hacia las escaleras. Pensaba que tal vez se habían perdido, que tal vez buscaban la salida, que tal vez eran los que limpian o cuidan, los pantalones eran como los de muchos operarios en Madrid.

Impaciente se acercó a la orilla del andén donde la raya amarilla en el suelo, claramente significante, le recordó la naturaleza del ser humano. Siempre que entraba al metro esa raya le causaba desasosiego y antes de que llegara el tren solía acercarse y ver hacia abajo para imaginar que habiendo caído a las vías salvaba la vida quedándose inmóvil mientras el tren le pasaba por encima, pensaba cuán fácil y absurdo sería morir así, por un tropiezo momentáneo, por el empujón de alguien desconsiderado o inconsciente, por el impulso maldito de la oscuridad.

El fondo negro y espeso se iluminó de pronto y el hombre se quedó viendo al claroscuro hasta distinguir las formas aerodinámicas del tren, su aspecto de trasbordador espacial, novedoso, siempre pasajero. El interior era nítido y brillantemente iluminado, las puertas se cerraron haciendo un ruido como de alarma y el hombre recargó su cabeza en la ventana habiendo palpado previamente el asiento. Justo cuando el tren empezaba su marcha una mujer apareció corriendo del otro lado del vidrio gritándole algo que el hombre no pudo entender hasta que su mueca y su mano desaparecieron como desaparece una diapositiva.

Soltó el cuerpo y mecánicamente sacó un libro que abrió con la vista fija en lo negro tras la ventana, preguntándose si esa pared era oscura por sí misma o solamente estaba muy lejos de la luz, si veía una pared en su longitud o en lo negro el tiempo no corría. Cerró el libro y pensó en cómo habría entrado la mujer si venía de donde él mismo y la puerta ya se había cerrado, en apariencia era nimio y sin embargo se sentía mal de haberla visto en ese intento vano de entrar, su mirada se le había pegado en los ojos recordándole su propia prisa, la prisa por llegar a algún lado por sentirse parte de algo. Los rieles sonaban a un río sucio y nocturno y antes de que avanzara su somnolencia el dueto de voces en las bocinas anunciando cada parada le avisó la de Nuevos Ministerios.

La pareja entró y se sentó al lado de la puerta más próxima, el niño bajó de las piernas del padre y se abrazó a uno de los postes donde se columpió mientras sonaba el cierre de puertas ante la mirada de su madre. El hombre apenas le dio importancia al hecho de que aún hubiera gente en el metro pero no pudo sustraerse a la mirada clara y brillante del niño, recordó que éstos siempre lo miraban así y tuvo el presentimiento de que el subterráneo era otra extensión del hombre igualmente polarizada en blanco y negro, en pequeño y grande, y al hombre la mirada del niño le transmitió la bondad natural percibida en otras personas que le recordaban el valor de lo excepcional. Aquellos ojos límpidos exhibieron el miedo a la ausencia de formas que sus padres disfrazaban con más formas sin sospechar que otros seres similares a uno piensan y sienten cosas similares a uno, el hombre prefirió no darles importancia, le habían lanzado una mirada de desconfianza desde que su hijo le tendió un puente con los ojos.

En Tribunal subieron tres jóvenes vestidos con pantalones de colores y vistosas pelucas, sospechó los mismos colores en la pareja frente a él bajo las ropas de invierno pero pensó que debía haber festival en Madrid y no se había enterado. Uno de ellos empezó a mirarlo con recelo, lánguido y con peluca afro volteó primero como quien reconoce a alguien pero luego depositó con intención manifiesta su atención sobre el hombre quien se refugió en la mirada del niño, hacia quien otros ojos se asomaron bajo una verde y femenina cabellera; el hombre reaccionó instintivamente viendo sus pechos pero tuvo que voltearse apenas le nació la asfixia, estos encuentros solían instalarse en su vida como aperturas a una comunicación invisible y entonces creyó que la mirada de esa chica hablaba de eventos lúdicos y excesos juveniles, de un fin de semana madrileño pletórico de surrealismo de pacotilla, sin embargo el joven lánguido se quedó de pie al lado de un poste y su figura le recordó a ciertos indígenas senegaleses en plena faena de caza, su mirada había sido de desconfianza como si también él sospechara las polaridades que hacen del hombre un animal peligroso.

La alarma sonó otra vez cuando las puertas del vagón se cerraron en Plaza de España, una pareja entró conteniendo la risa de súbito, arrastrando el frío del andén, discretos pero muy a la vista quitándose los abrigos bajo los cuales se apreciaba un azul claro donde fulguraban rayas y líneas de todos los colores... “Peligroso” –se dijo con ironía mientras aquellos, empezaron a susurrar viéndolo con disimulo. No podía creer que todos fueran vestidos igual o que no hubiera otros vestidos de cualquier otra forma, no había puertas cerradas entre los vagones y sin embargo todos se quedaban justo en el suyo, se repetía que algo debía haber pasado en la ciudad para que ellos (pero quiénes), no dejaran de entrar al metro desde Nuevos Ministerios aunque –ahora recordaba-, la mujer que no había podido entrar en Plaza de Castilla traía ropas oscuras y en su mirada no había visto sino la desesperación natural por llegar a casa. Pensaba en esas extrañas maneras de mirarlo, de reírse, de estar como si todo eso fuera natural; pensó en un desfile navideño, pensó en un desfile infantil, pensó en un desfile gay, la idea de que fuera una manifestación masiva simplemente le causó un pánico morboso que el reverso de su imaginación difuminó en el acto por higiene. Recordó que por las tardes siempre había algún músico tocando en la línea diez, a veces era un saxo, a veces un acordeón, una guitarra, pero de alguna manera siempre era el mismo músico, un tema de Stan Getz o de Gardel, una melodía andina, un bolero mexicano, cualquiera daba igual si detrás no había sino la necesidad correspondida de que fueran tocados una y otra vez sin variar nada, habían aprendido a estar ahí para eso como quien vende pan o algodones de azúcar, como hacedores de un artificio eternamente clónico y de cada uno al hombre sólo se le quedaba la mirada, una como avisándole que había sido reconocido, que lo vigilaban desde su anonimato de vigías solitarios de solitarios.

El niño dejó de sonreír y comenzó a ver al hombre con un dejo de nostalgia que éste interpretó como parte de una realidad que le nacía en forma de película muda pero en colores. El vagón se llenó de humedad cuando las puertas se cerraron de nuevo en Príncipe Pío, los dos nuevos lo empezaron a mirar exhibiendo el contraste entre sus coloridos ropajes y su frío talante y con el sonido de la alarma el hombre sintió que tenía qué hacer algo. Lo del festival había dejado de tener sentido, se dijo que ya no tenía importancia descubrir, que tratar de aclarar eso que estaba pasando era como perderse el seguimiento de la película sólo para entender una frase perdida, que lo único que ahora contaba era ser consecuente con eso que lo arrancaba de su centro y que lo llamaba al escape, a bajar del tren como fuera en la siguiente estación y seguir caminando. Los ojos del niño se cerraron de pronto y el hombre lo miró con preocupación, los padres aún le sostenían una mirada itinerante, como cómplices pasivos, como si esperaran con naturalidad un desenlace que ellos conocían y del que querían cuidar al pequeño, a quien su madre tomó en brazos ante la mirada del hombre.

Las puertas se abrieron en Lago y tras una espesa niebla una señora y su hija entraron viéndolo de lleno y deteniendo su breve intento de levantarse, el chico lánguido ya no mostraba disimulo alguno y los dos hombres de frío talante le sostenían una mirada de animal disecado y el niño parecía ser ya la única persona sin nada en la cara salvo su juventud, sin embargo la esperanza no se bajaba del tren, de un momento a otro –pensó- se aclararía todo y la gente reiría por motivos tan desconocidos como la situación misma. Imaginaba una versión postmoderna de la cámara escondida o una crisis de histeria colectiva de la cual asombrarse con los amigos y las cervezas, cuando el tren se paró en Casa de Campo: cinco o seis personas entraron haciendo barullo y él volteó a ver despacio, como si la gravedad le pesara más, sintiendo una corriente fría que le subía desde los pies, llenándole de la certeza de que no había manifestación o desfile alguno, de que no había coincidencias ni cámara escondida, de que alguien le castigaba así por su impertinencia.

Sintió de pronto la presión de las normas sociales y rió por dentro al sentir vergüenza de imaginarse saltando hacia afuera del tren apenas pudiera, la puerta le quedaba cerca y los únicos que eventualmente podían impedirle la huida desde sus asientos eran los padres y el hombre creía que nadie haría nada mientras estuviera ahí el niño, quien parecía atento a un regaño imaginario como reconociendo el mismo sinsabor de las despedidas diarias en el kinder. El hombre sintió la necesidad de alargar el tiempo en su interior para pensar y de acortarlo afuera para largarse, la madre y su hija habían avanzado paulatinamente su posición y ahora estaban más cerca de su salida más próxima, motivado por la imposibilidad y por la abulia de pronto se atrevió a mirar de lleno el vagón: el escenario era pobre y todos veían a un viejo mago a quien el truco no le salía ni a la segunda ni a la tercera, y su público pasaba del desconcierto a la risa, de la risa a la lástima y de ésta a la sed de venganza; recargó su perfil en la ventana, los labios del pequeño se movieron justo cuando el hombre lo miró de reojo pero la irrupción violenta del tren que pasaba en dirección contraria le ensordeció, apretó los puños y restó importancia a lo que el niño había querido decir, instintivamente había tratado de ver si el otro tren llevaba pasajeros pero no vio a nadie, sintió la paradoja de sentirse agitado por su inmovilidad y volvió a mirar de lleno, las miradas, eran como las de las estatuas que se mueven por una moneda en la Plaza Mayor.

Quienes más le preocupaban eran los dos hombres de frío talante y el joven lánguido cuya peluca afro se agrandaba con su cercanía, el dueto anunció la próxima parada por los altavoces y el eco reverberó en su cabeza advirtiéndole que tuviera cuidado con el espacio entre el vagón y el andén al salir; de pronto comprendió, como se comprende el andar o el respirar, que si se preocupara realmente por esas cosas lo más probable es que caería. La risa le empezaba a brotar del estómago, se había imaginado muerto y vagando eternamente bajo la superficie, se vio amigo de los músicos y de los vagabundos acostumbrándose a sus charlas profundas disfrazadas con la vulgaridad del lenguaje callejero, y se creyó seducido finalmente por una vida desperdiciada en la contemplación de sí mismo.

La luz apareció al fondo del túnel y empezó a crecer hasta colapsar al negro evolvente del tren, el niño se abrazaba a su madre y ésta miraba los ojos de su esposo, que miraba al hombre, como todos, con los ojos líquidos. El hombre se levantó con la sensación de que en cualquier momento sería atravesado por una situación que lo superaba desde el principio y que por fin tendría su ocaso, el miedo era como un analgésico fuerte cuando se sintió delatado al jalar con fuerza del picaporte mecánico antes de que el tren se detuviera del todo, las puertas se abrieron, el hombre puso un pie fuera y empezó a caminar rumbo a las escaleras permaneciendo ausente de sí mismo mientras salía del metro y sus profundidades, integrando poco a poco ese momento, convirtiéndolo en algo que había sucedido más adentro que afuera y que por ende a lo que más aspiraba era a contárselo a sí mismo, a que con el tiempo se lo contara tantas veces que al final se volviera parte de su mitología personal, de su irrelevante y fantasiosa memoria, en cambio bajo tierra las emociones de la gente iban cuesta abajo después de un huracán, a todos les nacía del pecho la sensación tranquilizadora y un poco embarazosa de haber pasado por eso juntos, de haber vivido la fractura de una realidad que les era común a todos: la desesperanza, encarnada en cada uno de ellos por unos minutos, la certeza de que el peligro los rondaba desde que entraron al vagón y de que aquel había crecido hasta acercarlos como se acercan las manadas entre sí para defenderse de un depredador, para orientarse frente a la huella siniestra de alguien que ha dejado a la manada, para sacudirse el tiempo que el hombre de negro había estado con ellos y en el que les había impuesto a todos una hermandad que nacía del secuestro violento, del miedo puro que tardarían en curar hasta llegar a casa y cerrar con llave, y beber té con la familia, y ver programas idiotas en la tele, y esas cosas.


Carlos Manuel Torres Guerrero

Es un joven escritor mexicano. Reside en Madrid.

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Sumario

Este Lunes

El revolucionario del siglo XXI

Jorge Eduardo Benavides

El cine cubano sale de viaje

Alfredo Antonio Fernández

El tango y Gardel en la obra de Gabriel García Márquez

Luciano Londoño

La imago

Manuel Gayol Mecías

La palabra del silencio. Notas sobre la escritura de los límites

Arturo González Dorado

«Mariconerías» de Estado: Mariela Castro, los homosexuales y la política cubana

Frances Negrón-Muntaner

Gastón Baquero: un recuerdo familiar

Remigio Ricardo Pavón

1967 y la infancia peligrosa

Patricia Suárez

Unos escriben

Sergio Ramírez

Otros miran

Daniel Mordzinski

OtroLunes conversa

con Antonio Álvarez Gil

“No escribo contra nada ni contra nadie”

con Jorge Majfud

“Calataid es el ejemplo descarnado del patriotismo…”

con Mariela Varona

“Soy una mujer que no acepta la realidad”

con Javier Sáez de Ibarra

“No sé si tengo un estilo, pero sí una intención”

con Ramón Cote Baraibar

“La memoria es como otro brazo, como otra pierna”

con Jon Lee Anderson

“No quiero, simplemente informar y/o entretener...”

con Ana María Shua y Teresa Andruetto

Escribir para comprender

Punto de mira

Cuba per se. Cartas de la diáspora

La isla y su cultura observada desde el exilio

Botón de muestra

Abilio Estévez, Carlos Victoria, Carlos Espinosa Domínguez, José Kozer, Eduardo Manet, Manuel Díaz Martínez, Nivaria Tejera, Pío Serrano, Uva De Aragón y Zoé Valdés

Cuarto de visita

Con la escritora hindú Sujata Bhatt

En la misma orilla

Hombre de negro

Carlos Manuel Torres Guerrero

El muchacho inglés

José Luis Muñoz

Brindis (Fragmento)

León Viera

Expreso Habana-Amstelven

Yoss

La marmita, de Poesía

La marmita. De poesía y poetas

Alberto García-Teresa

Poemas

Antonio Martínez I Ferrer

Poemas

Juana Vázquez Marín

Tres poemas inéditos

Dolan Mor

Kora, de Rogelio Guedea (reseña)

Ernesto García López

Noches de blanco papel, de Roger Wolfe (reseña)

Arturo Parrondo

De tu olor y mis miedos, de Mara Romero (reseña)

Alberto García-Teresa

Otras voces hispanas

A cargo de Luis Rafael

Guillermo Cabrera Infante. Un clásico de la literatura hispanoamericana

Rita Indiana Hernández y la alucinación de la modernidad

Roberto Fernández Retamar y su Caliban

Espido Freire y la rebeldía contra el silencio

Recycle

Cartas de Mijail Bulgakov a I. V Stalin

La generación extraviada

Ángel Santiesteban

De lunes a lunes

Premios de la XXII Semana Negra de Gijón, 2009

Premio Novelpol al prolífico escritor argentino Carlos Salem

La Academia Norteamericana de la Lengua España convoca al Premio 2010 de Novela

Biblioteca de OtroLunes

Librario

A cargo de Recaredo Veredas

Berlín es un cuento

Esther Andradi

El vendedor de pasados

José Eduardo Agualusa

Mirar el agua

Javier Sáez de Ibarra

Espejo de tres cuerpos

Odette Alonso Yodú

El canalla sentimental

Jaime Bayly

Heinz Luning and Nazi Espionage in Latin America: Hitler’s Man in Havana

Thomas D. Schoonover

Poeficcionario. Antología

Edgar Allan Poe

Elementos de Teoría Constitucional. Una propuesta para Cuba

Ricardo Manuel Rojas

Cristo del alma

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Stradivarius Rex

Román Piña

El jardín de ajenjo

Francisco Balbuena

Ensayos

Natalia Ginzburg

Qué bueno baila usted

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Ojos de agua

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A cargo de Lorenzo Rodríguez

Los libros y los días

 

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