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Oí en cierta película, de labios de Fernando Fernán Gómez, que nosotros no existíamos. No quiero contradecir a tan augusto personaje; lo que sucede es que no nos hacemos notar, que se nos exige, además de proporcionar un servicio excelente, ser de una absoluta discreción, siempre amables, pero nunca entrometidos.
La pareja habla entre sí, en la mesa de un restaurante, sobre ciertas intimidades amorosas, y la muchacha, una jovencísima Ángela Molina, sonrojada, hacía un gesto a su interlocutor para que bajara el tono de la voz porque el camarero le estaba llenando la copa y podía escucharlos. Con su característica voz tronante, el genial e irascible actor le decía: “Tranquila, no existen, no ven, no oyen. Sólo están aquí para escanciar el vino y traernos los platos”.
Existimos. Y vemos y oímos todo lo que ocurre a nuestro alrededor. Pero aparentamos ser sordos, ciegos y mudos.
Llegué al hotel El Prado de Cangas de Onís casi en el momento de su inauguración. Mis referencias dentro de la hostelería eran intachables: bares de pueblo, tabernas de ciudades medias y figones modestos hasta pasar a restaurantes de cierto postín dentro del principado: lo que se dice una evolución ascendente dentro del ramo. Cuando servía el vino en las copas, no me temblaba el pulso ni caía una sola gota sobre el mantel. Había aprendido a hacer ese gesto preciso, de persona enterada en asuntos de caldos, al oler el corcho, una vez destapada la botella, y esperaba en posición de firmes que el marido, siempre él y nunca ella, lo catara. Indefectiblemente decían que el vino estaba correcto. Nunca nadie me había devuelto una botella.
El trabajo es rutinario, pero no aburre porque los huéspedes, por fortuna, cambian cada tres días más o menos y cada uno de ellos llega con su historia a cuestas. Hay quien viene aprovechando las ofertas de fin de semana del hotel. Hay quien se deja caer porque está de paso y se encuentra cansado; de éstos, algunos se enamoran del lugar, de la iglesia románica que está pared con pared con el hotel, de su claustro en donde pueden degustar una copa de coñac mientras hojean el diario, o se maravillan con los hallazgos arqueológicos de las recientes excavaciones. Luego están los extranjeros. Por fortuna, a los hoteles del interior suelen venir unos foráneos selectos, enamorados del arte o del paisaje, que nada tienen que ver con los tipos musculosos y con el cuerpo lleno de tatuajes que infestan las playas. Estos clientes son gente con recursos, con estudios universitarios, de mediana edad o tirando a mayores, europeos salvo algún norteamericano que, casi siempre, resulta ser de Nueva York. Y por último está el sector de padres jóvenes, con sus hijos, que se calzan bien de mañana, cuando bajan a desayunar, las botas de montaña y el pantalón corto y emplean todo el día en recorrer los maravillosos lagos de Covadonga, tumbarse sobre una manta en un verde prado o hacer fotos a las vacas de color canela que pastan apaciblemente y no se inmutan por su presencia.
Aquella pareja salía de todos los estereotipos que tenía sobre viajeros y huéspedes de hoteles. Un matrimonio de unos cincuenta años en el que resultaba difícil averiguar quién de los dos aventajaba al otro en edad. Fijándome bien, él me parecía sensiblemente mayor que ella, aunque sólo fuera por la seriedad de su aspecto, porque apenas hablaba y se dedicaba a observar mucho y estaba siempre muy atento a las bonitas vistas que se divisaban desde el comedor acristalado del hotel. Ella era una mujer madura, elegante y bella a la que podía imaginar saliendo de noche, de la opera, envuelta en un abrigo de visón. El primer día no les presté excesiva atención. Pidieron para cenar el menú del hotel: una sopa de cebollas gratinadas y un bistec de ternera con pimientos.
- Poco hecho, sangrante - me advirtió el marido mientras cerraba la carta.
- ¿Qué les traigo para beber?
- Ribera del Duero, por favor. Un tinto Pesquera de la añada del 2001, que fue excelente.
Se despertaban y bajaban tarde, rozando la hora límite del buffet. Se levantaban poco de la mesa, como si les diera pereza tener que llenarse los platos. No eran muy asiduos a la bollería, pero sí al zumo de naranja.
- ¿Solo o con leche?
- Con leche, y que la leche esté muy caliente.
- ¿Y la señora?
- Yo quiero la leche templada.
Mientras se enfriaba el café que yo les servía, él leía la prensa de la mañana y ella se miraba las manos con cierta indolencia y posaba luego sus ojos, entre verdes y grisáceos, en el melancólico paisaje. Me di cuenta entonces de lo poco que hablaban. Quizá eso era casarse: permanecer mudo y ausente a la hora del desayuno.
El primer día no salieron. La mañana estaba lluviosa y las nubes que cubrían el cielo eran pertinaces, parecían cogidas con garras a los cuellos de montaña que rodeaban el hotel. Después de desayunar se instalaron en el claustro, tomaron asiento en una de las mesas, pidieron un café extra. Él, en un momento determinado, me hizo una seña.
- ¿Cómo se puede visitar la iglesia?
- Yo tengo la llave, señor. ¿Me acompaña?
Me acompañó. Giré dos veces la gran llave en la vetusta cerradura, empujé la puerta claveteada y encendí las luces. Lo dejé diez minutos a solas y me retiré discretamente. Cuando regresé para cerrar las luces y la puerta, ya no estaba. Me di cuenta, al cruzar el claustro, que habían cambiado de mesa, y que alguien se les había añadido: un joven de unos veintipocos años con el cabello rubio, largo, ojos azules y delgada nariz. Parecía extranjero. Charlaba animadamente con ella, con cierta familiaridad, como si se conocieran, un poco al margen del marido, que permanecía enfrascado en la lectura de un libro. Leí el título mientras llevaba unos zumos de naranja a dos matrimonios alemanes que regresaban empapados de una excursión por los Picos de Europa: “El lobo estepario” de Herman Hesse. Me dije que el título estaba en consonancia con quien lo leía. Su mujer y aquel joven reían abiertamente; él permanecía serio, concentrado en la lectura de su libro, como si no existieran.
Covadonga estaba aquella mañana en recepción. Era una asturiana rubia, algo recia, de ojos azules, bastante guapa, simpática, mucho más celta que íbera.
- Con este tiempo vamos a tener mucha gente para comer.
- Ni que lo digas - Me coloqué a su lado, detrás del mostrador. Desde allí también se dominaba la mesa objeto de mi curiosidad. Le propiné un codazo a la recepcionista.
- ¿Quién es ese chico?
- ¿El rubio que está riendo?
- Sí, ése. El rubio.
- Guapo ¿no?
- Tú sabrás. A mi todavía no me ha dado por ahí.
- ¿Y no sabes cuándo alguien es guapo o no? ¡Vaya prejuicios! Es un inglés, ha llegado esta mañana. Es la mar de simpático el chico. Creo que se llama Malcom.
- Malcom, Jack, Peter. ¡Qué más da! Pues parece que se conocen de toda la vida. ¿No tienen fama los ingleses de ser reservados?
Coincidieron durante la cena. El joven inglés pidió permiso para sentarse con el matrimonio cincuentón. El marido enarcó las cejas, algo perplejo, pero ella enseguida le ofreció la silla de al lado al recién llegado. Bebieron dos botellas de vino. Y la bebieron ella y el extranjero. El marido se limitó a contemplarlos. La situación era extraña. Yo maquinaba cualquier excusa para pasar por su lado porque el ambiente anómalo que se estaba creando me producía un punto de excitación. Hablaban entre ellos en inglés. No entendía nada a pesar de que solía ver películas en versión original. El muchacho y la mujer tomaron, para rematar la cena, manzanas al horno con relleno de crema, por recomendación mía que les dije que era el postre estrella de la región.
-No hay mejores manzanas que las asturianas: fabricamos sidra.
- Claro, claro.
El hombre maduro pidió simplemente un orujo. Luego el grupo se levantó y siguió la conversación en una mesa del claustro. El marido continuó manteniéndose al margen, atento a las noticias del televisor, mientras su esposa y el turista inglés mantenían una animada charla. ¿De qué hablaban? ¿De Londres, en donde ella debía de haber estado? ¿De arte, puesto que se alojaban en un hotel enclavado junto a un monumento artístico? Poco antes de las once se retiraron todos a dormir.
- Covadonga.
- ¿Qué?
- ¿Qué pensarías de un matrimonio que no se habla en ningún momento? No se hablan mientras desayunan, no se hablan en la cena, no se cogen de la mano, no se miran a la cara.
- Que es un matrimonio normal.
- ¿Eso pensarías tú?
- Claro. Por eso no me caso.
Al día siguiente hizo sol. El viento nocturno había deshilachado las últimas nubes del temporal que se había formado sobre el Cantábrico. El matrimonio bajó antes a desayunar. El inglés ya había desayunado y paseaba por los alrededores del pórtico de la ermita haciendo fotos con una cámara cara. Lo vi en las dos ocasiones que llevé el equipaje hasta la habitación de unos nuevos huéspedes. Luego el matrimonio salió al exterior. Seguramente iban a hacer alguna excursión. Él se había puesto un atuendo deportivo, unos zapatos de ante, una zamarra de piel y unos pantalones de lona beige. Ella iba con tejanos ceñidos, una blusa entreabierta, un jersey de lana de color rosa liado al cuello y zapatillas blancas. Me fijé en la mujer. Era francamente guapa, con una buena madurez que conservaba la belleza de su juventud y cutis suave como el de una adolescente. Me gustaba su delgadez, lo finos que eran los rasgos de su rostro, la forma segura al caminar, controlando el cuerpo, para que no se balanceara en exceso. Se dirigieron hacia donde tenían aparcado el todoterreno y ya estaban a punto de embarcarse en él cuando se les acercó el inglés. Yo me encontraba lejos, en la recepción del hotel, y el sol me daba en los ojos, pero juraría que el marido puso cara de enojo, tanto como ella de alegría. Finalmente el muchacho subió con ellos y partieron.
- Hoy habrá poco trabajo en el comedor a la hora de comer. Todos han marchado o a los Picos de Europa, o a Cabrales o al Naranco.
- ¿Pues sabes que yo no he estado en ninguno de esos lugares?
- ¿No? – dijo, componiendo una expresión de incredulidad la recepcionista -. Ya te llevaré yo un día de excursión, cuando libremos.
Comí con Covadonga. Sería perfecta si no tuviera esas caderas tan amplias y las piernas de montañista, con amplias rodillas y ausencia de forma en los tobillos. Era una muchacha fuerte, joven y sana. También es que comía mucho. A veces me asaltaba la tentación de pellizcarla en el brazo rollizo y ligeramente pecoso, o de morderle en uno de sus carrillos.
- ¿Qué miras?
- Te miro mientras comes.
- Pues me pones nerviosa.
- ¿Por qué?
- Porque no me gusta que me miren.
- ¿Qué tiene de malo mirar a una chica bonita?
- Yo no lo soy, Tomás. ¡Qué mentiroso que llegáis a ser los hombres! Además, a ti la que te gusta es esa huésped misteriosa. No le quitas ojo.
- ¿Se nota? – Llené su vaso de vino y, a continuación, el mío.
- ¡Si se nota! Pones cara de besugo.
- Me llama la atención su situación. Y ese inglés que no se lo sacan de encima. Parece que lo hayan adoptado.
- Le gusta a ella.
- ¿Tú crees?
- Se nota.
- ¿Y el marido?
- Parece acostumbrado.
- ¿Qué son, entonces? ¿Un matrimonio abierto?
- ¿Qué quieres decir con eso de matrimonio abierto? – pregunté, frunciendo el ceño.
- Pues…que tienen opción para relacionarse con otras personas sin que se rompa el vínculo.
- ¡Eres muy peliculero!
Llegaron tarde. Fueron de los últimos en pasar al comedor a cenar. Los acomodé en una mesa situada en una esquina. No vino el inglés. En uno de mis servicios en el claustro del bar vi al extranjero. Estaba solo, en una mesa, con las manos juntas, como si rezara, y el rostro entre ellas. Una actitud pensativa. No me miró aunque pasé varias veces por su lado. Seguramente no existía para él. ¿Qué debía haber pasado durante la excursión? ¿Habían discutido?
El marido firmó la cuenta a las once y media de la noche, tras pedir su copa de orujo. Salieron juntos, pero en el pasillo se separaron. Intercambiaron unas palabras. Él parecía cansado, quizá de la caminata de la mañana, y ella, al parecer, no tenía sueño. Se despidieron y tomaron rumbos dispares. Vi como él subía las escaleras que llevaban directamente a las habitaciones de la segunda planta y como ella se encaminaba, despacio, hacia el bar. No me equivoqué. Dos minutos más tarde hacía compañía al inglés, pero no hablaron, ni rieron; permanecieron el uno sentado al lado del otro sin decirse nada, sin mirarse.
- ¿Qué hace tu novia? – me preguntó, riendo, Covadonga.
- No tengo más novia que tú – le dije.
La muchacha se puso roja como un tomate.
- No me digas esas cosas, ni en broma.
- ¿No te gustaría?
- No quiero rollos en el trabajo.
La mujer de cincuenta años – ahora que la veía mejor quizá tuviera algunos menos, cuarenta y cinco, y su marido algunos más, cincuenta y cinco – salió del hotel y se dirigió hacia el pórtico de la iglesia románica que se iluminaba todas las noches. Había huéspedes que se alojaban en Cangas de Onís sólo por el placer de dormir al lado de una obra de arte como aquella. Los comprendía; yo también lo haría si fuera un hombre de recursos. La observé aprovechando un rato libre. Encendí un cigarrillo. Entonces pasó por delante de mí el muchacho inglés. Nos miramos un instante a la cara, una décima de segundo. Me di cuenta de que estaba enamorado, no había que ser muy perspicaz para captarlo. Esas cosas se notan. En los ojos, de pupilas brillantes, cargados de deseo, perdidos en el vacío. También fue hacia la iglesia.
Al principio no se dijeron nada. Contemplaban, simplemente, los detalles de los capiteles románicos apenas separados por unos pasos, como dos amantes del arte. Luego, sencillamente, se fundieron en un abrazo, se besaron apasionadamente, salieron de la zona de luces para precipitarse en la zona de sombras. Arrojé la colilla al suelo, furioso, la pisoteé y volví al interior.
- ¿Qué te pasa?
- Nada – le respondí a Covadonga.
Dormí poco y mal aquella noche. Me enfurecí por mi comportamiento. Me estaba obsesionando por la conducta de unos huéspedes, entrometiéndome en sus vidas, algo que no me incumbía y no había sucedido nunca antes. Cerraba los ojos e imaginaba a la pareja besándose. Luego los veía desnudos, en la habitación de él, revolcándose en la cama. Me resistía a la idea de que estaba celoso, pero tuve que admitirlo cuando me sorprendí odiando intensamente al maldito muchacho inglés. ¿Qué demonios estaba haciendo el marido para no poner fin a todo eso?
Al día siguiente hizo un tiempo malo. Llovía con fuerza y soplaba un viento furioso que movía las ramas de los árboles del bosque de eucaliptos cercano y expandía su intenso perfume por los alrededores. Me fijé enseguida en la cara hosca de la mujer mientras les colocaba las tazas del desayuno y les preguntaba, por cortesía, si querían café con leche, té o chocolate.
- Café con leche para mí – dijo él, secamente.
- ¿Y usted, señora?
No me contestó al momento. Me fijé en su cara: tenía las ojeras muy marcadas, de no haber dormido en toda la noche, el cutis algo ajado, con aspecto de cansancio. Me fijé, también, en un pañuelo de seda que rodeaba su cuello.
- Lo mismo para ella – dijo él.
Los observé mientras desayunaban, aunque debería decir mientras permanecieron absortos y silenciosos ante las tazas de café con leche humeantes, sin dirigirse la palabra, sin levantarse a coger ninguna pieza de bollería, los huevos revueltos o el zumo de naranja. No hablaban, pero las miradas eran elocuentes. Él estaba en tensión; ella, compungida y abatida.
En un momento determinado él se levantó de la mesa y marchó, dejándola sola. Lo seguí, tras dudar un rato. Me crucé con Covadonga por el pasillo. La sonreí y ella enrojeció mientras me decía muy bajito.
- Cuidado que eres burro.
El hombre salió al exterior y buscó su coche en el aparcamiento. Había dejado de llover momentáneamente, pero lo haría dentro de pocas horas, y con mayor intensidad. Buscaba a alguien. Miraba a derecha e izquierda. Finalmente dio con él. El inglés. Estaba cobijado debajo de la copa de un árbol, fumando; se frotaba las manos cuando tenía el cigarrillo en los labios. Lo vio llegar. No se alteró. Deseé que el hombre de más de cincuenta años lo golpeara; yo lo hubiera hecho. Dejaría que se pegaran, que lo derribara al suelo y entonces saldría para intervenir y separarlos. Me quedé frustrado. Hablaban a escasa distancia, pero el marido agraviado sonreía inexplicablemente y cogía amistosamente al muchacho inglés por el hombro. Pero lo que más me sorprendió es que ambos subieran al todoterreno de él y salieran del hotel. Había cosas que no entendía.