

Al fin ha surgido la periferia en mi vida
y el centro que recorría día a día como gacela
se desmoronó en barrios sin destino
entrelazados con el ruido de carcoma
material de segunda
y pájaros trazando ángulos invertidos.
No me reconozco entre esta cumbre de ladrillos aislados
pues es un barrio fuera de mí.
¿Por qué se perdió el claro tintinear del cálido bar de al lado?
¿Ese trasegar de muchachas veloces
moldeando caderas en sus mínimas faldas
cuando el tiempo sentado sonreía y se tomaba un martini?
Estoy desorientada
entre bloques de edificios extraños
que en soledad crecieron
como un tumor maligno
invadiendo mi anillo de cintura.
¿Cómo vine a parar a estos barrios de tiempo?
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Miro en las alcantarillas de las palabras
y se oye el paso cansado de los años
en remolinos de papel sepia.
¿Cómo llegué tan rápida a estos barrios de tiempo?...
Hoy no tiene cataratas el visor de la vida.
Me levanto bañada en la luz
del cielo para abajo
sin pasar por el misterio de las palabras
que se han olvidado de su origen
y del amplio muro de sombra de lo no dicho.
Afilo el lápiz de los números
de cada cosa.
Debo comprar
4 yogures
2 kilos de tomates 1 de arroz y 4 manzanas.
Cojo el bolso.
Está en el armario.
Lo recuerdo claramente.
El mundo es visible
lo abarco con mi mirada.
Se deshabita mi casa de susurros de eternidad.
Son las 10 de la mañana a las 12 tengo que estar en la facultad.
Debo darme prisa en corregir estos 20 exámenes.
Echo las cuentas de la vida
resto sumo divido...
Todo está desvelado
no hay penumbra
ni lluvia de palabras.
Hoy veo todo con claridad pues todo cuadra.
Hoy estoy ciega.
Su realidad tenía fiebre
estaba enferma y se había acostado en un rincón del domingo.
A pesar de que le había nacido la voz
sus palabras estaban vacías
y solo perseguían la alucinación sonora
para ahuyentar la soledad.
Sin embargo
no más que un traspiés en el umbral del poema
y podía regresar de nuevo
al rincón del tedio en que habitaba.
Pero no… se echó los cabellos hacia atrás.
Sonrió.
Se pintó los labios.
Se puso tacones
y entró en el poema por la puerta de lo real.
Pidió un whisky
tomó un sorbo
miró intensamente al camarero
se metió las manos en los bolsillos
y salió del tugurio
para entrar de nuevo por la puerta del Café Gijón.
“ERA…”
Hay barrios periféricos
doloridos
sollozantes
con ortigas humedad moho...
Ventanas golpeadas
abofeteadas
maltratadas...
Beben la sangre negra del óxido.
Pequeñas encinas
higueras retorcidas amenazantes
flores silvestres
mudas
iletradas...
y sobre todo nadie
nadie
nadie...
Su amo es el polvo
los racimos de voces apagadas
esos rostros que no han llegado a rostros
helando el azul
y poniendo la basura
junto a los gatos y la ceniza.
Son barrios convertidos en perros tristes y esclavos
No tienen el valor
para desaparecer en un poema
ahorcando su voz
del texto siniestro de la vida.
Y llegó la niebla escondida en la lluvia de la tarde
y borró a los niños de la plaza
que jugaban con besos
y pintaban los labios de la luna
agarrados a su falda de domingo.
Y se fue casa abajo
y se puso en el umbral de las palabras
y se confundió con el gris de mis ojeras
y asaltó los campos de amapolas
para que los niños no pudieran
alcanzar la escalera del cielo.
Llegó la niebla y borró todo
hasta mis labios pintados de rojo
pero dejó intacto tu nombre en mi boca.
Me rodeo de libros premonitorios
oráculos y posos de café
pero alguien me impide acercarme a ti.
Te me resbalas de entre los días
y desapareces en una esquina
donde me roban a punto de navaja hasta tu nombre.
Y se secan las horas de la noche
de tanto buscarte en tabernas y bares.
Quizá las huella de tus labios
en el vaso de cerveza
hagan sangrar tu nombre en la memoria de sílabas
junto al rincón de cualquier madrugada.
O quizá en el bar de la esquina
me lo alquilen para los fines de semana.
Habitación 212...
Despierto en el alfabeto de un poema de noche.
Es día abierto de luz como una sandía dulce.
Desayuno a sabor de su cuerpo.
Me echo sus palabras prohibidas en el café.
Tal vez la leche es el pentagrama de su voz.
Paso por su habitación
222.
Nos vamos a ir.
Vacía.
Una señora arrastra su pequeña maleta Loewe
por los pasillos.
El silencio cubre las alfombras de ausencia de pisadas.
¿Qué fueron entonces sus llamadas a media noche
para intercambiar su habitación?
¿Qué es la calidez de mi cuerpo hecho recuerdo?
¿Lo habré soñado todo?
¿Habré inventado también a él?
Nunca más dormiré en hoteles.
Están llenos de fantasmas y duele tanto…
Mis horas giran
al compás de las palabras de tus mensajes.
Ellas pintan el sol
en un cuadrículo de luz
o me apuñalan el pecho
con un SMS de sangre.
No duele el crepúsculo
ni la tarde enferma
de nubes opacas.
No duele el goteo de la lluvia en París
ni se abre mi sonrisa
con un puñado de rosas en el hotel.
Duele el abecedario en la pantalla
de mi ordenador o teléfono.
Agrúpalo de otra manera amor
más azul y cálido
o mis heridas tendrán la forma exacta
de cada una de tus letras.
Al fin he domiciliado mi amor
en tu cuenta.
Así no podrás eludirme
y tendrás que pagármelo mes a mes.
Perdóname
estaba tan desesperada
que no me ha quedado
otro remedio
para que me beses.
Vedlos...
aquí están los poemas
que aunque recién paridos no acaban de nacer
y casi cadáveres no acaban de morir.
Y es que todos los poemas intercalan
entre sí sus palabras
como los árboles los pájaros.
Pido una transfusión urgente de palabras
para mis poemas que no acaban de nacer.
Y si no se me concede
que inmediatamente
se les haga una transfusión de silencio.
Los cadáveres vivos me repelen.
Condenada a ser poeta y a buscarle espejos
a todas mis palabras
pues le pesan los bordes de la sombra
he comprado la palabra trasgresión.
Quiero mi voz desnuda
con un montón
de islas
lejanas bajo el brazo.
No soporto la luz
de las palabras absolutas.
Me quedaré en las esquinas de los nombres
desde allí hay una versión
pequeña del mundo y podré
llevarlo todos los días en el bolso
o incluso en los bolsillos del pantalón vaquero.
Estará resguardado de los fríos de invierno
y me pesará tan poco...
(Salvaleón, Badajoz) Doctora en Filología Hispánica y Licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid. Catedrática de Lengua y Literatura, ha publicado varios libros, entre ellos, una edición crítica de San Juan de la Cruz, El Madrid de Carlos III, El costumbrismo español del siglo XVIII, Zugazagoitia precursor de la novela social, y La Literatura del siglo XX. Asimismo, ha publicado los siguientes poemarios: Signos de sombra, En el confín del nombre, Nos+otros y Gramática de Luna. Su última publicación es la novela Con olor a naftalina. Por otro lado, ha colaborado en la “Colección Historia de la Literatura Española e Hispanoamericana”, en el libro Historia literaria en el siglo XVIII o en el ensayo colectivo El Quijote en clave de mujer/es, etc. Asimismo, ha sido crítica literaria en el suplemento Culturas de Diario16 y, en La Esfera, de El Mundo(suplementos desaparecidos). Lo fue también de ABCD, Cultural y de Tribuna en ABC. En la actualidad da clases de postgrado en la Universidad de Alcalá de Henares, y colabora en Cuadernos del Sur, Tribuna y Babelia de El País.