


En 1942, un joven Orson Welles, aún reciente la conmoción generada en Hollywood por el estreno de Ciudadano Kane, aterrizó en Brasil para rodar un documental con fines propagandísticos que nunca llegó a terminar: It´s all True. El encargo, que contaba con la producción de la RKO, partía del Departamento de Estado norteamericano, y su cometido básico, según palabras del propio Welles, era “gastar un millón de dólares rodando el Carnaval de Río”. Welles debía escenificar, a través de la descripción de los elementos más pintorescos de la ciudad y la fiesta – el estallido de colores de las calles, la multitudes, el furor de la samba, el ambiente paradisíaco de las playas, y, cómo no, el arrobo de los turistas estadounidenses -, el nuevo estado de relaciones diplomáticas existentes entre el gobierno norteamericano y el “Estado Novo” del dictador Getúlio Vargas a raíz de la celebración, en la misma Río de Janeiro, de la Conferencia de Países Sudamericanos de 1941, la cual había significado - a pesar de las reticencias del propio Vargas, que profesaba una conocida simpatía hacia el régimen fascista de Mussolini - el fin de la neutralidad brasileña y la ruptura de las relaciones diplomáticas con Alemania, Italia y Japón.
Cuando llega Welles a Río de Janeiro dispuesto a iniciar uno de los rodajes más polémicos y conflictivos de la historia del cine, se encuentra con un país a punto de entrar en guerra contra Alemania e Italia – que había respondido al fin de la neutralidad brasileña torpedeando, entre julio y agosto de 1942, nada menos que dieciocho barcos brasileños-, y sumido en una gran conflictividad social, en buena medida como consecuencia de la oposición que el estrechamiento de vínculos con Estados Unidos –ratificado mediante la firma de un acuerdo bilateral que posibilitaba la financiación estadounidense de la primera planta siderúrgica brasileña a cambio de la instalación de bases militares norteamericanas en el Estado de Natal- había generado en los sectores más conservadores y reaccionarios de la sociedad brasileña, especialmente entre los camisas verdes del Acción Integralista, el movimiento fascista encabezado por Plínio Salgado. Por eso, nada más aterrizar y empezar el rodaje, el proyecto de Welles se vio sensiblemente modificado, centrándose el director norteamericano en una visión ácida y desengañada de la realidad y política brasileñas, reflejando la pobreza de las “favelas” y el esfuerzo por la supervivencia de las clases más desfavorecidas, representado especialmente por el viaje de más de 1650 kilómetros que hicieron cuatro pescadores pobres, o “jangadeiros”, desde Fortaleza a Río de Janeiro para protestar por sus condiciones de trabajo.
Éste es el marco espacio-temporal, minuciosamente descrito por Francisco Balbuena, en el que se desarrolla su última novela, El jardín de ajenjo, XI Premio Manzanares: los dos años que recorren la espina dorsal de la alta sociedad brasileña desde los prolegómenos de la Conferencia de Río que acabaría con la neutralidad brasileña hasta la salida de Orson Welles del país, una vez frustradas las intenciones propagandistas del gobierno estadounidense ante la negativa del director de representar en imágenes su reciente alianza con el Brasil de Vargas.
Sobre este trasfondo, Francisco Balbuena construye una ágil historia de amor entre Balboa, un oscuro y misterioso falangista español, a la sazón agregado cultural de la embajada española, y Gertude Hasenclever, una joven judía casada con un rico empresario homosexual y antisemita que dedica su tiempo libre a acoger a judíos huidos de la persecución nazi. Una historia de amor ya de por sí con un principio incierto que va ganando en complejidad y matices a medida que se van sucediendo los acontecimientos políticos dentro y fuera del país y van haciendo aparición algunos de de los personajes clave de la época: desde el propio Getúlio Vargas y sus hijos hasta el propio Orson Welles, pasando por otros personajes anónimos pero igual de decisivos en el desarrollo de los acontecimientos como oligarcas y depravadas mujeres de alta sociedad, espías nazis, diplomáticos y políticos corruptos, por no olvidar los inevitables representantes de los bajos fondos, prostitutas, bailarinas de cabaré, tahúres y sórdidos empresarios de tugurios y prostíbulos.
De este modo, lo que en un principio se presenta como una apasionada historia de amor, celos e infidelidades entre dos caracteres prácticamente antagónicos, con orígenes, ideologías y temperamentos totalmente opuestos en un entorno pretendidamente idílico y libre de la guerra como el Río de Janeiro de principios de la década de los cuarenta, se va ramificando en un sinnúmero de pequeñas historias paralelas plagadas de intrigas políticas, ajustes de cuentas, juergas y orgías sexuales, historias y aventuras varías que terminan constituyendo, todas juntas, anexionadas al tronco que constituye la historia central de encuentros y desencuentros de Balboa y Gertrude, el verdadero tema de la novela, el jardín de Ajenjo del que hace mención el título: “Bien sospechaba Balboa que Gertrude quería decir mucho más. Era judía, pero sabía lo que cuenta el Apocalipsis a cerca de la estrella llamada Ajenjo: que cae del cielo sobra la tierra y envenena un tercio de las aguas. Ambos vivían en su jardín de ajenjo, en la devastación, en la esterilidad. No obstante, aquel rincón verde era un pequeño alivio. Pero si por capricho de una sorpresa, de las infinitas que depara el tiempo, en su jardín terciado por la estrella brotaba la vida que ambos deseaban, eso sería el desastre”.
Es precisamente el completo trabajo de recreación histórica y geográfica realizado por Balbuena para diseccionar ese jardín de devastación y esterilidad que es el Río de Janeiro durante la Segunda Guerra Mundial el principal logro de la novela; la plasmación de un fresco completo y minucioso de una sociedad que vivía con igual o incluso mayor intensidad, pese a su condición de periferia, todos los conflictos de su época.
Es creador del blog http://www.elhijodelafernanda.blogspot.com. Máster en Gestión Cultural y licenciado en Ciencias Políticas.