

“Alguien trajo jazmines y los puso
sobre una copa blanca frente al cielo
de la ventana azul mientras se oía
una ligera voz que nos anuncia:
Ha llegado el verano.”Aroma. Juan Gil-Albert
No sé muy bien de qué materia está hecho el verano, de dónde proviene esa rabiosa luz diamantina que barniza las horas, el poderoso sortilegio de esas noches que poseen la capacidad de hacernos creer que aún somos adolescentes y que por tanto podemos salvarnos. Ignoro el mecanismo que consigue alargar el tiempo –casi abolirlo– como si fuese un chicle, provocar esta avalancha de deseos que nos sitúan mucho más cercanos al latir de la vida. El deseo de desear. Un sentimiento más propio de la juventud y que el verano vuelve a imbuir en nuestro malogrado espíritu.
Estoy en Madrid y necesito reposo. Una sustancia verde y espesa consiguió que resbalara en el suelo del ascensor y me hiciera trizas la pierna derecha. Debido a esta infausta circunstancia decidí quedarme aquí y no salir a ningún sitio. Al principio la idea de no pasar unos días en mi tierra, en Jaén, me contrarió bastante, pero ahora ya no me importa, casi lo prefiero. Mi única hija, Elisa, buscó una persona para que pudiera cuidarme, este año estoy muy liada y yo no puedo atenderte, y encontró a Isleni, venezolana de treinta años, dulce y dicharachera, jaca rompiente que me vuelve loco. Ahí viene otra vez con sus vaqueros ajustados y su escotada camiseta blanca, en la que cae la cascada negra de su pelo. Hoy tiene la radio puesta a toda potencia y bailotea por la casa a ritmo de salsa, contonea las caderas y aprecio el vaivén de sus generosos pechos, el calor que desprenden. En una mano sostiene un trapo para quitar el polvo y en la otra un polo de limón con el que no deja de refrescarse la boca. Al pasar me guiña un ojo y noto que mi interior se derrumba, como una ruina antigua.
–Cielo, voy a la calle. Ahorita vuelvo.
–Muy bien.
A nada de lo que hace o dice le encuentro el menor reparo y eso significa que acabará comiéndome por lo pies, imponer su voluntad sobre la mía, aunque reconozco que no me importa en absoluto. Sólo su presencia hace que todo funcione mejor. Pero vayamos al grano. Aprovecharé el tiempo que ella anda fuera para recomendarte algunos de los mejores libros que han salido últimamente.
El hombre del traje gris (Libros del asteroide) de Sloam Wilson. Una emotiva historia que relata la vida de Tom Rath, un joven padre de clase media que se ve empujado a convertirse en un adicto al trabajo si quiere triunfar y mantener a su familia. Considerada una de las mejores obras que han sabido captar el espíritu de la década de los cincuenta en EEUU, esta flamante reedición contiene un prólogo de Jonathan Franzen. Mucho más breve, aunque no menos intensa, es la última novela de Phillip Lopate, Segundo matrimonio, también en la misma editorial. Eleanor y Frank, que creen haber logrado el equilibrio en el que para ambos es su segundo matrimonio, organizan una cena con amigos en su apartamento de Brooklyn. La velada transcurre con normalidad, entre risas y ambiente festivo, pero cuando los invitados se marchan y la pareja se queda a solas, las dudas y las tensiones empezarán a surgir...
Dice Henry James: “El cuento es el punto exquisito donde acaba la poesía y empieza la realidad”. La sombra de esa frase planea sobre mi cabeza mientras leo los Cuentos californianos (Navona) de Bret Harte. A lo largo de estas cinco historias desfilan prostitutas, buscadores de oro, tahúres, forajidos, aventureros. Toda una serie de personajes toscos y mal educados, aunque la mayoría de gran corazón, que nos harán entender por qué Borges consideraba a Harte uno de los grandes.
He disfrutado muchísimo con Plop de Rafael Pinedo y Submáquina de Esther García Llovet. Dos novelas cortas que, aunque dispares, se asemejan por lo sorprendentes y arriesgadas, originales y entretenidas que resultan. Publicadas en Salto de Página, joven y pequeña editorial a la que sigo desde su nacimiento por sus cuidadas ediciones y su buen olfato literario. Desde aquí le deseo larga vida.
En tiempos de crisis las editoriales se vuelcan en las reediciones, en aquellos libros que pueden contar con un nutrido grupo de compradores. En las últimas semanas han ido apareciendo títulos indispensables en la librería de cualquier lector voraz: La vida ante sí (Plataforma) de Romain Gary, Señora de rojo sobre fondo gris (Destino) de Miguel Delibes, Cuando ya no importe (Alfagurara) de Juan Carlos Onetti y Sefarad (Seix-Barral) de Antonio Muñoz Molina.
Oigo la puerta. Es ella.
–¿Dónde has estado?
–Por ahí.
–Muy bien.
Vuelve a encender la radio, saca otro polo de limón y se pone a bailar. Dejo de escribir y me dedico a contemplarla. Va de un lado para otro, canturrea, agita sus curvas, se deja acariciar por las pestañas del sol. Ya ni siquiera se molesta en coger un trapo, en disimular delante de mí. La casa no está limpia. Pero ni falta qué hace. Coño.
Julio, 2009