

Tal es el año de nacimiento de tres de los escritores más importantes y representativos de la literatura actual: Martín Kohan (Buenos Aires), Sergio Olguín (Lanús, Buenos Aires), Ariel Bermani (Lomas de Zamora, Buenos Aires). Los tres empezaron desde muy jóvenes, cursaron la Carrera de Letras en la Universidad de Buenos Aires donde actualmente enseñan: Kohan es doctor en Letras y Bermani trabaja en una de las cátedras más prestigiosas de la institución, junto al crítico y escritor Noé Jitrik. En cambio, Sergio Olguín, dueño de una mente creativa rápida como un pac man, jugó sus propias reglas. Desde muy joven abrió su propia revista, V de Vian y una pequeña editorial. Se dedicó al periodismo cultural –trabajó en innumerables medios- y actualmente dirige la sección de cultura del diario Crítica.
Otros dos escritores nacidos en 1967, merecen ser mencionados: Carlos Ríos (Santa Teresita, Buenos Aires), dueño de una prosa rupturista y Andrea Rabih (nacida en Buenos Aires y fallecida en 2001), autora del libro Cera Negra (Simurg, 2001) y de una novela inconclusa.
La existencia determina la esencia
Siguiendo el apotegma de Karl Marx, la literatura argentina está determinada por los años de Dictadura Militar (24 de marzo de 1976 - 10 de diciembre de 1983). La Dictadura Militar en su lucha contra lo que ellos llamaron el terrorismo, implementó la tortura como método de investigación, las detenciones ilegales, el secuestro, el chantaje, el robo de niños, el asesinato, promovió una guerra absurda contra Inglaterra, y dejó un saldo de 30 mil desaparecidos. Fue el acontecimiento más traumático en la historia argentina de este siglo, que abarcó todos los estratos sociales. A excepción tal vez de los años del peronismo, desde la asunción de Juan Domingo Perón en 1946 –luego del apoteótico 17 de Octubre de 1945 donde el pueblo fue a pedir por él a la Plaza de Mayo- hasta su derrocamiento por la llamada Revolución Libertadora en un golpe militar en 1955.
Los dictadores argentinos fueron llevados a juicios durante el primer gobierno democrático, que los condenó. El proceso terminó con la ley de Punto Final, lanzada en 1986 durante la presidencia de Raúl Alfonsín. La ley estableció la paralización de los procesos judiciales contra los autores de las detenciones ilegales, torturas y asesinatos que tuvieron lugar en la etapa de dictadura militar. Literalmente, "se extinguirá la acción penal contra toda persona que hubiere cometido delitos vinculados a la instauración de formas violentas de acción política hasta el 10 de diciembre de 1983." Establecido el indulto y no la pena, el crimen político y el genocidio, es en la Argentina un imán que impulsa a los poderosos al vértigo de repetir acciones nefandas. Sumada a la Ley de Punto Final, para cientos de implicados en los hechos siniestros de la dictadura rigió la ley de Obediencia Debida, implementada en 1994, que absolvió a los militares debajo del cargo de Coronel y con ello convalidó el crimen. Diez años después, esta ley fue derogada gracias al proyecto para anularla que presentó la diputada Patricia Walsh (hija del escritor desaparecido Rodolfo Walsh) y actualmente se encuentran detenidas personas implicadas por violación de los derechos humanos. De todas maneras, el consenso social parece más preocupado por exigir confort y bienestar, que justicia. La Dictadura quiere ser olvidada al precio que sea; aun cuando el olvido sea un lobo dormido.
Empuñar la pluma
De los 30 mil desaparecidos, la mayor parte se trató de sindicalistas e intelectuales. Desde chicos que peleaban por el boleto estudiantil a grupos de izquierda que luchaban por una revolución guevarista. Se generó un exilio político que dejó hondas huellas en el panorama intelectual argentino. Cuando se re instauró la democracia, muchos de los exilados dudaron en regresar. Muchos no lo hicieron y muchos otros no fueron recibidos como hubieran debido. La leyenda dice que Julio Cortázar falleció de la honda desazón que le dejó su entrevista con el presidente Raúl Alfonsín, cuando visitó Buenos Aires.
En medio de este paisaje de fines de los años ’80, dedicarse a las letras tenía algo de heroico: escribir es reafirmar la identidad. Por esos años, Juan Forn fundó y dirigió la Colección Biblioteca del Sur en la editorial Planeta, que tuvo el enorme mérito de publicar autores argentinos acallados por los años de hierro. Hubo un tropel de autores y de estéticas y se creó el Premio de Novela Planeta Argentina, que luego de unos malpasos y situaciones escandalosas fue finalmente abolido. Vieron la luz los bellísimos libros de Antonio Dal Masetto, Rodolfo Fogwill, Guillermo Saccomano, Ana María Shua, Alicia Steimberg, y surgieron los en ese entonces nuevos narradores: el mismo Juan Forn, Marcelo Figueras, Rodrigo Fresán, Cristina Civale y Martín Rejtman, también cineasta. El mercado editorial narrativo por aquel tiempo no ofrecía demasiadas posibilidades, las editoriales pequeñas e independientes se dedicaban por sobre todo a la poesía y los jovencísimos autores de veintipocos años debían esperar. Era el tiempo en el cual tu sueño dorado era ver tu texto en letras de molde: un sueño moderno, decimonónico, bohemio.
Por aquel entonces aparece un espacio singular para los jóvenes autores y se trata de la llamada literatura juvenil: Será, en teoría, un tipo de lectura de pasaje para adolescentes. Si la literatura juvenil existe en verdad o es sólo un invento de mercado, es harina de otro costal por el momento. Pablo de Santis (Buenos Aires, 1963), brillante y talentosísimo, editó su primera novela El palacio de la noche en la editorial independiente De la Flor. Posteriormente, pasó a dirigir una colección de literatura juvenil La Movida en Editorial Colihue, donde aparecieron nuevos escritores, entre ellos Marcelo Birmajer (Buenos Aires, 1966), nombre ineludible de la literatura argentina, cuya vasta producción literaria abarca con éxito casi todos los géneros. Abierta esta brecha, otros autores se sumaron: Betina Keizman (Buenos Aires, 1966) publicó allí El secreto de Marlene Rochoell (1997) y Eduardo Muslip (Buenos Aires, 1964) publicó en la editorial su primer libro, Hojas de la Noche (1994), donde el narrador es una especie de Holden Caufield que narra sus primeras aventuras y depresiones. También es en 1994, cuando Martín Kohan publica su primera novela La pérdida de Laura y un poco después, en la recién creada editorial Beatriz Viterbo (nombre de la protagonista del cuento El Aleph, de J. L. Borges, que tres profesoras de la Carrera de Letras de la Universidad Nacional de Rosario: Sandra Contreras, Adriana Astutti y Nora Avaro, eligieron) publicó el libro de cuentos Muero contento.
Por estos años del fin de la década del ’90, Sergio Olguín se ha hecho cargo de la revista V de Vian, una de las pocas publicaciones –sino la única- de su género, donde publicaban cuentos. Allí publicaron autores como los ya mencionados Muslip, Keizman, Bermani, Ramón Tarruella, José María Brindisi, entre otros. La joven literatura es completamente urbana: sus maestros cuentistas, antes que Horacio Quiroga, han sido Raymond Carver, John Cheever, y por supuesto, Antón Chéjov. Por esos años se lee más Bukowski o Sam Shepard que Adolfo Bioy Casares. El cuento-artificio es desdeñado, el ambiente rural renegado, la tradición obliterada: se sirve a la carta el realismo sucio. En 1996, José María Brindisi (Buenos Aires, 1969), publica su libro de cuentos Permanece Oro, que había obtenido el premio del Fondo Nacional de las Artes. En 1998 el diario Clarín crea su premio de novela y el primer premiado será Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970) con Una noche con Sabrina Love y al año siguiente lo hará Leopoldo Brizuela (La Plata, 1963) con Inglaterra, año en que Alejandro López (Goya, 1968) será finalista con la novela La asesina de Lady Di, que finalmente publicará Adriana Hidalgo Editora. Entre 1997 y el 2000, la editorial Sudamericana publicará las novelas históricas de Martín Kohan, El Informe y Los cautivos así como el libro de cuentos Una pena extraordinaria. En 1999, Muslip publica en la editorial Simurg (recientemente nacida) el libro de cuentos Examen de residencia (que incluye el cuento ganador del Concurso V de Vian) y Olguín crea Vian Ediciones donde edita su primer libro, los cuentos Las griegas.
2001, odisea en el espacio
El ingreso al nuevo milenio, fue para los argentinos tan traumático como para los neoyorquinos. Una crisis económica –la muerte anunciada del confort, la paridad dólar/peso argentino- se abatió sobre el país; el Estado se apropió de los ahorros bancarios de la gente, las clases más oprimidas salieron a las calles y hubo muertos por la acción policial. Muchos jóvenes emigraron en busca de una ilusoria comodidad material que existiría en los países del primer mundo: fue lo que dio en llamarse el exilio económico argentino. Sin embargo, este exilio fue casi nulo entre los escritores que habían empuñado la pluma y seguido su vocación a principios de los ’90. Muchos se habían establecido como profesores, habían formado familia y tenían un pequeño grupo de lectores. La elección de emigrar o no, fue para muchos decisiva. Así como eligieron la escritura como lugar de identidad, habían elegido una lengua –con las peculiaridades del castellano del Río de la Plata- y un país. El primer lustro del siglo es para ellos consagratorios y los catapulta a una carrera que ha comenzado a dar sus más brillantes frutos. Martín Kohan publicará las novelas Dos veces junio (Sudamericana, 2005), donde aparecerá en primer plano la Dictadura Militar argentina, tal vez la mejor novela sobre la dictadura, Segundos afuera (Sudamericana, 2006) sobre la pelea de box John Dempsey/ el Toro Firpo, Museo de la Revolución y en el 2007 recibe el Premio Herralde de Novela por Ciencias morales, publicada por Anagrama, donde otra vez la Dictadura será el trasfondo.
Otros autores hacen su meteórica aparición en las letras argentinas: Pablo Ramos (La Paternal, 1966) ganó con su libro de cuentos Cuando lo peor haya pasado el Premio Fondo Nacional de las Artes 2003 y el Casa de las Américas 2004. En seguidilla publicó dos novelas donde la melancolía y la fuerza de los oprimidos para superarse son los protagonistas El origen de la tristeza (Alfaguara, 2004) y La ley de la ferocidad (Alfaguara, 2007). El otro nuevo gran autor que surgeAriel Bermani, que en 2003 su novela Leer y escribir será mención del Premio Clarín de ese año y luego editada en Interzona –este año ha sido traducida al hebreo-. En el 2006, Bermani ganará el Premio Emecé con Veneno, excelente novela que a la manera de una saga, retoma al protagonista de Leer y Escribir para ponerlo de testigo de las vicisitudes que atraviesa Veneno, habitante del Buenos Aires suburbano, un dilettante de las letras, un perdedor. Entre los recuerdos de Veneno y el Bolsa, aparece el inefable, magnífico y ominoso Mundial de Fútbol de 1978, cuyo 25 de junio (la novela Dos veces junio de Kohan hace referencia a este mundial), el equipo de Argentina ganó la Copa del Mundo.
También para Sergio Olguín el Mundial ’78 será motivo de recuerdo: una felicidad tan grande en medio de una masacre de personas. En la editorial Tusquets, él publicará Lanús (2002) y Filo (2003); al año siguiente lo hará en Norma con la novela juvenil El equipo de los sueños que recibió el Premio Destacados de ALIJA (Asociación Argentina de Literatura Infantil y Juvenil) en la categoría Novela. Lo mismo que Bermani, Sergio Olguín recurrirá al ambiente del suburbano bonaerense, para contar, en su caso, historias con tramas policiales –Filo tiene un final feliz casi de Disneylandia, sin embargo está espeluznantemente bien escrita- que profundizan en la psicología de los personajes. La impronta del Roberto Arlt está presente en estos dos autores, donde lo popular, el lenguaje coloquial y el realismo sucio son sus bastiones. Parafraseando a Sartre, podría aquí decirse: “No somos lo que los mayores hicieron con nosotros. Somos lo que nosotros hacemos con lo que los mayores nos hicieron”. El lema de toda esta generación.
Una generación traumatizada
Un trauma es un golpe que debe ser puesto en palabras, porque el golpeador o el golpe mismo tuvo la capacidad de anular el habla o la víctima aun no había accedido al lenguaje como herramienta para la defensa. El primer recurso que tiene el inconsciente y al que apela es el olvido, pero entonces es cuando pasan las peores cosas. Porque ese golpe, esa violencia, pide a gritos ser puesta en palabras y si esto no es posible, hará síntoma en el cuerpo. Este fue el mandato de todos los nacidos hasta 1970: sobrevivir la infancia peligrosa que les arruinaron los militares, sobrevivir el terror y vivir para contarlo. Es una generación de niños sobrevivientes que se hicieron adultos a los golpes y una literatura que se muerde las lágrimas y escribe con mano temblorosa. Una escritura que no se calla: Sergio Olguín y Pablo Ramos tienen lista su próxima novela, Eduardo Muslip dos libros de cuentos, Ariel Bermani cuatro novela inéditas y Martín Kohan debe tener ya en imprenta nuevas obras. Un país nuevo, con nuevos lectores, espera a leerlos.
Notas del artículo:
1.- La nota que me he puesto a escribir me compete personalmente. Decidí no citar aquí mi propio recorrido por pudor y respeto a mis cogeneracionales a quien respeto y guardo enorme cariño. Nací en Rosario, provincia de Santa Fe, en 1969. Mi primer cuento fue publicado en la Revista V de Vian, arriba mencionada. Publiqué libros para adultos y niños desde 1997 y en el año 2003 recibí el Premio Clarín de Novela. Las escritoras de mi generación son escasas y hay razones que lo explican, pero este tema quedará pendiente para otro artículo.
(Rosario, Argentina, 1969) Dramaturga y narradora. Publicó las novelas Causa y Efecto (Ed. Punto y Aparte, Madrid, 2008), Álbum de polaroids (La Fábrica 2008), Perdida en el momento (Alfaguara 2004) y Un fragmento de la vida de Irene S. (Colihue, 2004); y los libros de cuentos Rata Paseandera (Bajo la Luna Nueva, 1998) y Esta no es mi noche (Alfaguara, 2005). Actualmente vive en el barrio de Montserrat, Buenos Aires.