


Es difícil escribir una crítica cuando apenas se puede mencionar el argumento de una novela. En caso contrario, cualquier lector terminaría criticándome por desvelar el misterio de los primeros capítulos. También es cierto que sin conocer lo que luego se nos cuenta tampoco el principio llama especialmente la atención. Y creo que no soy el primero que anima a continuar leyendo para romper el escollo que supone ese inicio.
Pese a todo, voy a abstenerme de narrar el argumento para referirme indirectamente a él, pues es uno de los grandes meritos que tiene la novela. Es meritorio por dos motivos: como lectores nos va a parecer original. Muchas novelas son originales, prácticamente todas las que no nos suenan a campana rota. Pero pocas novelas lo son realmente. De prácticamente todas se puede encontrar su genealogía, influencia, eco u homenaje (o construcciones a la inversa, también). Sirva aquí la conocida frase del olvidado D'ors. Stradivarius Rex, por el contrario, es original en sí misma, de modo que podríamos pensar al leerla algo tan normal como "vaya, qué original, ¿cómo se le habrá ocurrido?". Pero no es una novela sólo ocurrente y con esto pasamos al siguiente motivo.
La originalidad del argumento es, además, para el crítico o para otro escritor, muy práctica. Un modo de resolver perfectamente la falta de unidad que puede tener una serie de relatos independientes. Lo asombroso es que esos relatos podrían leerse de forma autónoma sin ningún problema, pero su verdadero significado se entiende con su conjunto. Así, el argumento determina la disposición del texto de forma natural. Podríamos decir que posee una estructura segmentada, que queda muy posmoderno. Pero resulta que es la propia historia la que condiciona esa ordenación, por lo que no cae en la gran tentación actual de supeditar el relato al estilo.
Cada capítulo es un segmento de vida, una descripción profunda de numerosos seres humanos de lo más dispar que nos enseñan sus secretos con gran habilidad por parte del autor. Con estilo pulcro, sencillo, natural y directo, Román Piña nos desvela los secretos de numerosas vidas contemporáneas, tan distintas entre sí como puede ser un obrero de la construcción inglés de un cirujano neoyorkino con cada una con sus luchas, fobias, alegrías y temores; grandes experiencias vitales dibujadas con ágil lápiz y cuatro trazos certeros.
Otra característica la novela es el uso constante del humor. El autor se mueve con precisión por el ancho espectro de lo cómico: desde la sutil ironía hasta la parodia más rocambolesca. En este punto cada lector tiene que conocerse, pues sabido es que hay tantos tipos de humor como nacionalidades, y cada uno tiene su público. Particularmente no soy dado al grotesco humor hispánico, malhablado y visceral, pero es el que nos toca. La parodia contemporánea, de tipo político, también se practica a modo de columna de opinión —como ejemplo de hibridez entre los géneros, que también es muy posmo—, y ahí las referencias pueden quedar algo oscuras a un desconocedor del mundo político, en este caso, balear.
Se trata, y termino, de una novela que va a dejar indiferente a poca gente. Puede gustar o disgustar, pero nunca aburrirá. A mí me ha gustado.
(Madrid, 1978) Doctor en Filología Española por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Edición por la Universidad de Salamanca. Es profesor de Literatura en la Facultad de Humanidades de la Universidad CEU de Madrid. Ha sido editor y colaborador en varias editoriales españolas.