

La Imago es algo muy diferente a la idiotez. Son límites paradójicos. La idiotez es como la suma de las sandeces más extremas ante la Imago. La Imago es la suma de la inteligencia y la sensibilidad, de los puntos espaciales y el destiempo, y asimismo es el sentido de la ubicuidad; es todo el sentido energético de lo imaginario. La Imago, entonces, resplandece como esperanza de transformación; es la posibilidad de volver a retomar el camino que venía del origen; a que haya un paso real hacia Dios (o hacia el universo o hacia el centro de sí mismo si estos dos últimos ejemplos fueran ateos), aun cuando muchos seguirán pensando en sus dioses, pero serán todos la reconformación de un solo Dios (o de ese cosmos exterior o interior).
Ah, claro, para ello lo corpóreo tiene que regresar a su latencia en conexión con lo imaginario. Y la imaginación tendrá que volver a su movimiento positivo que la hace contactar con lo corpóreo. Entonces la imagen del poeta que somos otra vez será auténtica.
La Imago permite regresar de la oscuridad negativa mediante la experiencia, que está relacionada con el hecho de decir que conocimos la terrible soledad de la Nada. En la asimilación de esta larga y cruenta experiencia se encuentra la fuerza (paradoja al fin, la Nada nos da la fuerza), y esa fuerza de la experiencia tiene que ser comprendida y valorada como tal. Nuevas generaciones tendrán que luchar contra sí mismas, para no dejarse llevar otra vez, por imágenes virtuales, por luces ficticias que envuelven la verdadera oscuridad de esa vacuidad devoradora.
El cubano deberá crear entonces, con sus mil formas diferentes, la posibilidad de volverse a conectar con su centro, que es la imaginación en su juego perdurable con lo corpóreo (contexto, circunstancia y materia), y para ello, el cubano tiene que regresar a la poesía en su expresión más libre, vinculándose estrechamente con el mundo de las luces y las sombras, que van y vienen, que entran en lo corpóreo y entran en el espíritu, y forman el presente que no puede detenerse. Siempre ha de estar en movimiento perpetuo, que es cambio (por supuesto —en el caso de los creyentes— hasta su unión con Dios, que es movimiento y quietud al mismo tiempo y que, por ende, es ubicuidad).
Cuando el cubano alcance este estado de ser otra vez, empatará el ciclo roto de la espiral y su identidad empezará a avanzar de nuevo. El reino de lo real-imaginario es la naturaleza misma del cubano. El centro que siempre ha ejercido su fuerza centrípeta. Es el manantial del ámbar como fuerza transparente, netamente invisible pero sentida. Es el andar poético en el que la noche del trópico resplandece otra vez, y las ciudades, los montes y el mar de la Isla recuperan su imagen anterior, quizás idílica pero auténticamente zalamera, tierna, inteligente y apasionada a la vez, por la simple razón de que van a ser nuevamente valorados y disfrutados por quienes nunca han dejado de tener derecho a ellas.
En el trópico de la Imago la noche es fiesta. Es La Habana de Guillermo Cabrera Infante con su algarabía de danzas y música incesantes. Es la iluminación de los cabarets, las modelos, el ir y venir de los turistas, es la atmósfera de un sueño que sueña la noche entre bailes y risas, danzones y boleros, jazz y poesía; volverán las viejas voces y se conocerán las nuevas, y la ciudad de Santiago se inundará también de las presencias recordadas, de las vivas y las muertas. La nostalgia aquí es sana, porque es vitalidad sin soledad, con los visos de lo nuevo. La Imago es poesía y es una verdadera danza perpetua. Pero si la Imago es recuerdo, nostalgia, pasado, es también, y mucho más, el presente, el futuro y lo nuevo como mencioné: el cambio es algo intrínseco en este reino; no puede ser de otra manera, porque esta Imago (que podría ser análoga a la que se encuentra en el sistema poético de José Lezama Lima) es asimismo análoga al Aleph de Jorge Luis Borges, que contiene todas las imágenes y aun las que están por surgir.
A no dudar Lezama, uno de nuestros más preclaros poetas, supo abrir este camino y crear su sistema de la Gran Imagen; valorar y recomponer la fugaz eternidad de los poemas, en los que nos hace sentir el “éxtasis de lo invisible”. La poética, como sistema de imágenes, dando vida a nuestro mundo corpóreo-imaginario. Por lo que la imaginación se nutre de los hechos creando nuevas imágenes. Hay irradiaciones del mundo físico que se deshacen en corpúsculos que de inmediato se reintegran otra vez proyectando un camino diferente a los conocidos, porque los corpúsculos se cruzan en la visión del poeta. Y esto ya fue dicho alguna vez.
Lo interesante de la poética de Imago es que descubre que el mundo se encuentra en frecuente cambio, pero no es un simple cambio, sino que este llega a ser una mutación. Es cuando se sabe que el poema gráficamente yace como símbolo pero en su sentido cognoscitivo se fuga y vuelve, según las infinitas lecturas. Es la purísima contradicción de lo efímero y lo perenne, del instante y la fugacidad. Aquí, con Lezama, por medio de un cierto sentir casi metafísico, podemos acercarnos a una mística de la imagen final.
La Imago es el espacio-tiempo imaginativo que abarca en sus umbrales la posibilidad de bajar a la dimensión de lo físico como subir a la dimensión de la espiritualidad. La Imago —en mi criterio personal— se extiende, en su movimiento de ida y regreso, por los mundos imaginales, y en este sentido se convierte en la energía del ámbar, porque el ámbar es la Imago transformada en energía imaginaria.
Desde una perspectiva global, digamos, al cubano —a partir de 1959— como ser específico dentro de la generalidad humana, le pasó lo que a todo occidental, cuando la cultura, debido al cisma del cristianismo, perdió una enorme parte de su sensibilidad imaginaria, al desprenderse de valores de la civilización oriental2.
La pérdida de “saberes” imaginarios y espirituales trajo el predominio del mundo corpóreo, creando un vacío de potencialidad imaginativa en el ser pensante occidental. De ahí que cuando surgió la imagen de una supuesta gesta emancipadora, en todos los órdenes de la vida, la imaginería del cubano, por estar inmerso en la tradición occidental, llenó sus huecos con un sistema de imágenes que se contradecía con lo que sucedía en la realidad concreta; en otras palabras, las imágenes que se creaban en la mente de los cubanos eran falsas, espejismos que provenían de sus deseos y no de sus circunstancias económica, política y social. Si empezaron a darse los fusilamientos, los encarcelamientos indiscriminados, la tortura y un discurso de la violencia, la cerrazón y el totalitarismo, la imaginación en las mentes creaba una dimensión épica de lucha contra un aparente mundo viejo, lleno de asesinos y esbirros, de contrarrevolucionarios, de “gusanos”, un mundo anacrónico y malvado que había que superar y eliminar a toda costa. Y esto era la locura quijotesca de un pueblo, de no reconocer qué ni cómo la verdadera realidad circundante se estaba engendrando. Dicho de otra manera, el cubano se había cegado ante su circunstancia visible y le había dado paso a otro mundo pleno de egolatrías y fantasmagorías medievales, producto de un impresionismo mental. De este modo puede decirse que la Imago ya se había esfumado.
Ah, pero aun cuando pareció haberse ido, la Imago siempre tiene el recurso de aparecer otra vez, o de dejarse atrapar de nuevo. Es el reino del retorno, conseguido por la inflexión de una duda creativa. Y las primeras dudas que saltan después de tantos años de estancamiento son las que pretenden saber: “¿quiénes somos más allá de la materia?”; o si “¿más que carne somos espíritu?”; o es que “¿somos imágenes de algún dios?”; y es que entonces “¿podemos imaginar la libertad y la unidad?”. Y nos damos cuenta de que “libertad y unidad” son las palabras clave para que la Imago resurja. Al pronunciar “libertad y unidad”, al pensar “libertad y unidad”, al sentir “libertad y unidad” se abren las puertas, y el sendero se va cuesta arriba, hacia un lejano reino que se vislumbre en el horizonte. Y la primera verdad que surge es que la Imago se puede alcanzar, y en uno de sus niveles altos se encuentran los dioses y la poesía, y más allá, al final, en el mismísimo profundo cielo de la Imago, está la fe de Dios.
Notas del artículo:
1.- Este capítulo XVII, “La Imago”, pertenece a su libro inédito 1959. Cuba, el ser diverso y la Isla imaginada.
2.- Como ilustración de este fenómeno, cito de nuevo a la ensayista Ivette Fuentes en su trabajo ya mencionado [“Noticias de la Quimera: avisos de mística sufí en la poesía de Eliseo Diego”]:
“El gran cisma dentro del cristianismo, que permitió rupturas y conmociones que aún hoy siente y padece toda la cultura de occidente, trajo como resultado una grave escisión en el pensamiento universal con la consecuente pérdida de valores de la que derivó, entre otros desaciertos, el desgajamiento de los elementos de las civilizaciones orientales y de este modo la desvirtuación del significado real de la cultura apreciada como el gran cúmulo integral de sabiduría, conocimientos y modos de ser del hombre, en toda su dimensión. De superar su terrible suficiencia el hombre occidental, sus “saberes” —como perfecto poliedro— pudieran completarse con las aristas que la cultura oriental brinda para abismarse en recodos que hace tiempo olvidara, atendido más a los conocimientos permitidos por la “razón” y olvidado de introspectarse en sí mismo en busca de la voz de sus sentidos y, a través de estos, de su corazón”.
Escritor y periodista cubano. Graduado de licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana, en la Universidad de La Habana en 1979. Fue investigador literario del Centro de Investigaciones Literarias de la Casa de las Américas (1979-1989). Ha obtenido varios premios literarios, entre ellos, el Premio Nacional de Cuento del Concurso Luis Felipe Rodríguez de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) 1992. Trabajó como editor en la revista Contacto, Burbank, California, en 1994 y 1995. Desde 1996 y hasta 2008 fue editor de estilo (Copy Editor), editor de cambios (Shift Editor) y editor propiamente en el periódico La Opinión, de Los Ángeles, Estados Unidos.