

El lenguaje otorga el ser a las cosas dice Heidegger. Y el lenguaje que se vuelve a sí mismo para abrirse al límite donde ya no hay nada por decir, es la palabra, la escritura del silencio. ¿Pero qué queda por decir más allá del lenguaje, cuál palabra atraviesa el silencio para soportar el habla posible?
El límite del lenguaje es siempre un lenguaje del más allá de los límites. La escritura del silencio, entendida como aquella escritura que permite a todo signo inscribirse y mantenerse (Derrida), sostiene al nombre pero no puede quedar en los recintos de un nombre, en todo caso bordea el símbolo desde donde devienen los nombres a tomar concreción en el hablar; lo bordea para borrarlo puesto que ya no habría nada simbolizable; como la distancia infinita, como la aspiración de lo desconocido, me arrastra, me deja oír lo inaudible, revela la plenitud de la nostalgia.
Mas no es cualquier nostalgia, es nostalgia de algo que no tuvo lugar, es anterior a la historia, a la vivencia. No cabe recurrir a ella como un asidero de la memoria, como una reintegración del tiempo vivido al presente. Fue en lo que todavía no ha sido, lo que sin ser yo de algún modo está en mí como llamándome. De alguna manera aparece en el trasfondo del recordar, le marca, le penetra sin quedar en nada recordado; le precede como un lenguaje desconocido pero a la vez, extrañamente reconocido en la exigencia de la nostalgia, en la apertura del retorno, de aquel retorno que estaba antes del tiempo, y que, como poseyéndolo, oblitera el tiempo, por eso siempre y pese a todo, esa oscura memoria sin contenido preciso, aquello que “vendría desde el fondo de los tiempos sin haber sido dado jamás” (Blanchot).
Hay un terror sagrado en el pensar que atisba la palabra del silencio. Hay terror en la infinitud como substrato de la palabra, rebasa el concepto (el concepto es la creencia de la finitud para escapar de lo infinito), se abre a un “más” que no está en lugar alguno, no se liga a espacio o momento alguno. Aparece, ¿desaparece?, como lo imposible posible, anulación de toda expresión en la reserva de lo inevocable, en lo que exento de toda relación incorpora, sin embargo, la Relación.
La palabra del silencio se aboca a esa nostalgia que apunta a lo infinito, y en ello, desde el llamado que palpita como la reminiscencia de un olvido, siempre presente mas nunca presencia dada sino un evadirse de la presencia, es la renuncia a toda posesión por la perpetua apertura del decir a su silencio. Es, por tanto, un decir que no dice, una escritura que, aun cuando la proclame, no pose la presencia, al menos la presencia como presente deslizante en un movimiento: el tiempo. Cabe pues dudar de semejante escritura. En realidad es la duda en su última consecuencia, duda del saber metafísico, del texto, del pensar científico, de todo el lenguaje común, y también de la duda misma. Pero duda que de algún modo sabe ser esa develación irreducible a nada fuera de sí; una nada que habla de lo infinito o lo contrario: infinito que dice la nada, su aproximación al discurso sería siempre desde un no es, que, desde un así sea, alumbra el cuestionar que precede toda cuestión, deviene como la promesa de la presencia, como la constitución del sujeto que habla, del yo que ausculta la Promesa aun antes de cualquier prometer, de cualquier habla: ha comenzado antes de que se hable, antes aún de un antes.
Podría pensarse en una develación de lo divino, en algo así como una teología negativa, y sin duda son modos de un mismo lenguaje; un lenguaje allende al habla, un lenguaje de denegaciones. Pero sería lo divino que aparece en su ocultación. Allí donde el Decir encuentra su falta se revela la orfandad de la palabra y lo divino queda más bien como apelación, como designación que no puede dar repuesta precisa, aun cuando desde ella haya sido vislumbrada la Respuesta.
Se mantiene así fuera de todo nombre e instalación del nombre en los recintos del significado. Es la huella en que la promesa parece descansar, por donde el rastro de lo divino aparece como la estela del vacío y toda palabra, todo significar, todo sentido encuentra su eclosión. No puede reducirse sin equívocos en una divinidad, si bien desde ella la posibilidad de lo divino se hace actual y mantiene su historicidad, su diálogo con la Pregunta donde puede tener lugar; como el umbral que accede retrocediendo, accede al no lugar, y aunque este no lugar pueda ser el ser mismo, permanece como lo intraspasable, como el límite que zozobra y abandona todo haciendo retumbar el eco originario de lo divino y su ocultación. (Lo originario como limen, principio que nunca ha comenzado, actual desde que es sin darse en ente alguno, acaso sólo como traza que abre el acontecer a lo que es sin acontecimiento, por ello siempre ocultamiento que recela de toda muestra, vuelve insuficiente todo recurso discursivo.)
Espacio escabroso pues, el umbral se abre a un abismo que rehúsa la apropiación; espera, y desde ahí, desde la espera huérfana de toda garantía, mantiene su posibilidad fundadora, su rumbo sin camino, la orfandad del apropiarse cuando se remite a lo abismal donde aletea la escritura haciendo que el llamado retumbe como aquello que nunca puede quedar en el abrigo de una lengua, está más allá del lenguaje como continuidad, en todo caso aparece como donación de lo fragmentario que presupone lo infinito pero no lo asume. Algo viene, algo se aproxima, algo atraviesa el olvido, vigilando en lo siempre olvidado para sacudir a la memoria.
Cabría también pensar en un advenimiento de la Verdad desde que el lenguaje ha saltado las barreras de una dialéctica, borrado las ilusiones de una certeza dada en concepto o ente alguno, ha desbrozado el espacio de lo indecible donde podría aún inscribirse el Decir; pero esta verdad que se devela es justo la palabra del silencio, el desarreglo de la verdad. No puede pues valerse de una afirmación, aunque exija seguirle, es negación de lo apodíctico. Es el rumor que se retira del significado para dejar abierta la posibilidad del significar.
Es la transparencia de lo infinito en su radical oscuridad; es el pensar poético en la alegría que acarrea su propia tristeza. De regreso a lo no pensado, leyendo lo ilegible, en el rodeo que apartado de un presente lo asedia, hace visible lo invisible que se oculta y sin estar en un ahí, de alguna manera labra el ahí, asume lo impensable.
Por un lado la afirmación de un ser que se da desde mí y en el afuera, y como borrándolo, la privación de su presencia en una apertura que siempre difiere, siempre se mueve, despoja de un fondo donde el pensamiento puede quedar anclado, más bien queda como regresando a sí sin haber partido nunca. En realidad desarraiga todo regreso, toda trascendencia entendida como una superación del sujeto, o como una afirmación del sujeto en el concepto o el sistema, en una visibilidad. Es contorno que no se limita a sí mismo mas marca la Ley donde el sujeto se aferra a un sentido, se constituye como sentido. Es preciso pensarle antes de toda oposición, y como fundamentándola, inscrita en el juego de los significados inagotables, y a la vez fuera de él. Está como un exterior, como lo que permite la apertura del yo a su otredad, o más bien es aquello por lo cual lo exterior se me da, me relaciona con lo discontinuo, con ese abismo que es mi presente, que se presenta. El afuera es la no presencia que justo presenta, permite la relación, nombra la nada a pesar de que al dar lugar a los significados posibles trate de mantenerle apartada remitiendo a un ente, a lo asimilable en la designación, a la presencia como lo presente y no como lo que más allá, lo primario sin primacía, permite el pensar de la presencia.
Queda entonces la grandeza del silencio demoliendo el centro, el sistema, el acto que detiene el habla en la teoría, en el texto concluido.
Queda lo que desde la clausura inquiere el más allá, y en ese más allá, en ese pleno o vacío del lenguaje que profiere la palabra del silencio, continúa el decir a la búsqueda de lo indecible, la escritura que borra el sujeto para ser el espacio neutro del lenguaje modulando la conciencia entre el tiempo y la intemporalidad.
Se extiende por ello el habla hacía una mayor extensión del silencio. Más bien un más allá de la extensión que deshace toda superación de la frase en un discurso, convierte el silencio en cifra. ¿Más allá?, más allá está el desgarro de la unidad en el surgimiento, el camino donde desaparece el habla, el ser y el yo como centro de una conciencia pensante. Más allá..., más allá no hay sino el retorno, y al retornar se ha salido. El habla permanece en el mundo, pero el silencio que la sustenta le mueve a ese borde sin traspaso y sin nada fuera de sí, sin nada que vislumbrar mas llevando el secreto del lenguaje donde todo calla para que pueda hablar la Otredad. La palabra del silencio es entonces la otredad resonando en el vacío, en lo más recóndito de la interioridad, la ausencia donde se da todo; rasgo de una proximidad que se ausenta y ausentándose, sin asegurar, por el contrario, en lo que aparece como la esencial pobreza del lenguaje, adviene como el Anuncio; en lo imposible del extremo se apaga para dejar la luminiscencia postrera, en su oscuridad alumbra la huella donde la Poesía convoca sin que su convocar sea una contesta sino más bien una apelación que no privilegia a nada pensable; en el vaciarse del recuerdo frente a su plenitud, de cara a lo Otro, hace que un ethos brille pese y contra todo, brille en la inquietud del naufragio, en lo más profundo de la noche; traspasa los ruidos y murmullos de la conciencia y la inconsciencia; sabe de lo sagrado y de su terror; no se liga a ninguna razón, tampoco a lo irracional como una razón otra, como la no razón; denunciando toda afirmación anuncia lo absoluto, el habla que viene de los confines del ser protegida y acosada por la nada; es lo baldío, lo sin consecuencia, la grandeza de la indigencia.
Es posible, casi necesario, evocar una mística, ¿un no hablar que habla sin embargo? El mutis de lo verificable, la impropiedad de los límites. En la palabra del Silencio el habla ha entrado en el abismo de lo abismal donde lo infinito desgarra y sostiene la finitud. No responde pues, presenta la respuesta como la ausencia inmortal, se corre desde sí hacia una vacuidad que queriendo descansar en lo finito es un nuevo giro de lo infinito, un nuevo texto del silencio. No se deja asimilar en la simpleza de un momento, de un presente narrable, como que estando no está, remite siempre de vuelta, no pertenece a la experiencia, es entonces lo no narrable. Si bien este vínculo de lo no narrable con una actualidad, o mejor, este “espacio” fuera de narración, ubicado en un afuera, y a la vez, en la intimidad de lo interior, cabría como un anuncio de la mística, declina su entrega a ella. (En la mística la vivencia es lo inefable de la unidad que sostiene, el místico descansa en su aniquilación afirmante, en la unión sin fisuras.) Se trata, y de nuevo hay que poner la palabra entre comillas, de algo que nunca se conoce ni se da como restauración de la fractura, bajo cuya amenaza se torna posible la experiencia de la fascinación en general, de todo conocer, de lo que puede abrir la posibilidad de una mística aunque sin darla.
Podría ser en todo caso aquello que salvaguarda lo uno de todo atributo o solución en una armonía, evolución, perfección, etc. No puede reducirse a la unidad aun cuando persiga lo Uno, acecha en lo más recóndito del individuo sin concederle refugio en un hogar particular, aun cuando sea el hogar de todo refugiar; se revela como esa pertenencia que describe ser lo siempre perdido, y a la vez, se vuelve a lo que puede darle sustento, lo que le llama en lo profundo de la oscuridad. Seduce no obstante, es el oscuro trasfondo de toda seducción, muestra la sonrisa de lo desconocido, el no conocimiento inmemorial que lleva la memoria a su fin (un fin sin final); una memoria que recuerda algo que no pudo conocer: estaba antes del conocer, se cuela por las fisuras del yo en el vacío del ser. Pero estas fisuras son precisamente el domicilio de lo desguarnecido, son la palabra del silencio, y en ella toda expresión sufre su derrota en lo que nunca es ente, no es nada, y, sin embargo, como la conclusión de toda metáfora, sin poder abrigarse en el cobijo de una metáfora, si bien regresando siempre, como condenado, a una metáfora de metáforas, habla para salvaguardar la metáfora en la interioridad de su habla, en lo que le habla antes de toda interioridad, y que, solidario con la mística, sería como su negación.
Cabe también hablar del todo, ¿cabe el habla del todo? Todo de una pérdida quizás, en la palabra del silencio permanece la pérdida en su pureza, justo la pérdida de todo lo conocido, todo lo seguro. El habla que ha llegado a sus límites queda siempre de regreso en el fragmento, resbalando sin cesar hacia aquello que inmóvil se aproxima para no llegar. Aunque busque su sentido en el horizonte no tiene horizonte en el sentido, es como firmamento donde queda la apertura al extravío que arrastra en pos del pensamiento impensable.
Silencio parlante, muerte viviente; soledad de la develación cuando no hay un develarse sino la insinuación, el murmullo que se instala en esa fisura que permite toda habla, toda oposición, todo pensar y encuentro, y que a su vez no se piensa, no se habla, no se opone ni se encuentra.
Se dice pues por una necesidad ineludible y agónica, se dice sin que pueda decirse nada. Una pregunta que orada el sustento de toda interrogación; expone el silencio que soporta el habla; deshace, sin que se deshaga nada, la relación de la presencia, del tiempo como linealidad. ¿Acaso puede concebirse el tiempo de otro modo? No, por ello está fuera de relación, torna al dolor esencial porque es en él, o quizás su sonrisa, parece apuntar a la eternidad guardando su mudez primigenia.
Pregunta absurda desde otro lado. Ciertamente no pregunta nada, no responde nada, al menos nada positivo (la positiva seguridad de la ciencia, la trivialidad del habla común, el entretenimiento que se escucha en la cháchara del rumor). Decir de la pasividad, de un desfallecer ante ese silencio que habla pese a todo. He aquí la grandeza. ¿Y cómo legitimar la grandeza de semejante decir? Tal vez en la entrega a la espera que claudica para seguir esperando, para dar paso a la Obra por siempre inconclusa; riendo desde ese dolor primordial que vela en el llamado.
Compromiso, ¿fidelidad? La palabra del silencio renuncia a toda apropiación para mantenerse fiel a sí misma. Abre el camino al ser, aunque ya no puede quedar en el regazo de un ser, en la dirección de un caminar; no puede aspirar a la concordia del romanticismo, aun cuando los románticos lo hayan entrevisto, siquiera de un humanismo; tampoco los niega, los trastorna a la par que los invoca, los tacha acogiéndoles en sí, en el regazo de lo que permite articular todo discurso. Por eso cabe hablar de la huella, la apertura de la primera exterioridad en general, el vínculo enigmático del viviente con su otro y de un adentro con un afuera (Derrida). Cabría también hablar de cifra, la cifra es el habla de la huella desde y en el silencio. Mas, es menester precaverse de implicaciones demasiado simples, cifra que no es una clave, aun cuando puede traducirse como clave, y en cierto sentido sea justo la clave del Secreto, pero el secreto como lo siempre secreto, como lo posible imposible; cifra que precisamente desorienta, descentra todo sentido, sin abolirlo lo traspasa, como que lo suspende; llama a escena lo desconocido desde que lo hace actual sin revelarlo, sin que sea un soporte o una superficie sino más bien un repliegue, un movimiento que no mueve nada, un retorno que no vuelve a parte alguna aunque circunde todo retornar, todo movimiento, todo sentido para permitirles presencia. Pero a su vez no es presencia, ni puede darse nunca como una presencia, tampoco ocultar la presencia en algo que sería como una presencia más originaria; más bien la llama, le conduce a lo que espera siempre, aquello que desde siempre he esperado, aquello que me pide la Obra y que obra en mí sin integrarme a un sentido por su aspiración del Sentido que me exige serle fiel pese a todo. Cifra que no es símbolo aunque se me da como el símbolo desde donde puede el signo marcar un significado, como la ausencia donde el símbolo ya no simboliza, sino como extraviado en sí, como lo que acaece sin presentarse nunca, seduce todo signo, le succiona en sí, le transparenta en el vértigo de la oscuridad, en el cobijo donde la noche guarda y disipa la palabra en el silencio. Por eso cifra del silencio, o el silencio como cifra que designa un más allá de lo posible, un más allá que recusa toda posibilidad, toda actualidad, toda posesión. Y desde aquí, como evocación de lo inevocable, el silencio es voz del ser y a la vez, de la nada que salvaguarda la eternidad de su reducción en la mera durabilidad perpetua. Es la renuncia que gana la palabra para sostener la esencia del habla en la “esencialidad” más allá de una esencia dada. Y esa renuncia cifra todo discurso, o más exacto, desde la cifra el discurso atisba la huella como un espacio atravesado por la nada, en el agotamiento que se arrastra en pos de una espera, una vigilia que se sueña a sí misma.
Y si el silencio es la renuncia, ¿a qué renuncia la palabra del silencio? Precisamente a una expresión que pueda quedar en sí, a la apropiación de un sentido, a traicionar a la cifra en un habla concluida y concluyente. La renuncia se acoge a la escritura de lo impropio, la escritura como silencio.
Ganar la palabra para la esencia del habla, secreto de lo más próximo, lo desconocido del conocimiento. La palabra del silencio guarda el Secreto sin poseerlo, sin develarlo; proclama su ser secreto llevando incesantemente el habla a un silencio que vuelve al Decir sin decirse nunca, que en todo caso escribe.
Pero el límite que lleva el decir a su silencio es esa imposibilidad posible, es como aquello en que el silencio sería la plenitud, la inmolación del habla, la distancia irresoluble que a la vez une, la condición desde donde se aferra la palabra al Otro, donde el significado al cifrase en lo inefable alumbra el sentido, donde el absurdo se actualiza, y a la vez, como que llama de regreso al sentido. Susurra en la intimidad del pensamiento, en el trasfondo de la nostalgia, en la tragedia de ser, del lenguaje siempre inconcluso. Es la oscuridad de lo verdadero, lo que permite al secreto su ser secreto, y a la vez su habla, su develamiento que mostrando le oculta, le impide la asunción del descanso en cualquier seguridad, en cualquier trascendencia o absoluto que le cumplan en un momento final, en un fin de los tiempos o de la Historia. La cifra del silencio al desguarecer el secreto lo lleva al Otro, le sostiene diciendo que no hay nada en él, y en esa nada su seducción instala la tragedia del Decir, ese llanto que precede a todo llorar, a toda pérdida, que es como la estampa de la pérdida en el llamado al Encuentro.
Se afirma así la creencia en medio del silencio que pasa, que habla. Creencia atestiguada por lo que permanece increíble. “Si uno sólo creyese en lo que fuese creíble el concepto de creencia podría desaparecer” (Derrida). Creencia de lo indecible atravesada por la agonía que se conoce en el límite, desde la distancia que atestigua la inmediatez del abismo.
Anuncia pues la iluminación entrevista en el oscurecimiento, la que no se satisface en el significar del signo, de la frase, del texto; la que escribe por la contumaz insatisfacción de la carencia, de la inminencia sin arribo cuya proximidad disuelve el yo en la escritura donde oprime lo desconocido, vela lo indecible dispersando la voz en ese abismo que asedia desde la ausencia sin ausente. Gana una fe justo por la creencia de lo increíble, por el testimonio del espacio en que se revela el infinito sin relación, el tiempo despojado de presente en una singularidad dispersa en lo fragmentario, abierta a la pérdida del sujeto, a la tachadura del sentido.
Es la fe que relaciona la palabra con lo impresentable. Mas, ¿no concede la palabra el ser a la cosa, no es lo nombrable el modo en que se muestra el ser?
Concede desde un allí que no está en parte alguna, como un regreso al origen que no puede activarse en un presente dado, en un despertar a la presencia como lo presente sin fisuras, como la posibilidad que deja abierta la evidencia aunque no la posee, no se deja resumir en la densidad de un presente.
La palabra del silencio rebasa su apropiación, rebasa su propio rumor hablante hacia un infinito que apunta al sentido como ausencia, y a la vez, como creencia, como fe que vincula lo remoto con la proximidad inasible, mas buscada y proclamada en ese sentido sin sentido que nombra, que adentra el nombre en la oscuridad donde se salvaguarda el empuje del decir.
Un futuro que se recuerda, una memoria que advendrá. Marca como un desvarío de la unidad, como la insatisfacción que prosigue porque no le basta la caída en cualquier unidad dada, o porque, acaso sea mejor decirlo así, la unidad está rota en lo infinita sucesión que se aproxima como fragmentos de fragmentos, sin limitación, como continuidad discontinua, como lo que cerrado en sí, en la palabra que le nombra, se abre en una inmolación que no se completa sino respira en el interregno de la plenitud y la vacuidad. Y sin embargo, en ella no claudica el llamado de lo uno, por el contrario, quema como el fuego sin lumbre, como el don de lo innombrable; lo exige como el Riesgo, lo mantiene brillando en lo más recóndito de la noche sin bordes, allí, donde falta la frase, donde falta el aliento.
Parece pues un tropos del olvido, al mostrar olvida justo aquello que separa el ser de lo visto, la presencia de lo que le oculta. Es el desabrigo de la presencia que al desnudarla ya no le posee, le agrieta desde lo presente a ese sustento insostenible en presente. Es la superficie invisible que se oculta para develar toda visibilidad; lo que debe aún proseguir diciendo, aun cuando no haya nada por decir, lo que se borra al decirse y, constituyendo el discurso que protege la palabra de su extinción en el silencio, es la extinción de todo discurso en el rastro que habla, que me silencia para hacerme hablar.
No es posible sin embargo pensarle ni asumirle fuera del tiempo, fuera del sentido, cae siempre en ellos, aun cuando sea como un no tiempo de todo tiempo, eso que no es ya presente, por tanto presencia, sino les constituye, si bien está constitución sea a su vez una remisión al origen, una no constitución puesto que constituir presupone ya una presencia, un tiempo, un presente. Pero tampoco es posible ubicarle en una temporalidad entendida como un movimiento de la conciencia, como un suceder, aunque, como una derivación, el tiempo sea justo en ella.
Sería como lo más primario, sin que pueda hablarse de primacía; por ello, si cabe, sólo se traduce en una escritura que excede la presencia y la ausencia, y como que les mantiene, les articula, les excede sin que traspase nada, les cifra para, borrándose, dejar la estela que le habla en lo que falta, siempre falta, siempre espera y desespera sin que pueda quedar en un modo determinado del habla.
Queda pues velando el silencio, siempre vela; en su abrigo, como ese trazo de una marca sin marca, permanece el Secreto oculto y como “mostrado”, como revelado a la vez que guardado. Suspende el juego de los significados, y a la vez, ilumina todo signo y significado en la opacidad de lo infinito. Lo que es develado en la palabra del silencio al unir ya separa, y en la separación se guarda la lengua que habla el ser, habla callando, renuncia para mantener la creencia.
Desde ella se reconoce lo indeterminado como misión del decir en la caída. Cualquier determinación es ya caída, cualquier nombre una carencia del Nombre.
¿Qué se dice entonces en la palabra del silencio? Nada y todo, y en ello el decir aniquila y restituye sin que los términos puedan entenderse más que como aproximaciones siempre transitorias. En la cifra del silencio que torna a la palabra para sostenerla en su pureza, el regreso es un retorno que nunca vuelve, recuerdo de una impronta nunca dada ni poseída, un porvenir que se espera en el pasado inmemorial.
Desgarro del lenguaje que calla para hablar, dolor que separa en su anhelo de unidad, perpetuo dolor sin auxilio. No se puede apartar, tampoco alejar; es percepción de lo no percibido, eso que devela la presencia y su ausencia como lo no ausente, no presente, como absoluto fuera de cualquier absolutización.
La palabra del silencio rebasa el habla, mas, desde siempre, sostiene el hablar.
Cuba, 1971. Escritor. Ha obtenido diversos premios y menciones en concursos nacionales e internacionales: Hermanos Loynaz de narrativa 2008, La gaveta de cuentos 2002, 2003, IV coloquio Iberoamericano “En el jardín” sobre la obra de dulce María Loynaz, Farraluque de literatura erótica 1999, Cuentos de amor de Las Tunas 1998, etc. Textos suyos aparecen en diversas antologías y publicaciones nacionales e internacionales. Reside en Cienfuegos.