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To Emily Maguire, of course
For one of the betters gifts in my life
Era el mejor de los tiempos.
El nuevo siglo acababa de cumplir su primera década. Y, fuese o no verdad, al menos parecía que al fin había quedado definitivamente atrás aquella larga posguerra sin contienda que eufemísticamente se dio en llamar Período Especial. Ahora, aunque ninguno hablaba de eso, todos los cubanos consideraban terminada la dura etapa de simplemente sobrevivir, y salían a las calles, olvidando las penurias, para redescubrir la olvidada sonrisa, para vivir. De nuevo había de todo en las tiendas y todos querían comprarlo, usarlo, gozarlo, y así celebrar el final de los años tristes recuperando en diversiones sin límite el tiempo perdido. Los chistes y la música salpicaban el aire. Literatura, artes plásticas, cine y música eran una fiesta perpetua. Las mujeres eran más bellas y vestían mejor que nunca. Los hombres se sentían seguros y optimistas como no lo habían estado en años. Los gays disfrutaban la nueva tolerancia que les había abierto las puertas. Y los turistas de todas las latitudes acudían en manadas, ansiosos de sumarse a la gran fiesta derrochadora de ingenio y simpatía que era una vez más La Habana.
Era el peor de los tiempos.
Como a todo, incluso a la miseria, se acostumbra el ser humano, los cubanos habían acabado por aceptar tácitamente que el Período Especial había sido el de antes, cuando había de todo, y que la carestía de los últimos años era lo normal. Las vidrieras de las tiendas reventaban de productos… que sólo podían comprarse en divisas, a las que la mayoría no tenía acceso legal. Así que, olvidando las prohibiciones, todos salían a las calles, con una sonrisa sintética cosida al rostro, a buscar la moneda dura de una u otra manera. Las mujeres vendían su cuerpo, su simpatía, su hermosura, su juventud y su futuro. Los hombres, su virilidad, su sentido del humor, su talento musical, su pasado. Literatura, danza, cine, historia… nada era demasiado sagrado para no tener su precio; era un país entero en subasta al mejor postor. Y los postores foráneos de todos los sexos acudían a La Habana, encandilados por las promesas de turismo sexual barato, hospitalidad bed-and-breakfast y cariño tan bien fingido que parecía auténtico.
Era un tiempo de milagros y catástrofes, un tiempo de ángeles y monstruos.
Era el mejor de los tiempos. Era el peor de los tiempos.
Si Michael hubiese escrito esta historia, como pretendió alguna vez escribir tantas, quizás habría empezado así. Le encantaba Historia de dos ciudades y en general Dickens, no por gusto había leído todo lo suyo…
Bueno, Dickens, nos gustaba a los dos y ambos lo habíamos leído todo, para ser precisos.
Aunque el único que soñaba en serio con escribir era él. Sin haber terminado ni el pre, cuando llevábamos un año de novios lo aceptaron en el Curso de Técnicas Narrativas de Centro Onelio, y se puso supercontento. Yo también hubiera querido entrar, pero en la Unidad no me dieron permiso; ya se sabe lo que piensa el MININT de esas cosas de la cultura…
Claro que yo nunca he tenido mucha suerte con los deseos.
De chiquita, cuando en aquel cuartico del barrio portuario de Nuevitas me cansaba de leer, me daba por mirarme al espejo cagado de moscas y me veía tal y como era, larga, blanca y rubia con el pelo lacio y los ojos verdes, repetía una, diez, cien veces mi nombre “Eleanor O´Farrill”, como un conjuro, con los ojos húmedos.
Y soñaba con despertarme un día tan negra y pasúa, con un nombre tan lleno de “Ys” y un apellido tan normal como el de las mellizas Yamirys y Yamarys Echevarría, que se pasaban la vida burlándose de mí, diciéndome “muñequita Barbie”; “jirafita” ; “galleta de sal cruda” y otras lindezas por el estilo.
Otras veces me caían las dos a cocotazos sin piedad, con ese sonriente ensañamiento del que sólo son capaces las niñas, hasta que tenía que volver llorando a mi casa. Y allí mi madre, Silvia, una trigueñaza de esas que solo se dan en Camagüey, con unos ojazos verdes que todavía la piropean cuando sale a la calle, me daba otro coscorrón todavía más fuerte y me mandaba a fajarme con las gemelas: “como una mujer, coño, si son dos, coge un palo y reviéntalas, que en mi casa no quiero pendejas. Dios mío, qué castigo esta chiquita, parece retrasada, quién me mandaría a parirle a ese rubio blancuzo”
Al rubio blancuzo, o sea, mi padre, Arnold O´Farrill, un canadiense de ascendencia irlandesa, ingeniero en explotación del transporte marítimo, casi ni lo recuerdo. Vino al puerto a montar una terminal de embarque de azúcar a granel, conoció a mi madre, la preñó, se casaron y a los dos años su empresa lo destacó en otra ciudad X del tercer mundo. Así que, cubana, chao, fue bueno mientras duró, pero ahora, si te vi no me acuerdo…
Puede que esa fuera la verdad, o puede también que yo me lo inventara con tal de tener alguna historia. Porque mi madre no hablaba nunca mucho de él, ni para bien ni para mal. Luego, de mayor, he pensado que si alguna vez me escribió, ella me escondió sus cartas. Quizás haya sido mejor así.
Para abreviar; con tal de huirle al barrio, porque tampoco me podía pasar la vida entera metida en aquel cuartico leyendo cuanto libro me caía entre manos, terminando la secundaria entré en los Camilitos, aunque no me gustaba especialmente la vida militar.
Así que fue becada y con uniforme verde como me sorprendieron la pubertad, el estirón y mi destino.
Mi destino. Ja. Dicen que en Cuba nacer rubia y de ojos claros es tener el futuro asegurado. Cómo no. Sí, si yo hubiera sido una de esas rubias altas de ojos verdes y piernas laaaaargas que buscan para modelos de La Maison, seguroquemi historia sería muy distinta: a lo mejor hasta habría dejado de leer y nunca habría tenido que quemarme las pestañas, porque luciéndome en la pasarela hubiera conocido a un príncipe azul, y por supuesto extranjero, que me desposaría en un altar lleno de flores. Y ahora estaría en Barcelona, o en Amsterdam, quién sabe, con casa propia, carro y tal vez hasta yate…
Pura historia de portada de Hola ¿no?
Al principio todo parecía ir por buen camino. Estatura no me faltaba: ya en la adolescencia medía 1,85 m, sí. No por gusto, leyera o no leyera a toda hora, ninguna negra o mulata se atrevía conmigo en el albergue… a lo que supongo que también contribuían mis huesos grandes y una musculatura más de levantadora de pesas que de lectora.
Y resultó que, como si no bastara con aquella constitución de luchadora (heredada de mi padre… o al menos eso decía mi madre, bastante más menudita y sobre todo más femenina que yo) el paquete genético O´Farrill incluía además una cara larga, como de caballo, con mentón XL, que no la salvaban ni mis ojos verdes.
Total, que no era ni tan fea que metiera miedo, ni tan linda que pudiera vivir de eso: y además, definitivamente me faltaba el “it”: el encanto o la malicia que se necesita para modelar o al menos sacarle partido al cuerpo, como tantas féminas han sabido hacer por puro instinto desde el principio de los tiempos, cuando alguien dijo que toda mujer está sentada sobre su propia fortuna…
El caso es que, con tal de no volver al barrio y a la tortura envidiosa de las Ys, tras tres años de pre decidí coger Derecho, también por lo militar. Ayudó que se estudiara en La Habana. Más lejos de Nuevitas, solo en Extranjia, ese legendario país que para los cubanos está en todas partes… menos aquí en la isla, claro.
La clave para entender el Derecho era leer, que me gustaba, y memorizar, que siempre se me ha dado bien. Sin cien novios que me distrajeran ni me embarazaran para luego casarse conmigo y ponerme a cocinar en la casa, como les pasó a tantas de mis compañeras de carrera, no me fue difícil graduarme con honores: primer expediente del año, diploma de oro y todo. Mi madre vino de Camagüey y hasta derramó su lagrimita boba. Tenía una hija universitaria, ella que nunca pasó de cajera de bodega. Qué orgullo.
Hasta las Ys vinieron con ella: Yamarys y Yamirys, ambas con el pelo estirado, una con lentes de contacto verdes y con un español y la otra con lentes azules y del brazo de un italiano, las dos en son de paz, amiguísimas. Lo que son las cosas…
Lo malo fue que, como yo no era hija de papá ni mucho menos, no me tocó Derecho Militar Internacional, que era lo que yo quería, sino… “bueno, compañerita Licenciada, sus notas son impresionantes, pero la Revolución que la ha formado necesita de sus servicios en un área complicada. ¿Ha pensado alguna vez en convertirse en Investigadora Judicial?”
Y fue así cómo, apenas en el Servicio Social, fui a dar a nuestra gloriosa PNR.
Sí: policía, yo. Y oficial, como buena universitaria. Nada menos que subteniente. Quién me lo iba a decir ¿no? La rubia intelectual con el uniforme azul, convertida en esbirra…
Pensándolo bien, supongo que en la patria del machismo leninismo, a una abogada recién graduada pueden pasarle muchas cosas peores que ir a dar como investigadora a la Unidad de Criminalística.
El caso es que ahora mismo no se me ocurre ninguna.
Los primeros meses fueron una pesadilla total. Todos me trataban con esa insoportable condescendencia que reservan los varones latinos para los retrasados mentales, los niños, y las mujeres a las que tienen que aguantar en un puesto “de hombres”. Por ese mismo orden.
Pero estaba en La Habana. Me dieron un apartamentico, aunque fuera medio básico de la Unidad y estuviera en Alamar… y descubrí, para mi sorpresa, que el trabajo de ir reconstruyendo crímenes para descubrir culpables me gustaba… así que apreté los dientes y lo aguanté todo.
Y digo todo. Al baboso del mayor Cevedo, el jefe de la Unidad, que aprovechaba cada ocasión para echarme encima su vaho a tabaco barato y ron peleón (eso de que los policías no beben de servicio sólo es verdad en las películas, parece) llamándome “mi niñita” a pesar de que yo le sacaba sus buenos diez centímetros de estatura sin tacones. Por suerte nunca me tocó; no sé si todavía entonces habría podido contenerme…
La prepotencia cortés e hinchada de testosterona del sargento Triana, el instructor de Combate Cuerpo a Cuerpo, negrón de 1,96 m y casi 100 kilos de músculos, apartándome cada vez que iba a mostrar una llave “demasiado violenta para mujeres”.
La cara de escéptico de Luis Carlos, el mejor oficial investigador de la Unidad, un pelirrojo lleno de granos y feo como él solo, pero que se las sabía todas en la mala vida habanera y las que no se las inventaba, cada vez que le pedía estar presente en los interrogatorios de algún sospechoso.
El descarado acoso de Rebeca, la instructora de tiro, una mulatona marimacha cuadrada como un escaparate, capaz de colar una bala de su Makarov por el ojo de una aguja a treinta metros de distancia, y empeñada en que yo lo que tenía que probar era el calor de hembra.
Pero el caso es que aguanté, endurecí el pellejo y fui aprendiendo. Al cuarto mes ayudé a Luis Carlos en el famoso caso de las vacas que “se suicidaban” en la línea del tren de Hershey, y entre los dos sacamos a la luz tremenda red de matarifes ilegales. Al quinto, por expresa recomendación suya, me encomendaron mi primera investigación, en el reparto Siboney, con prostitución de menores y pornografía y todo, y la llevé hasta donde había que llevarla. Rodaron cabezas y me felicitaron de la mismísima Jefatura. Al octavo mes de trabajo, tras muchos trajines y presiones a los delatores, logré recuperar medio contenedor de AKMs que se habían robado en el puerto y estaban a punto de salir a la calle. Habría sido una catástrofe, imagínense… así que me ascendieron a primera teniente y me asignaron un Lada, viejo como el Morro, pero carro al fin, y sólo para mí...
Pero esta no es la historia de mi vida como policía, ni de mis casos, así que abrevio.
Al noveno mes conocí a Michael.
Tampoco fue como en las películas, que nos miráramos y de inmediato supiésemos que éramos el uno para el otro. Ni hablar.
Yo andaba enredada con un caso de drogas, así que cuando me dijeron que esa noche habían hecho redada en G y 23 decidí darme una vuelta por los calabozos a ver si alguno de los frikis sabía algo de un tal Ernesto el Mago; según decían, vendía lo mismo polvo que hierba que ketamina que la mismísima madre de los tomates, y yo pensaba que era la clave de una red de distribuidores…
Elegí tres o cuatro pelúos al azar, así, sin mirar, y pedí que me los fueran pasando.
Michael José Gómez, decía su carnet. Era un trigueño ni muy alto ni muy bajito, con el pelo por los hombros y tatuajes en los brazos… musculosos, por cierto: el tipo estaba bastante bien. El carnet lo tenía en regla y no tenía antecedentes penales, pero como ni estudiaba ni trabajaba, lo cargaron por si acaso, aunque la guitarra eléctrica que llevaba parecía respaldar lo que había dicho, que era músico.
Estaba muy tranquilo, por eso pensé que a lo mejor era viejo en el asunto y lo dejé para el final.
Fue mi error de la noche. El peluíto no sabía nada de drogas. Por raro que pareciera, ni siquiera bebía, ni fumaba. Vaya suerte la mía: buscando drogadictos fui a dar con el friki modelo; la mismísima excepción de la menstruación.
Pero no fue una total pérdida de tiempo, porque el chico me cayó simpático. Enseguida me hizo reír contándome de cómo cada vez que salía con una muchacha y pedían una cerveza y un refresco, siempre le ponían la cerveza a él, al abstemio. Y créanme que no es fácil sacarle la risa a una policía a las tres de la mañana, después de un día entero de trabajo. Pero él se lució: luego me soltó un chiste de Pepito en el infierno con la jarra de cerveza con un huequito y la rubia sin hueco, y yo me reí de nuevo. Así que pasó a nuevos chistes sobre rubias, y después sobre policías… para acabar preguntándome a qué hora yo terminaba esa noche y “si podría esperarla, primera tenienta, si no es mucho el atrevimiento…”
Yo estaba entonces saliendo con Luis Carlos, pero no era nada serio… su mujer no permitía que lo fuera, a él no le gustaba que lo vieran con una compañera de trabajo, y menos más alta, y además el pelirrojo tampoco me gustaba tanto.
Pero, como toda cubana, sé reconocer una buena satería cuando me la ponen delante, así que decidí seguirle la corriente al peluíto simpaticón. Me gustan los hombres a los que no amedrenta el uniforme… sobre todo si ellos mismos son civiles. Es más: me robé la iniciativa; le dije que tenía carro y que si quería la daba botella hasta su casa. Me respondió que, más que un placer, sería un solar.
Vivía en un cuartico alquilado en Centrohabana. Llevarlo allá fue mi acierto de la noche. Y luego todo fluyó así, normal natural, sin obstáculos ni alardes machistas, como si nos conociéramos de siempre. Nos besamos, nos quitamos la ropa, caímos en la cama… el paquete completo. Amanecí con él, enroscados como boas, y dos días más tarde ya lo tenía mudado conmigo en Alamar.
Luis Carlos, que ya entonces era más colega y amigo que amante, me criticó un poquito por haber sido tan rápida, pero creo que más bien eran recelos instintivos de macho desplazado. Y la verdad es que nunca me arrepentí.
¿Qué decir de Michael? Un joven como tantos de hoy. Hijo único, los padres se habían ido para los Estados Unidos. Un guitarrista fanático del metal que sin embargo se ganaba la vida tocando el tres como suplente en el conjunto sonero Salsa Habana, disfrazado con una guayabera y un sombrero de yarey para esconder la melena. Leía casi tanto como yo, cuando no estaba ensayando, tocando o haciendo ejercicios, y era pésimo cocinando, pero bueno a la hora de comerse cualquier cosa que cocinara yo. Que ya tiene su mérito.
¿Lo mejor? Aparte de su dulzura y su sentido del humor: que ni le molestaban los cinco centímetros de altura que yo le llevaba, ni era celoso como tantos hombres… ni nunca había contraído la “fiebre del tigre” esa especie de desesperación aguda por irse del país, a cualquier lugar, adónde sea con tal de que sea Extranjia, que afecta a miles de cubanos.
¿Lo peor? Dos cosas: que tenía un alma mercenaria. Generación sin fe, pero que no la perdió, sino que nunca la tuvo. No creía en nada ni en nadie. Era capaz de hacer prácticamente cualquier cosa con tal de ganarse unos cucs, unos dólares, unos euros o hasta unos rublos si no había más.
Y que, por más que leyera, nunca le gustó la ciencia ficción.
Mira que se burlaba de mí: “oye, rubia, una policía leyendo a Bradbury o a Asimov es tan absurda como un capitán de navío boliviano. A ver ¿todo eso de hiperespacio, robots, nanotecnología, ciborgs, túneles transdimensionales y mutaciones te sirve para algo en tu trabajo? ¿No, verdad? ¡Pues ponte a comer cáscaras, que el día que tus jefes se enteren te dan baja médica por psiquiatría, y a ver qué nos hacemos entonces! ¡No te veo sin casita ni carrito, y volviendo a Nuevitas a estas alturas del juego!”
Michael, ja, contradicción pura: por un lado tan pragmático y por el otro soñando despierto, medio en broma y medio en serio, con algún día escribir la Gran Novela del Período Especial “porque ya la de la Revolución está escrita, es Las iniciales de la tierra de Jesús Díaz, ahora me toca a mí meterle mano a la segunda parte, la novela de la post-Revolución. Pus-modernidad pura, irreverencia en bandeja. A ver ¿qué te parece Las iniciales hechas tierra como título, eh? Cualquier día de estos empiezo… ”
Y quejándose también de “tanto experimentador de pacotilla, siempre los mismos en los jurados, se premian unos a otros por el mérito dudoso de mezclar en sus retortas palabrejas rebuscadas, para ganar concursos con dosis calculadas de extrañamiento y angustia generacional. Angustia ni angustia… qué saben ellos de angustia bacilando con sus DVDs en sus casonas de Nuevo Vedado, angustia la de estar un viernes en el Malecón viendo pasar putas y más putas divinas y tú sin un peso en el bolsillo, no la de querer suicidarse con una katana de samurai ni con una granada de Angola, así, bien original, qué clase de mierda, allá el que se la crea”
Creo que justamente de eso estábamos hablando la noche en que todo comenzó.
Si es que no estoy loca como él dijo, y de veras comenzó alguna vez.
Un escritor de ciencia ficción de los tantos que nunca o apenas han sido publicados en Cuba y por eso mismo me encanta leer, como Kurt Vonnegut o Michael Moorcock, podría aprovechar esta coyuntura para colar la clásica reflexión sobre que en realidad nada comienza ni termina, que vivimos prisioneros de la lógica artificial de causa-efecto que nos hemos creado nosotros mismos, que en la naturaleza todo es cíclico o se desarrolla en procesos que ni siquiera imaginamos y cosas por el estilo.
Pero como cada vez que miro L Habana de estos días me resulta imposible olvidar que sí pasó ALGO, prefiero pensar que empezó ese día. Con aquello.
Era casi medianoche, sábado, principios de julio. Michael se había graduado esa misma mañana del curso del Centro Onelio. Y para celebrarlo, junto con nuestro segundo año de novios, después de la fiesta con sus compañeros de curso (un montón de snobs hijitos de papá, dijo él, y a mí me lo parecieron también, aunque no es fácil juzgar a la gente a la primera ojeada, y menos cuando una y ellos han bebido tanto) fuimos primero a comer a La Roca (sus pobres ahorros…) y luego (idea mía) a ver Speed Racer en el Yara, en la tanda de las diez. Buena película, por cierto, pero demasiado irreal.