


Natalia Levi nació en Palermo en 1916, pero pasó su infancia y juventud en Turín; vivió la mayor parte del tiempo en esta ciudad y en Roma, donde murió en 1991. En Turín conoció al que sería su primer marido, Leone Ginzburg, cerebro fundador de la editorial Enaudi asesinado en prisión por su antifascismo militante. De él tomó su apellido de escritora. Después trabajaría durante gran parte de su vida en esa misma editorial, mientras publicaba lo que ella llamaba novelas, obras de teatro y ensayos.
La mayor parte de los textos recogidos en estos Ensayos vieron la luz en revistas y periódicos entre 1968 y 1990. Otros eran inéditos hasta la publicación de “Nunca me preguntes” y “No podemos saberlo”, los dos libros recopilatorios que se editan ahora en España juntos, en excelente traducción de Flavia Company y Mercedes Corral respectivamente. Pero aunque el volumen se titule así, no se aprecia en Natalia Ginzburg ninguna pretensión de escribir “ensayos” si no es a la manera de Montaigne (textos para uso privado y doméstico que ordenen la confusión del propio pensamiento), pues pese a la publicación en su día de estos artículos-relatos, su escritura nace de la familiaridad, de lo íntimo, de lo pequeño y de lo humano. Hay comentarios de lecturas, crítica de cine, semblanzas de amigos desaparecidos (Pavese, Calvino), reflexiones sobre Dios, sobre temas de la época plenamente vigentes, sobre el papel público del intelectual (véase “Sin una mente política”), pero en todo hay un relato de vida que desmenuza el anclaje de la persona en la confusa realidad. Natalia Ginzburg es consciente de la incapacidad del hombre para rastrear e identificar la verdad, pero insiste con el impulso menos grandilocuente en abrir vías de comprensión a un mundo que “no tiene en su interior un lugar donde ser feliz o sentirse orgulloso”. Estamos por tanto ante una escritura de una esclarecedora rotundidad moral. Sin embargo, nada de lo que escribe Ginzburg suena rotundo; muy al contrario, la honestidad de esta mujer queda respaldada por la ironía, la sencillez y la humildad de su lenguaje. Podríamos decir incluso que en ella hallamos toda una poética de la humildad. Ya sea narrando pasajes de su propia infancia, recordándonos que “siempre hemos amado la sed y la fiebre, las búsquedas inquietas y los errores”, o argumentando la base emocional de su compromiso político, Natalia Ginzburg nos habla desde el conjunto de nuestros semejantes, asume la incompetencia y la debilidad ante lo complejo de la vida, y reconoce en la piedad el único juicio moral al que podemos abandonarnos sin cometer errores. Esa autenticidad, unida a la claridad de su prosa, hace que Natalia Ginzburg envejezca como una voz imprescindible dentro de la cultura italiana del siglo XX que, por otro lado, tan bien rastrea este luminoso, bello y necesario libro.
(Huelva, 1976) trabajó durante años como corrector y lector en la editorial Alfaguara. Actualmente es profesor de lengua castellana y literatura.