OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Agosto 2009. Antilde;o tres. Número nueve

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Datos de la revista, agosto 2009, año 3, número 09
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“Soy una mujer que no acepta la realidad”

 

por Regimio Ricardo Pavón

Vive en la ciudad de  Holguín, un sitio privilegiado por la poesía, pero ella ha sabido ganarse un lugar en ese ambiente literario con sus narraciones llenas de conflictos cotidianos, de subyacente violencia, de personajes en situaciones límites y contradicciones insalvables, de existencias anodinas y casi marginales.

Mariela Varona (Banes, Holguín, 21 de octubre de 1964), es ingeniera en control automatizado. Comenzó a publicar en la revista local Ámbito, luego sorprendió a todos cuando se alzó con el premio de La Gaceta de Cuba en el 2001 con el cuento “Anna Lidia Vega Serova lee un cuento erótico en el patio de un museo colonial”. Al siguiente año obtuvo el Premio David de Cuento con el libro Cable a tierra.

Ha sido alumna del Taller de Formación Literaria “Onelio Jorge Cardoso”; sus obras han aparecido en antologías nacionales y fuera del país. Todos estos acontecimientos han cambiado la vida de Mariela, de tal modo que ya no concibe la existencia sin el duro e indefenso acto de escribir.

 

Comencemos por el principio. Cómo influyó en ti el seno familiar, si tienes antecedentes familiares en el campo del arte. Cuéntame todo eso. ¿Cómo te iniciaste en la escritura?

Apenas puedo definirlo. Al principio escribí poemas cursis, como cualquier adolescente, y mi diario, que aún conservo (excepto algunos cuadernos) y retomo cada vez que siento esa necesidad. Mi primer texto narrativo era una versión modernizada de la Cenicienta, algo entre la película Flashdance y una novelita rosa. Siempre tuve que alternar mi correcta vida social con los demonios de la ficción. Era buena estudiante, pero cuando llegaba a casa me convertía en Tom Sawyer buscando el tesoro que debía estar enterrado en algún lugar del patio, o a los quince, en una marquesa que escribía cartas a pretendientes imaginarios, dándoles cita en la calle Pepinière del París del siglo XVIII. En mi infancia y adolescencia yo no vivía en Banes, sino entre el Mississippi y el Sena. Todavía releo a Dumas, Balzac y Twain casi con el mismo placer.

El vicio de la lectura es un “mal” de familia, mi padre leía hasta en la mesa y mi madre descuidaba sus tareas cuando se iba a la cama con el Conde de Montecristo. Mi hermano Amaury llenaba la casa de instrumentos musicales, tío Fello componía guarachas y tía Anarda gritaba, que no cantaba, cuanta canción se ponía de moda. Mi casa era un perpetuo aquelarre, pero todos vivíamos pendientes de las novedades literarias y musicales, a pesar de la escasez espartana en que transcurrieron los años 60 y 70. Cuando terminé el preuniversitario me dio por irme a estudiar Computación Digital en Hungría, pues me apasionaban por igual las ciencias exactas que las humanísticas. Aunque me arrepentí casi al momento de haberme ido (de hecho, regresé al año, sin comenzar la universidad), ese viaje no sólo me proporcionó la fascinación por un idioma increíble, sino la primera experiencia como yo-individuo donde se desprendió mi cordón umbilical para siempre.

 

¿Qué aportaron las vivencias de esa adolescente que de Banes se va a estudiar a Hungría, para el desarrollo de la futura escritora?

Simplemente fue mi entrada en el mundo real. Como si me hubiera caído de un nido. Choqué de golpe con los paradigmas conocidos sólo a través de la literatura: el hambre, la gran ciudad, la discriminación, las discotecas, los gitanos, la soledad, la nieve. Tantas cosas que me pasaron por primera vez como en un curso acelerado, una maestría de vivir la vida como contrapeso de los diecisiete años que pasara en las nubes. Lo que equivale, por las huellas que deja para la escritura, a un accidente de tránsito, una temprana orfandad o cualquier otro evento trascendente.

 

¿En qué momento presentiste que podías asumir la escritura con mayor rigor, o como un destino ineludible?

Hasta el otro día, como quien dice, estuve creyendo que sólo escribía para mí y mis amigos. Era inútil que mi persona más cercana me repitiese que yo había nacido para escribir. Fue ver mi primer cuento publicado (en el año 2000) lo que me dio ese estremecimiento que se compone de miedo, placer, orgullo y sentimiento de responsabilidad por lo que otros van a leer. En ese mismo año, el taller de narrativa “Onelio Jorge Cardoso” dirigido por el Chino Heras, le dio un vuelco a mi perspectiva de ingeniera, pues me di cuenta de que ése, el mundo de la literatura, era mi medio natural. No sólo porque estaba entre escritores y hablando de libros, ni por la oportunidad de escuchar en vivo a Senel Paz, Luisa Valenzuela, Maggie Mateo, Guillermo Rodríguez Rivera y otros; sino porque todos me tomaban en serio como escritora. También me puso en plano de igualdad con veintitantos muchachos que hablaban de literatura y también de concursos, así que perdí mi inocencia respecto a los premios y dejé de creer en muchos mitos.

 

Sé que los concursos no son el medio idóneo para cogerle el pulso a la literatura de un momento ni de un lugar. Pero el premio La Gaceta de Cuba es considerado un certamen importante para los escritores cubanos, sobre todo para ser conocido y tenido en cuenta. Cuéntame, qué significó este premio.

Considero a La Gaceta como una de las revistas más serias y estéticamente cuidadas de este país. El premio de cuento, además de lo atractivo de su dotación, estaba prestigiado por los tremendos narradores que lo habían ganado anteriormente. Solamente estar en una misma lista con los tres Alberto G (Guerra, Garrandés y Garrido) era para mí un sueño de realización muy improbable. Mandar un cuento a ese premio no entraba en mis planes, lo hice casi obligada por mi esposo y mis amigos. Creía que al menos valdría la pena que un jurado de altura leyese lo que escribo. Con eso me bastaba. Es el síndrome del guajiro inseguro, supongo. Cuando me dijeron que había ganado me entraron temblores, pues pensaba que era una equivocación. Me pasé días sin creerlo, esperando confirmarlo en el periódico o en algún sitio oficial. Todavía a la gente que me conoce le sigue importando más el hecho de que ganara mil dólares con un cuento lleno de malas palabras que el prestigio y el hecho legitimador del premio en sí, pero no importa. Yo gasté alegremente el dinero, pero el orgullo por haber ganado ese premio no se gasta.

 

De todas formas, el cuento premiado, “Anna Lidia Vega Serova lee un cuento erótico en el patio de un museo colonial”, ha dejado su huella en los lectores, por el modo imaginativo de asumir algunos tópicos tabúes en la literatura cubana, y el abordaje de ciertos términos (realizaciones lingüísticas) que expresan una contracultura presente en las nuevas generaciones.

El cuento es en realidad un gran divertimento, aunque en el fondo, como historia subterránea, contenga inquietudes mías que siempre trato de explotar. Parto de un hecho real, pues es cierto que en las Romerías de mayo del 2001 la Serova leyó un cuento muy picante en el patio de la Periquera y en el público estaban Eduardo Heras León, el trovador Frank Delgado, la gente más disímil que uno pueda suponer. Cuando empecé a escribir el cuento imaginaba la risa cómplice del Chino, y me daba placer escribir una especie de memoria del momento feliz que pasamos ese día. Por supuesto, luego el cuento se tuerce y va a parar a otro lado. Supongo que el boom de literatura erótica me dio el deseo de burlarme un poco de ella, de meter todo en un saco y revolverla a ver qué salía.

 

Transgredir parece ser tu forma más natural de expresión narrativa. “Matar a los padres” es una frase o manera de hablar de los escritores para referirse a la ruptura de una técnica o una ortodoxia. ¿Cómo surge esa forma de trabajar con el lenguaje popular (casi marginal ¿o marginal?) además de la estructura narrativa?

Pues… parece que siempre me ha atraído la marginalidad y molestado la mojigatería. Cuando empiezas a detestar las verdades oficiales, ésas que todo el mundo defiende en público y viola en la intimidad, es inevitable acercarse a mundos donde funcionan otros códigos. Y hay palabras que no pueden ser sustituidas por otras cuando están en boca de un personaje. ¿Te imaginas a un presidiario en plena bronca con su amante y diciéndole: Ahora márchate, que no quiero verte más? No, un presidiario tiene que gritar: Que te acabes de ir pa´ la pinga, so´ yegua! Será grosero, pero es el vocabulario habitual de un personaje como ése. Y si estás escribiendo sobre marginales y no quieres usar su lenguaje, estarías condenado a usar sólo la tercera persona omnisciente y eliminar por completo los diálogos. Cosa que también considero válida, y que yo misma he usado cuando no me interesa potenciar el lado íntimo de un personaje. Pero me resulta aburrido, prefiero definitivamente la primera persona. Y esto me obliga a asumir el personaje como si fuera una actriz, tengo que creérmelo de punta a cabo, y ahí dentro va incluido su lenguaje.

 

Por si fuera poco, al año siguiente de haber obtenido el premio de La Gaceta de Cuba, logras el premio David 2002 por el libro Cable a tierra. Hasta ese momento tú no tenías, por supuesto, ningún libro publicado, ni siquiera pensabas en publicar; cuando llega ese premio ¿cómo fue eso? Háblame del libro.

Yo tenía esos cuentos terminados y ya me sentía más o menos “escritora”. ¿Y quién ha visto una escritora sin libros publicados? Para publicar por primera vez hace falta ganar un premio, pues la otra opción es poner tu libro en la cola de la Riso de la editora provincial y esperar que le toque el turno a tu municipio. Pensé en el David porque es para inéditos, así que no tendría mucha competencia. No me imaginaba que hubiese tantos narradores inéditos pululando por todas las provincias. Pero en fin, tuve otro poco de suerte y por eso está mi libro Cable a tierra publicado en Ediciones Unión. Son cuentos escritos entre 1998 y 2001. El hecho de mezclar en un mismo cuaderno cuentos realistas y fantásticos no me hace feliz, pero ya no hay remedio, el libro está ahí.

 

Ya con Cable a tierra en proceso editorial, Ediciones Holguín reúne cuatro cuentos tuyos y los publica en un libro de 65 páginas bajo el título de El verano del diablo.

Ese es mi primer libro y el que más quiero. Tiene tres cuentos del libro Cable a tierra más el cuento de La Gaceta, que se hubiera quedado huérfano si no salía ahí. Lo considero coherente y conciso. No tiene erratas y las ilustraciones las hizo mi esposo, Ramón Legón, especialmente para mí, por eso me es tan querido. Michael H. Miranda hizo la selección de los cuentos y editó el libro con mucho cuidado; lástima que no pueda decir lo mismo del de Unión.

 

La mayoría de los personajes de tus cuentos son marginales o están rozando la marginalidad, y los sitúas en conflictos muy especiales. Si tenemos en cuenta que te desempeñas profesionalmente como ingeniera en Control Automático de una importante empresa, y sabiendo que por lo general se escriben historias a partir de lo que uno conoce y lleva a cuestas, se me despierta la curiosidad por saber, ¿de dónde extraes los temas?, ¿cuáles son tus motivaciones más frecuentes?, ¿cómo te llegan estas historias para contarlas finalmente?, ¿los personajes?

Es que he llevado muchas vidas paralelas por causa de mi afición a escuchar. Desde joven soy una especie de psicóloga a domicilio para muchas amistades. Mucha gente insiste en contarme una historia, a veces para pedirme consejo y otras para desahogarse simplemente. Y aunque nunca he escrito ninguna de las historias reales, esa cantidad de información se mezcla en mis cuentos adoptando formas distintas según se conecten unas con otras. Creo que lo predominante es el sentimiento, mi pasión por acercarme a lo que siente cualquiera en una situación de caos, o situación límite, y mis especulaciones sobre sus diversas maneras de salir de ellas.

También es cierto que mi vida, al estar siempre muy lejos de lo convencional, me ha dejado explorar mundos diferentes, que las personas “normales” rechazan y temen. No soy una mujer ordenada que se limita a soñar con mejoras en la casa y tener niños saludables y educados. Es más, eliminé a los hijos de mis proyectos desde muy joven, porque estoy segura de que no todos nacemos con la capacidad de ser padres. Yo, al menos, me siento una niña eterna, y me temo que en el asilo de ancianos seguiré negando mi adultez. De modo que he estado abierta a todo tipo de personas, lista para aceptar sus modos de ver la vida sin ningún gesto de incredulidad, indignación o repugnancia, y así he tenido el privilegio de escuchar voces auténticas, nunca oídas, y de darles voz en mis cuentos.

 

¿Cómo percibes la recepción de esas obras por parte del público lector? ¿No temes ser rechazada por esos temas?

La más difícil de mis lectores es mi madre, y ya ella aceptó la maldición de que su hija escriba cuentos “inaccrochables”, con la advertencia de que no los lea donde puedan oírme sus hermanas de logia…

 

¿Te sientes relacionada o vinculada a ese estilo que ahora aquí se denomina “realismo sucio”?.

Sí, indudablemente. Soy una consecuencia de mis congéneres, de la misma forma en que Charles Bukowski, el padre del realismo sucio, fue un epígono de los suyos, una consecuencia de la generación beat. El realismo sucio es una licencia, un permiso especial para escribir lo que te venga en ganas sin muchos miramientos formales, y te permite atender con más minuciosidad los detalles de argumento. Pero mi tendencia a mezclar lo real con lo fantástico me aleja un poco de esa corriente. Además de ciertos plumazos semilíricos o semipoéticos que se me escapan por aquí y por allá, aclaro que a mi pesar, y que rompen, según el profesor Lino Verdecia, mi carné de pertenencia al estilo de marras.

 

No obstante, tomando en cuenta el modo de expresar tu credo a través de tu irrepetible personalidad, me gustaría que hicieras un esfuerzo y definieras tu personalidad creadora (eso, exactamente una autodefinición).

Intentémoslo. Soy una mujer que acumuló tantas lecturas que terminó saturándose y empezó a devolverlas en forma de cuentos, pero mezcladas con los personajes que veía o creía ver en la realidad. Soy una lectora tan obsesiva que quise ver escritas determinadas historias y, como nadie las escribía, las tuve que escribir yo misma (Eliseo Diego). Soy una mujer que explora y se asombra constantemente con el mundo, y por eso inventa historias donde las cosas puedan tener un final. Soy una mujer que no acepta la realidad y por eso juega a inventar otras realidades, donde el destino de sus víctimas-personajes está totalmente en sus manos. Soy una mujer que quiso tener muchas vidas para vivirlas a la vez, y cuando supo que no se podía, inventó que era escritora para vivir las vidas de otros. Te puedes quedar con la que prefieras: todas son verdaderas.

 

¿Para ti qué es lo más importante a la hora de escribir y contar una historia?

Que yo crea en la historia. Si yo creo en ella y me conmueve, entonces es casi seguro que lograré transmitir a los lectores esa credibilidad, esa emoción. En otras palabras (de Alberto Guerra): si no hay “bomba” en el pecho del que escribe, la historia no servirá.

 

Por muchas rupturas y transgresiones que un escritor asuma en su búsqueda de un lenguaje propio, en la creación de un mundo narrativo, siempre tendrá sus dioses tutelares; nombres imprescindibles, obras que te hayan marcado, lecturas reveladoras, procesos, acontecimientos, gentes.

Sí, ahí están mis dioses tutelares, como tú los llamas: Sir James Frazer y Will Durant, Cortázar y Borges, Bradbury y Asimov, Szigmund Freud, Balzac y Flaubert, Salinger,  Dreiser y William Kennedy, Vargas Llosa y Octavio Paz, Wilde y Graves, Tanizaki y Mishima, o más recientemente, Michel Houellebecq y Roberto Bolaño. O libros que me han cambiado la vida en algún momento: El ángel azul de Heinrich Mann, El Maestro y Margarita de Bulgakov, La inmortalidad de Kundera, País de nieve de Kawabata, Las cosas de Georges Perec, El perfume de Patrick Süskind, Reflejos en un ojo dorado de Carson Mc Cullers, Lolita de Nabokov, Opus Nigrum de Marguerite Yourcenar, El bosque de la noche de Djuna Barnes…Son los que recuerdo en este momento, porque hay muchos más. Y están los que no leí a tiempo, los que encontré demasiado tarde. No imaginas cuánto siento haberme encontrado con Tolkien a los treinta años. Si lo hubiese leído desde niña creo que me habría marcado para siempre.

 

Y en medio de todo eso, ¿qué papel desempeña para tu creación el lado mundano de la vida o el aspecto extraordinario de algunos momentos de tu existencia?

Para escribir necesito paz, estabilidad y armonía conmigo misma. Saber que mi madre y el resto de la familia están bien. Y la música sigue siendo el mayor disfrute después de los libros. Pero lo que influye más directamente sobre mí no es mi entorno de trabajo, ni mis gatos, ni mis amigos: es Ramón Legón. No sólo por su brillantez intelectual y por haberse tomado el trabajo de buscarme buenas lecturas desde hace veinte años. Él es quien me defiende de y a la vez me conecta con el resto de las personas. Somos una entidad fuerte y única, donde nuestras individualidades no se han anulado, sino todo lo contrario. Vivir a su lado es un perpetuo estado de sobresalto, aventura y descubrimiento. Con él me han pasado las cosas más tremendas de mi vida, y ojalá el pozo no se seque nunca.

 

Vives en la ciudad de Holguín, un lugar donde abundan los poetas, no así los narradores, y mucho menos las narradoras. ¿Cómo te sientes o te hacen sentir en este ambiente holguinero? ¿Cómo es tu relación con los demás escritores?

Me siento como pez en el agua con ellos, pero es cierto que no hay muchos de mi generación. Casi todos mis amigos –poetas, narradores, artistas plásticos, músicos—son más jóvenes que yo. Los de mi edad se traumatizaron con el período especial, se fueron al extranjero, o tuvieron muchos hijos, o se obsesionaron por ganar dinero, o todo eso a la vez, y perdimos los intereses comunes. Ahora hay otros que se encargan de darme ese calorcito humano y amigo que tanta falta nos hace. Gabriel Pérez, Luis Felipe Rojas, Rubén Rodríguez, Luis Yuseff, Maribel Feliú, Michael H. Miranda, Pablo Guerra, Hugo e Irela. Muchachos talentosos y apasionados por la literatura; a todos los admiro como escritores y cuando les doy un texto para revisar hacen observaciones muy puntuales, de modo que el texto siempre regresa mejorado a mí. Es mucha suerte tenerlos cerca. Además hay otros que no viven en Holguín pero siempre me acompañan de alguna manera, y de ellos también recibo aliento intelectual y cariño: Alberto Guerra, Raúl Aguiar, Oneyda González, Julio César Guerrero, Manuel Toledo, Alfredo Zaldívar, Emerio Medina, Youre Merino y... tú mismo.

 

Sé que tienes concluida una novela.

Ay, mi novela… Terminé sólo la parte antigua, que se desarrolla en la Frigia del siglo VIII a.n.e., durante el reinado de Midas (quien luego sería mitificado por los griegos). El protagonista es un sacerdote castrado del culto de Cibeles que ama a un joven novicio –su discípulo--, el cual es escogido como Attis del año justo cuando está a punto de huir del templo con una muchacha. Las historias de estos personajes se mezclan con el ritual sangriento del festival de la diosa y con los planes de Midas para apoderarse del templo, en su estrategia de guerra contra los asirios.

Pero como mi proyecto es tan ambicioso, y quiero fundir esa historia con los personajes cubanos de la época actual, me he armado un lío que sólo podría resolver pidiendo un año sabático en la empresa y teniendo una computadora en casa. Si no escribo todos los días, no veo cómo solucionar el conflicto de la novela.

 

¿En qué empeños andas en estos momentos?

Pues, mientras lucho por terminar mi novela y empezar la próxima, que hace tiempo tengo ganas de escribir, me consuelo escribiendo mis cuentecitos de siempre. Ya tengo suficientes para un libro que podría llamarse Envidia de los pájaros.


Mariela Varona Roque

(Banes, Cuba, 1964) ha publicado los libros El verano del diablo (Editorial Holguín, 2003) y Cable a Tierra (Editorial Unión, 2003), y sus cuentos han aparecido en antologías publicadas en Brasil, España y Estados Unidos. Ha obtenido los premios David de Cuento, La Gaceta de Cuba y la Beca de Creación Caballo de Coral.

 

Regimio Ricardo Pavón

(Banes, 1954) Miembro de la UNEAC. Escritor, crítico de arte y literatura. Especialista de los Medios de Comunicación. Obtuvo el Premio Nacional de Periodismo Cultural en 1997. Trabajos suyos han aparecido en publicaciones periódicas como Ámbito, Diéresis, La luz, Quehacer y Letras Cubanas. Es coautor del libro Gastón Baquero: un recuerdo familiar, publicado en España.

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Sumario

Este Lunes

El revolucionario del siglo XXI

Jorge Eduardo Benavides

El cine cubano sale de viaje

Alfredo Antonio Fernández

El tango y Gardel en la obra de Gabriel García Márquez

Luciano Londoño

La imago

Manuel Gayol Mecías

La palabra del silencio. Notas sobre la escritura de los límites

Arturo González Dorado

«Mariconerías» de Estado: Mariela Castro, los homosexuales y la política cubana

Frances Negrón-Muntaner

Gastón Baquero: un recuerdo familiar

Remigio Ricardo Pavón

1967 y la infancia peligrosa

Patricia Suárez

Unos escriben

Sergio Ramírez

Otros miran

Daniel Mordzinski

OtroLunes conversa

con Antonio Álvarez Gil

“No escribo contra nada ni contra nadie”

con Jorge Majfud

“Calataid es el ejemplo descarnado del patriotismo…”

con Mariela Varona

“Soy una mujer que no acepta la realidad”

con Javier Sáez de Ibarra

“No sé si tengo un estilo, pero sí una intención”

con Ramón Cote Baraibar

“La memoria es como otro brazo, como otra pierna”

con Jon Lee Anderson

“No quiero, simplemente informar y/o entretener...”

con Ana María Shua y Teresa Andruetto

Escribir para comprender

Punto de mira

Cuba per se. Cartas de la diáspora

La isla y su cultura observada desde el exilio

Botón de muestra

Abilio Estévez, Carlos Victoria, Carlos Espinosa Domínguez, José Kozer, Eduardo Manet, Manuel Díaz Martínez, Nivaria Tejera, Pío Serrano, Uva De Aragón y Zoé Valdés

Cuarto de visita

Con la escritora hindú Sujata Bhatt

En la misma orilla

Hombre de negro

Carlos Manuel Torres Guerrero

El muchacho inglés

José Luis Muñoz

Brindis (Fragmento)

León Viera

Expreso Habana-Amstelven

Yoss

La marmita, de Poesía

La marmita. De poesía y poetas

Alberto García-Teresa

Poemas

Antonio Martínez I Ferrer

Poemas

Juana Vázquez Marín

Tres poemas inéditos

Dolan Mor

Kora, de Rogelio Guedea (reseña)

Ernesto García López

Noches de blanco papel, de Roger Wolfe (reseña)

Arturo Parrondo

De tu olor y mis miedos, de Mara Romero (reseña)

Alberto García-Teresa

Otras voces hispanas

A cargo de Luis Rafael

Guillermo Cabrera Infante. Un clásico de la literatura hispanoamericana

Rita Indiana Hernández y la alucinación de la modernidad

Roberto Fernández Retamar y su Caliban

Espido Freire y la rebeldía contra el silencio

Recycle

Cartas de Mijail Bulgakov a I. V Stalin

La generación extraviada

Ángel Santiesteban

De lunes a lunes

Premios de la XXII Semana Negra de Gijón, 2009

Premio Novelpol al prolífico escritor argentino Carlos Salem

La Academia Norteamericana de la Lengua España convoca al Premio 2010 de Novela

Biblioteca de OtroLunes

Librario

A cargo de Recaredo Veredas

Berlín es un cuento

Esther Andradi

El vendedor de pasados

José Eduardo Agualusa

Mirar el agua

Javier Sáez de Ibarra

Espejo de tres cuerpos

Odette Alonso Yodú

El canalla sentimental

Jaime Bayly

Heinz Luning and Nazi Espionage in Latin America: Hitler’s Man in Havana

Thomas D. Schoonover

Poeficcionario. Antología

Edgar Allan Poe

Elementos de Teoría Constitucional. Una propuesta para Cuba

Ricardo Manuel Rojas

Cristo del alma

Alfredo Pérez Alencar

Stradivarius Rex

Román Piña

El jardín de ajenjo

Francisco Balbuena

Ensayos

Natalia Ginzburg

Qué bueno baila usted

Faisel Iglesias

Ojos de agua

Domingo Villar

A cargo de Lorenzo Rodríguez

Los libros y los días

 

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