


Acabo de leer Cristo del alma, de Alfredo Pérez Alencar y la sensación que me ha quedado es la de sentir que me escarbaban el alma. Eso a mi entender es lo mejor del libro y es lo que deberíamos esperar de cualquier libro de poesía, sobre todo en estos tiempos de desasosiego calmado y colmado por terapias y espiritualidades de moda y a la carta.
Desde el propio título del poemario ya sabemos que estamos asistiendo a una lectura cuyo contenido descansa en una alta dosis de espiritualidad religiosa, sin embargo a mi entender el valor más notable de este abordaje que pudo quedarse en el testimonio íntimo y personalísimo del amor y la fe como tantos textos de loa y devoción es lograr que a todos nos pudiera interesar. Estos poemas son un altavoz del dolor y la incertidumbre del hombre vistas a través de la experiencia y los sentimientos de Cristo. No es a Dios a quien pone ante nuestros ojos, sino a Cristo, que es la gloria de ser hombre y a quien nos pide que lo veamos con los ojos del alma. Y de ese modo es que expone al hombre moderno a nuestro juicio.
Así detrás de cada palabra y verso que como un cristal refleja la imagen de una experiencia religiosa que conocemos por los textos sagrados, vemos cómo se van engastando las molduras de una realidad más actual y cercana a nuestras vidas, de tal modo que pareciera que los antiguos avatares de la existencia de Cristo fueran los nuestros o viceversa. Cristo es el hombre y en él mismo está su capacidad de redención, ya que el reino de los cielos primero es el reino de la tierra. Eso parece decirnos al dotar la experiencia religiosa de un enorme sustento en la realidad nuestra de todos los días.
Esa trasuntación o transmutación se produce en poemas de una sola estrofa de trece versos cada uno, menos el que cierra el libro, escritos en versículos que como sabemos tienen su origen en formas bíblicas, entre otras. El tono a veces narrativo en el que se entrecruza el discurso filosófico, que a veces puede parecer moralista como corresponde a la intención del poeta, alcanza cotas de verdadera belleza y actualidad al margen de la evocación religiosa en poemas como el “V”, en mi criterio uno de los mejores poemas y de los más actuales en los que se interpela a Dios. Es aquí cuando yo siento que Cristo del alma alcanza su mejor esplendor en el equilibrio entre la palabra y la evocación, y en la unidad entre la realidad y el deseo, como diría el otro.
Por otro lado, el libro está marcado por una actitud crítica y beligerante que nace de la amargura y la necesidad de Dios y su correlato de justicia y amor. Por ejemplo, en el poema “I” donde el asunto es la nueva Babel de un mundo emigrado, véase: “…El único visado debe ser el corazón que bombea nuestra fe/ junto al milagro de no sentirnos foráneos aunque la patria/ se atisbe en otra latitud…” También en “VI”, “La Palabra se avergüenza si no vamos/ con los pobres del tiempo sucesivo, con los que no tienen techo, (…) Las lágrimas de Jesucristo remojan nuestros titubeos y aléjanos de levaduras/ farisaicas:...”
Quien vaya buscando en la lectura la facilidad de una doctrina al uso en libros donde la dominante ideológica es preeminente, se equivoca. Este es un libro de poesía en la gran tradición poemática de la espiritualidad y de ahí su cercanía a nosotros con cuanto tiene de hermoso, contradictorio y miserable la vida de los hombres. A pesar del tono discursivo las imágenes y las metáforas se convierten en las grandes protagonistas como lo fueron en San Juan y Santa Teresa: “¡Oh Dios! El instante de la satisfacción,/ tan eterno como tu escondida fuente, donde voy abrevando” (“VIII”). Fíjese el lector como llama a Dios: “cocinero de la resurrección”, “Dios de este contracielo”, “Ojo azul de lo no visible”. (“IX”). Son muchos los hallazgos que no podemos permitirnos incluir en esta nota.
Cristo del alma es también la palabra del alma con la cual a menudo deseamos encontrarnos para que nos indague permitiéndonos reconocernos más adentro de nosotros mismos y los demás. Con ella la poesía está salvada de fariseos y otros congéneres. Este es un libro valiente, pleno de espiritualidad y belleza, de dolor y esperanza, diferente en la vaciedad que nos rodea y que merece leerse sabiendo que no nos dejará indiferentes.