

Cuando estuvieron los cinco cómodamente instalados entre el pullman y los dos butacones, en el agradable ambiente de aquel rincón habanero, Felo el gordo hizo una señal con la mano. El camarero, con la destreza y la amabilidad acostumbradas, avanzó hacia ellos con una bandeja y les sirvió las cervezas, bien frías como él había ordenado, en los respectivos vasos. Luego se retiró.
Sin que mediara palabra, Felo el gordo levantó su vaso y los demás chocaron cristales. Hubo un intercambio de miradas entre todos y un factor común: la tensión vivida en las últimas horas, cedía espacio a un profundo goce y una sensación de alivio, expresados en cinco sonrisas.
- ¡Ha sido el láguer más vacila’o de toda mi vida! – exclamó Felo, secándose la boca con el brazo, tras el último sorbo. Cada uno de los otros, a su manera, asintió. – No se preocupen por la cuenta, que ya yo la pagué. Les deseo buena suerte... y hasta más ver.
Se levantó y echó a andar, seguido por Rogelio, El Rojo. Sin prisa, Julio Alberto terminó su cerveza, mientras Conchita y Giselle dejaban las suyas por la mitad. Juntos se encaminaron hacia el elevador.
- ¡Qué raro! – pensó el camarero. – El gordo me pidió que les llevara las cervezas heladas tan pronto estuvieran los cinco; brindaron, se las tomaron en silencio y, con la misma, se largaron. – Se palpó el bolsillo, satisfecho por la propina de cinco dólares que aquel tipo le había dejado. - ¡Verdad que en el Opus Bar se ve cada cosa!
Un ser excepcional. Era la única manera en que a Mariel se le ocurría calificar a su abuela paterna. Carmen, la abuela materna, había fallecido antes de que ella naciera. Su mamá solía hablarle de Carmen, pero lo cierto era que no la había conocido. A Rita sí que la conoció, como nadie, o casi, porque ella le contaba que el abuelo, que no era de mucho hablar, nada más tenía que mirarla a los ojos para adivinar sus pensamientos y correr a complacer sus deseos. ¡Qué lindo un amor así, tan lleno de respeto, de detalles y de ternura! Como solía decirle Rita, hombres tiernos han existido siempre, pero como las excepciones que confirman la regla. Y el abuelo Isidro había sido un hombre sumamente tierno y delicado. No por gusto le dejó un vacío irrellenable al morir.
Entonces Marielita tenía cinco años y la abuela Rita, en su irreparable dolor, se aferró a ella. Por aquella época a Minerva, la mamá de Mariel, se le presentó la oportunidad de ir a la URSS a hacer el Doctorado en Ciencias Jurídicas y Rita le dijo a su nuera que no lo pensara dos veces, pues ella se podía encargar de la niña, lo cual la ayudaría a no pensar las veinticuatro horas en su viejo. El consejo de familia le dio el visto bueno al plan, pues Eric, el hijo de Rita y padre de Marielita, desempeñaba un cargo de mucha responsabilidad en la Dirección de Inteligencia e, incluso, con frecuencia debía viajar fuera de Cuba, sin fecha de regreso segura.
Eric Fernández era muy cubano en su desenvolvimiento, pero quien lo viera por primera vez suponía que era europeo. Su apariencia física - que le valió los motes de “Eric el Rojo” o, simplemente, “el colora’o” - sumada a una extraordinaria facilidad para las lenguas extranjeras, le resultaron muy útiles en su anónimo y a veces muy arriesgado trabajo. Fue su abuela, o sea, la bisabuela de Marielita, la que escogió el nombre para su nieto. Sinead, que así se llamaba, había nacido en Dublín, Irlanda. Allí vivió hasta los dieciocho años, en que se enamoró, a primera vista, de un simpático marinero cubano que cierta noche se apareció, junto a parte de la tripulación de un mercante hondureño, en la taberna del padre de Sinead, que no vio con buenos ojos que la quinta de sus hijos (cuatro hembras y tres varones) se fuera a probar fortuna con aquel desconocido, a una isla del Caribe que jamás había oído mencionar. Pero la muchacha hizo gala de la proverbial tozudez irlandesa y se fue a escondidas. De aquella unión, pronto convertida en matrimonio, nació Rita, pelirroja y pecosa como su madre, quien quiso que el nieto llevara al menos el nombre del bisabuelo, ya que el apellido O’Brady se perdería en la sucesión generacional.
Así las cosas, pese a tener todo el cariño y mucha atención de sus padres, Mariel creció junto a su abuela Rita, que fue moldeando la personalidad de la niña y proporcionándole todo el conocimiento que su gran inteligencia era capaz de asimilar. A diferencia de la mayoría de las niñas de su generación, a los diez años ya Marielita se desempeñaba con facilidad en cualquiera de los menesteres de un ama de casa y se entendía con su abuela, por igual, en español y en inglés. A Rita le había enseñado la lengua de Shakespeare su mamá, que afirmaba que un día aquel sería, sin discusión, el idioma internacional, mientras que el irlandés sólo se utilizaría en Irlanda y en algunas tabernas y bares de cualquier otra latitud.
Rita llevó a su nieta, desde muy pequeña, a una sencilla casita del barrio de Centro Habana, donde un viejo amigo japonés la instruyó, con suma paciencia y disciplina, en el dominio de diferentes artes marciales y de las filosofías del lejano oriente, con énfasis en el Aikido, en el que la niña alcanzó una precoz y sorprendente maestría. Pero Rita logró, asimismo, sembrar en Mariel su propia pasión por las artes, desde la música hasta la plástica, pasando por el ballet, el teatro y el cine. No había en La Habana una sala de teatro, de conciertos o un museo, que abuela y nieta no hubiesen visitado, por lo menos, en tres ocasiones. Y esa afición marcaría la futura orientación profesional de Mariel, pese a la resistencia de “Eric el Rojo”. Él había hecho todo lo humanamente posible por interesar a Marielita en el subyugante mundo de la Inteligencia y la Contrainteligencia, pero lo más que consiguió fue inculcarle la necesidad de tomar partido, desde el bien, contra el mal. Para frustración de su padre, Mariel no quiso entrar al complejo juego del espionaje y el contraespionaje, sino a otro que él y algunos de sus compañeros consideraban de menor rango: el de policías contra ladrones y criminales en general. Eso sí, a su manera. A punto de graduarse de la Licenciatura en Historia del Arte, consultó a Céspedes, un viejo colega y amigo entrañable de su padre, acerca de su interés en dedicarse profesionalmente al enfrentamiento al tráfico ilegal de obras de arte, al que Cuba no está inmune. El coronel le explicó que, teniendo en cuenta su brillante expediente docente, no resultaría difícil gestionar su incorporación como perita al Laboratorio Central de Criminalística, o como oficial a la Dirección de Operación e Instrucción Penal. No obstante, le sugirió postergar aquel paso y comenzar desde abajo, como oficial investigadora de la Policía, más complejo y exigente, pero que la dotaría de una importante experiencia, útil para su futuro profesional y para su crecimiento como ser humano. Mariel asumió el reto.
Llorente echó un vistazo y escogió una mesa. Por la posición en que se sentó, no pudo ver que uno de los dos gordos levantó una mano y le hizo una seña a Julio Alberto, el dueño del paladar“La Hoja de Parra”, pidiéndole la cuenta. Mientras un camarero se dirigía a atender al recién llegado, Julio Alberto fue, extrañado, a la mesa de los gordos.
- ¿Qué pasa, Felo? Ustedes normalmente se toman un montón de cervezas y hoy nada más van por dos cada uno.
- Sí, bárbaro. Tú sabes que de to’s los paladares y restoranes de La Habana, el tuyo es mi preferido, pero pa’ jamar y beber a gusto, yo necesito un paisaje despejado y “ecológico”... ¡y aquí acaba de llenarse de mierda el medio ambiente! – la frase la terminó con un gesto del mentón indicando en dirección a Llorente.
- ¿Ustedes lo conocen?
- ¡Tremendo mojón que te cayó en el jamo! – dijo Rogelio, El Rojo. – Nosotros lo mordemos bien, pero la historia te la contamos otro día. Si nos quedamos un minuto más, capaz de que nos desgraciemos la vida. ¡Quédate con el vuelto! – agregó mientras le entregaba un billete de diez dólares.
Sólo cuando Felo y El Rojo alcanzaban la puerta, Llorente los vio. Al reconocerlos sonrió y sus ojos brillaron. Julio Alberto, que limpiaba con un paño húmedo la mesa de los gordos, percibió el detalle. Su sobrino Julito le servía en ese instante una de las seis cervezas que consumiría en aquella primera visita a “La Hoja de Parra”.
- A ese señor lo voy a atender yo personalmente. – le explicó. – ¿No te ha ordenado todavía?
- No. Me preguntó qué saladito teníamos y me ordenó un entremés y otra cerveza.
- OK. Sírveselos y de paso le llevas la carta. Me avisas cuando quiera ordenar.
Desde diversos ángulos, mientras se ocupaba de diferentes tareas, Julio Alberto mantuvo a aquel hombre bajo observación. ¿Quién sería y qué les habría hecho a Felo y a Rogelio para que, apenas llegó, se hubieran ido como quien ha visto al diablo? Él sabía que los dos gordos andaban en un montón de negocios no muy lícitos, pero algo importante sería, cuando partieron raudos y veloces sólo media hora después de haber llegado. Normalmente ellos no se iban antes de tres horas, muchas cervezas y otras tantas raciones de saladitos, sin contar los platos fuertes, que siempre pedían “bien reforzados”.
Luego de la cuarta cerveza y el segundo entremés, Llorente hizo una seña. Julio Alberto acudió.
- ¿El señor quiere ordenar ya?
- Tú eres el dueño, ¿verdad?
- Sí, señor.
- Aquí en la carta veo muy buenos platos, pero ningún tipo de mariscos.
- No, señor... no nos está permitido ofertar mariscos.
- Pero seguro que por ahí, por la cocina, debe haber algún camaroncito y alguna langostica.
- No, señor. Los inspectores son muy estrictos en eso y quien anda con gasolina no debe jugar con candela.
- Mira – extrajo la billetera y de ella un carné, que le mostró brevemente. Julio Alberto no pudo precisar, pero sí se fijó en que la foto era en colores y el carné tenía el logotipo de una firma. Sólo alcanzó a leer “Gerente Comercial”. – yo no soy ni inspector ni policía, sino gerente de una firma. Entiendo que te cuides de los malos ojos, pero yo no represento peligro alguno para tu restaurante. Al contrario, estoy explorándolo para ver si cumple los requisitos de mis socios, que son muy exigentes en cuanto a los lugares que eligen para celebrar sus cenas de negocios. Si no sirves mariscos, estoy seguro de que no les va a interesar, lo cual sería una verdadera lástima, porque a mí sí me gusta “La Hoja de Parra”.
Julio Alberto dudó, recordando lo que le dijeron Felo y El Rojo. Su interlocutor se percató.
- Te garantizo que se trata de una potencial clientela de mucho nivel y un considerable poder adquisitivo.
- Bueno, si es así... sí, tenemos diferentes platos con mariscos. ¿Qué preferiría usted?
- Un buen coctelito de camarones y una langosta Thermidor, pero bueno, para empezar, tráeme un coctelito de camarones bien sabroso.
- Enseguida, señor. ¿Desea algún vino, o va a seguir con sus cervecitas?
- No, prefiero la cerveza, que está bien fría, como me gusta.
- Es que, dentro de nuestras posibilidades, nos gusta brindar el mejor servicio y que el cliente se vaya con ganas de volver a visitarnos.
- ¡Ya lo creo que voy a volver a visitarlos!
- Con su permiso, señor.
- ¡Ah! Y dile al muchacho que me traiga par de cajetillas de Marlboros.
- Sí, señor, enseguida.
Una hora después, Llorente terminaba de saborear su langosta Thermidor, que pidió acompañada de “una manifestación de papitas fritas”. Ordenó entonces helado de chocolate y un café expreso.
Cuando hubo terminado, Julio Alberto se le volvió a acercar.
- ¿Está satisfecho el señor?
- Muy satisfecho. Te felicito, porque tienes un cocinero de primera y un servicio muy esmerado.
- Muchas gracias, señor. ¿Le traigo la cuenta ya?
- ¿Cómo que la cuenta? – se pasó la mano derecha por los cabellos, alisándolos con un gesto de contrariedad. - Te expliqué que esta primera visita era exploratoria, para saber si el restaurante era digno de traer a mis socios. Se supone que esta primera cena sea una cortesía de la casa.
- Usted disculpe, señor, pero yo no lo conozco. Usted me enseñó un carné que apenas pude ver y le agradezco su intención de traer a sus socios, pero sólo en ese momento podrán contar, se lo aseguro, con una atención especial de la casa y una comisión, o descuento, como usted prefiera, de cinco dólares por cada comensal.
- Entonces, mi amigo, si esa es tu posición – dijo Llorente levantándose - considera que mi silencio acerca de tus mariscos ilegales, pagará lo que he consumido. Y si te ves tentado de llamar a la Policía, piensa, antes de hacerlo, que un escándalo te conviene menos a ti que a mí.
Mientras el hombre salía de “La Hoja de Parra” como Pedro por su casa, Julio Alberto sintió que una ola de fuego le subía por el cuerpo y una fuerte cefalea lo invadía. Los gordos se lo habían dicho y se supone que guerra avisada no mate soldados. Cuando le tomaron la presión arterial en el policlínico, el aparato marcó 240 con 180.
(nombre literario de Armando Andrés León Viera). (La Habana, 1962). Graduado de Licenciatura en Relaciones Internacionales, en el Instituto Superior de Relaciones Internacionales "Raúl Roa García". Fue uno de los animadores del histórico programa “Para Bailar”, considerado hasta hoy uno de los de mayor rating en la historia de la televisión cubana. Entre 1988 y 1993 trabajó como periodista, conductor y comentarista de los Servicios Informativos de la Televisión Cubana. Eventualmente desarrolló similares funciones en las emisoras Radio Ciudad de La Habana, Radio Progreso y Radio Rebelde. Ha escrito programas para las emisoras Radio Progreso y Radio Cadena Habana, y ha publicado artículos de política internacional en la revista Bohemia. También le han publicado entrevistas de interés cultural La Gaceta de Cuba y el Diario Claridad, de Puerto Rico. Su novela Brindis, que resultó finalista en el Concurso de Novela 2006, de la Editorial Plaza Mayor, de Puerto Rico, será publicada próximamente por la editorial francesa equi-librio, en edición bilingüe.