

“La escritora más grande de los baby-boom”, me dije al verla. Era Madrid, 1999, y transcurría el Primer Congreso de Nuevos Narradores Hispánicos, organizado por la editorial Lengua de Trapo y Casa de América. Aunque lo más esencial fuera la molestia que sentíamos todos por las etiquetas que cierta prensa había intentado ponernos, para clasificar a nuestra generación: “baby –boom”, “nietos del boom”, etc., y el hecho de que todos nos sabíamos muy diferentes: desde la altísima figura de basquetbolista de Rita Indiana Hernández hasta la imagen calmada y de genio literario de Jorge Volpi, casi un metro menor; diferencia que, llevada a términos literarios, mostraba un espectro que iba desde la imbricada propuesta lingüística de Rodrigo Fresán hasta la claridad meridianamente chilena de Alejandra Costamagna.
Lo dicho: Rita Indiana Hernández era la escritora más grande entre todos nosotros, dicho a la cubana, donde la palabra “grande” suele utilizarse para casi todo lo sobresaliente, en su caso, la estatura, que nos hacía quedar a muchos como verdaderos pigmeos. De ella sólo sabíamos que había nacido en Santo Domingo en 1977, que había escritos algunos buenos cuentos (aunque en realidad lo único que habíamos leído era aquel que Lengua de Trapo había incluído en la antología Líneas Aéreas, donde pretendía mostrar lo nuevo que había surgido en América Latina en esos últimos años. Hasta el momento en que escribo estas líneas, aquella cuentista ha publicado Rumiantes (cuentos, 1998), Ciencia succión (cuentos, 2002, traducido al inglés por Kunstenernes Hus de Oslo, Noruega en el 2003), y las novelas La estrategia de Chochueca (Isla Negra, 2003) y Papi (Vértigo, 2005).
Pero bastan esos pocos libros para que se le considere una voz fundamental en la actual narrativa dominicana, acompañando a los más conocidos Junot Díaz, Julia Álvarez, Ángela Hernández y Pedro Antonio Valdés (que confieso son los que más aportativos me parecen a las letras dominicanas desde que Juan Bosch se convirtiera en una de las cumbres del cuento latinoamericano).
Y es que Rita Indiana Hernández se ha colado por una rendija que pocos escritores de su país han descubierto en ese riquísimo grafiti de raíces múltiples que es la cultura dominicana: aquella rendija desde la cual un ojo performántico como el de esta narradora y poeta puede mirar su realidad apropiándose de esos submundos vivenciales (históricos y cotidianos) y de esas resonancias lingüísticas que conforman lo que algunos críticos denominan la “dominicanidad” (y que yo prefiero llamar “lo dominicano”), apropiándose al mismo tiempo de esas claves de modernidad y de esas señales de cosmopolitismo que convierten a sus cuentos y a sus novelas en algo, también, de connotaciones universales. Lees a Rita Indiana y descubres que estás leyendo historias de aires caribeños sin el más mínimo tinte provinciano. Lees, por poner un solo pero válido ejemplo, La estrategia de Chochueca y te das cuenta de esa historia tiene anclas en una realidad que sobrepasa el territorio de insular dominicano y llegas hasta las calles más latinas del Bronx, hasta los barrios de inmigrantes de París, Barcelona o Berlín. Lees sus cuentos y te choca en pleno rostro una carga de humor, desamor, rabia, sexo, miedo, frustración y muerte, en historias de una brevedad tan aplastante como alucinada.
Todos los críticos han apuntado en sus obras la conjunción de tres grandes aportes de Rita Indiana Hernández, en relación con otros narradores dominicanos: la adquisición precisa y juguetona de un lenguaje juvenil de clara rebeldía popular, la estratificación de sus historias a manera de espejo que refleja fielmente la violencia urbana y la escenificación de la depauperación moral y social de República Dominicana. Yo agregaría que, tal vez sin proponérselo, esta narradora deja detrás el tradicionalismo, el ruralismo, e incluso ciertas modas del urbanismo que impregnan el cuento dominicano actual mediante la mixturización del estilo en un punto de mira muy distintivo que a veces adquiere el carácter de un estudio sociológico y otras, el de una (re)creación testimonial de una generación de dominicanos que no suele aparecer en la publicidad, en los programas políticos y en la mitología de esa “dominicanidad” de la que hablábamos antes.
Si puedo aceptar que en la narrativa de Rita Indiana Hernández hay luces y sombras que nos hacen pensar en la huella dejada por Borroughs, Kerouac, y algunos otros creadores de la Beat Generation, es preciso, entonces, que hable de que, más que influjo, más que marcas literarias, debiera analizarse la atomización de esa poética de vida en la vida cotidiana de la juventud latinoamericana. Sólo entonces podremos entender que tal vez no se trate de influencias y asimilaciones (válido mecanismo de crecimiento artístico, por cierto), sino de un resultado de esos cambios históricos y sociales (globalizados o no) que estamos viendo en América Latina y otras partes del mundo. Al respecto, en la cuentística y la novelística de esta dominicana hay un retrato descarnado de nuestros ambientes sórdidos, en franca decadencia, mediante el más natural de los lenguajes que utilizamos: el lenguaje crudo, soez, decadente.
Rita Indiana Hernández, lo creo, ha sabido marcar, letras e historias mediante, una diferencia que le permite estar en la cima de la mejor literatura dominicana de los últimos veinte años.