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Cuando regresé al comedor, a retirar las mesas, la mujer ya no estaba. No la volví a ver hasta la hora de cenar.
Aquella noche el matrimonio hizo una consumición excepcional tras terminar el postre. El marido me hizo una seña. Parecía muy contento, en realidad estaba eufórico, y eso aun me desconcertaba más. Su voz, por una vez, no tenía ese tono hosco característico, sino que era jovial.
- Sírvanos una botella de champaña.
- ¿Qué marca quieren los señores?
- Francés. El que sea – luego rectificó -. El más caro que tengan.
Por primera vez los oí hablar. Por primera vez le vi a él coger entre las suyas la mano de ella y apretarla con dulzura. Aparté la vista, confundido, celoso y sin entender nada de aquel cambio repentino.
No bajaron a desayunar a la mañana siguiente. Esperé que lo hicieran en el último momento. Quizá la botella extra de champaña francés les había alargado el sueño. Pero dieron las once y no se presentaron. Retiramos las mesas del desayuno. Fui a servir cafés al claustro. Puede que se hubieran rezagado y estuvieran allí. Ni rastro. Me crucé con Covadonga, que iba cargada con una bandeja de bollería con destino a la cafetería del bar.
- No los busques – me dijo con misterio.
- ¿Por qué?
- Porque marcharon.
- ¿Cuándo? – casi chillé.
- No lo sé. Yo no estaba en recepción.
Fui hasta la recepción. Estaba Merche, una cántabra más íbera que celta que me detestaba sin que supiera exactamente por qué. Quizá porque coqueteaba abiertamente con Covadonga y a ella no le decía nada. Quizá porque odiaba a los de Babia.
- ¿Cuándo ha marchado ese matrimonio?
Levantó los ojos del mostrador, me miró a través de sus gafas con cierta impertinencia.
- ¿De qué matrimonio hablas?
- De uno de mediana edad. Él cincuenta y cinco, ella cuarenta y cinco, elegantes, con un todoterreno verde, que llevaban cuatro días....
- ¿Esos? Se fueron antes de las ocho. Al parecer tenían prisa.
Permanecí el resto del día desolado. Serví la comida todavía con la esperanza de verlos entrar en el comedor. Lo mismo hice durante la cena, en vano. El maître, don Gonzalo, me llamó en un aparte.
- ¿Qué cojones te pasa, Tomás? – me preguntó mientras ponía su mano sobre mi hombro - ¿Estás en Babia o en un funeral?
- Perdone. No me encuentro bien.
- Parece que te duela el hígado, chico. ¡Cambia esa cara!
Tampoco vi al inglés. Ni en el bar – la mesa que solía ocupar estaba vacía -, ni en los jardines, ni en el salón viendo el televisor. Abordé a Covadonga, que estaba en recepción de nuevo.
- ¿Y el chico inglés? ¿Se ha ido también?
- ¿Ése? No, que yo sepa. Ni ha regresado – dijo mirando hacia el casillero -. La llave no está aquí.
Al día siguiente el muchacho inglés tampoco apareció. No bajó a desayunar, ni a comer, ni a cenar, ni se dejó caer por el bar. Le pedí la llave maestra de la habitación a Covadonga.
- ¿Qué vas a hacer?
- Cerciorarme de que no ha huido dejando la cuenta pendiente. ¿Llegó con su coche al hotel?
- No, creo que llegó en autobús. No tiene aspecto de tener coche. Ése es de los que se desplazan haciendo autostop.
Me acompañó Covadonga a la habitación. Me seguía, jadeando. Yo subí las escaleras de la segunda planta de dos en dos.
- Estás loco, completamente loco – me decía.-. Esa mujer te ha enloquecido.
Abrí la puerta tras llamar dos veces y no obtener respuesta. Entramos, a pesar del visible letrero de “No molesten” colgado del tirador. La habitación estaba vacía; la cama, hecha; el lavabo, impoluto. Abrimos el armario. Tenía la ropa colgada de las perchas, la maleta cerrada, una cámara de fotos, unos carretes gastados al lado. Los cogí sin que lo advirtiera Covadonga y me los metí en el bolsillo del pantalón.
- No lo entiendo – decía ella mientras recorría la habitación -. ¿Dónde estará ese muchacho? ¿Y si se ha perdido por la montaña? ¿No deberíamos dar aviso a la Guardia Civil?
- Ya saldrá – dije yo.
Sabía que era cuestión de tiempo, simplemente tiempo. Dos días más tarde su cadáver pasó flotando por debajo del puntiagudo arco del puente de Cangas de Onís y quedó varado en la orilla. Unos niños que estaban jugando lo descubrieron. La Guardia Civil lo sacó del río. Aparentemente era un accidente típico de excursionista que no hace caso a los partes meteorológicos y se aventura por la montaña sin ropa, calzado adecuado ni mapas. Presentaba, según leí en los periódicos, un fuerte golpe en la sien, producido durante la caída al río. Quizá había permanecido varios días enredado entre los hierbajos del curso alto antes de que una avenida de agua lo arrastrara hasta Cangas.
Al hotel vinieron un par de inspectores de la policía. Pura rutina. Hablaron con Covadonga, con Merche, con el maître don Gonzalo, con la directora y conmigo. Estaban en el despacho de la directora cuando entré para contestar a sus preguntas.
- Sólo es un minuto para descartar cualquier cosa sobre ese pobre muchacho – me dijo uno de ellos, que llevaba un poblado bigote y que a pesar de que tenía tos bronquial no se desprendía de un cigarrillo que llevaba prendido a la boca -. ¿Estaba solo ese chico?
- Sí. Vino solo al hotel. Me parece que llegó en un coche de línea.
- ¿Se relacionó con algún huésped mientras permaneció hospedado? ¿Fue con alguien de excursión?
- No, que yo sepa.
- Sus compañeros nos han dicho que a veces se sentaba con un matrimonio de mediana edad.
- Sí, cierto, no me acordaba – dije, con énfasis fingido, golpeándome con la mano la frente -. Entablaron cierta relación. Coincidieron un día para cenar.
- ¿Cuándo lo vio por última vez?
- Creo que fue hace tres días – aventuré.
- ¿Estaba desayunando? ¿Comiendo? ¿Qué hacía?
- No, enfilaba la salida del hotel.
- ¿Solo?
- Sí, se iba andando. Quizá fuera a coger un autobús de línea que para en el pueblo de al lado y va al Parque Nacional de Covadonga.
- Hace tres días descargó una buena tormenta. ¿Y él se iba de excursión, por su propio pie?
- En aquel momento había dejado de llover.
- Estos extranjeros están locos. Se meten en la montaña sin informarse de los peligros que entraña – le dijo el del bigote a su compañero.
- Bueno – dijo el otro, levantándose y mirándome -. Gracias. Eso es todo – y a su compañero – Habrá que avisar a su familia y repatriarlo. ¡Vaya palo volver muerto de las vacaciones!
- ¿Cómo se llamaba? – les pregunté, volviéndome, cuando ya abría la puerta para salir.
Me miraron con extrañeza. Se miraron entre sí.
- ¿Por qué lo quiere saber?
- Lo he estado tratando todos estos días, sirviéndole el desayuno y la cena, y me duele no saber ni siquiera el nombre de ese pobre chico.
- Malcom. Se llama Malcom. Bueno, se llamaba.
Revelé los carretes de Malcom dos semanas más tarde. Me encerré con las fotos en mi cuarto y cerré la puerta con llave. Estaba preso de agitación, tenso, las manos me sudaban. Había paisajes, vacas, ríos, casas de campo, arcos románicos, capiteles, hórreos, montículos de paja. Y ella. Siete fotos de ella. Siete hermosas instantáneas. Dos eran primeros planos de su rostro sonriente, adorable y feliz. Había quedado muy bien, era indudablemente fotogénica, como una actriz de película de los años cincuenta en blanco y negro. ¿Lauren Bacall o Jean Simons? Las otras cinco eran retratos de cuerpo entero, disparadas en la habitación del hotel; en tres de ellas vestida, en las otras dos, desnuda. Las acaricié suavemente con el índice. Tenía un bonito cuerpo, tal como me lo imaginaba. Acerqué mis labios. La besé. Estuve con ella hasta la hora de servir la cena.
Los huéspedes habían cambiado. Los hoteles tienen una gran rotación. No conocía a ninguno de los recién llegados. Caras extrañas. Muchos niños, algunos maleducados por sus padres, tirándose migas de pan, como si estuvieran en el comedor del colegio.
- Tomás – me dijo el maître don Gonzalo -. Encárgate de esa mesa.
Doblé la servilleta blanca sobre la manga del esmoquin negro. Me acerqué. Hice una pequeña reverencia mientras les daba la bienvenida al hotel. Me fijé en él. Era, sin duda, bastante mayor que ella. Y en la mujer, que no era muy guapa, cierto, pero sí muy joven. Quizá fuera su hija. Pero no podía serlo tal cómo él la miraba.
- ¿Qué nos recomienda?
- El panaché de verduras está exquisito, señor. Y las costillitas de cabrito rebozadas son muy tiernas.
- Bueno – dudó -. Seguiremos leyendo la carta. Lo que sí tenemos claro es el vino: un Yllera. El 2001 es una buena añada.
Cuando volví a la mesa para servir el vino, él tenía entre las suyas las manos de ella y hablaba de ciertas intimidades. Oí que él le decía que estaba ansioso por subir a la habitación y ver que tal le sentaba un salto de cama rojo que le había comprado. La miré: forzosamente tenía que sentarle bien, porque era joven, y a esa edad, a una mujer, cualquier prenda le cae a la perfección. Vi como a la muchacha se le subían los colores al verme, desde el cuello a las mejillas, como éstas parecían estar a punto de estallar.
- Fernando, por favor, que te oye el camarero.
- No existen, querida Ángela. Sólo están para llenarnos las copas, para traernos los platos. No existen.
*"El muchacho inglés" resultó finalista del Premio Paradores de Turismo del año 2000 y fue publicado, posteriormente, como relato integrante del volumen de cuentos Viajeros de sí mismos (Brosquil, 2006), en su colección Sin Horizontes, que recibió el II Premio Internacional de Literatura de Viajes Ciutat de Benicássim.
(Salamanca, 1951) Estudió Románicas en la Universidad de Barcelona y está considerado como uno de los más genuinos representantes de la novela negra española (Barcelona negra, El cadáver bajo el jardín, La casa del sueño, Mala hierba, La precipitación, Lluvia de níquel, Último caso del inspector Rodríguez Pachón, La Caraqueña del Maní) sin que ello le haya impedido incursionar en otros géneros como el erótico o histórico. Ha ganado, entre otros, los premios Tigre Juan, Azorín, Café Gijón, La Sonrisa Vertical y Camilo José Cela. En el 2008 publicó en la editorial Algaida El mal absoluto, un thriller sobre el Holocausto, que obtuvo el premio Ciudad de Badajoz. En 2009 verá la luz El corazón de Yacaré en Imagine Ediciones.