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Unos y otros:
Con él me confirmé a mí mismo y anuncié a los demás que había un escritor dispuesto a seguir en la carrera. Creo, sin embargo, que en ese momento todavía no había encontrado mi voz.
Del tiempo y las cosas:
Por causas ajenas a mi voluntad, un libro pequeño. Sólo cuatro cuentos que, sin embargo, ya me acercaban al escritor que iba a ser luego.
Fin del capítulo ruso:
Mi primer libro en el exilio (publicado en Montevideo). Ya antes había sido traducido y publicado en sueco. Me permitió saber que había vida más allá de Cuba.
La otra Cuba:
Surgió como un subproducto de Nunca es tarde. Lo quiero mucho porque ahí reflexiono sobre mis orígenes y hablo de mi poética y de los motivos por los que elegí esta carrera.
Naufragios:
Mi primer libro publicado en España, en una casa editorial importante. Recibió, además, un premio de prestigio en ese país. En él escribí con mucha sinceridad sobre Cuba, sin autocensura por primera vez en mi vida.
Las largas horas de la noche:
Una novela muy sufrida, concebida con mucha ilusión y amor por la figura de José Martí. Tuve que escribirla dos veces desde cero, pues el primer manuscrito (terminado y sin copia) me lo robaron en un parking de Moscú, cuando trabajaba en esa ciudad. Luego, ya escrita de nuevo y entregada a la editorial en Cuba, fue sacada de las prensas cuando se supo que yo me había “quedado” en Suecia. Tampoco salió unos meses más tarde en Montevideo, pese al contrato suscrito con una editorial uruguaya cuyo nombre me reservo.
Delirio nórdico:
Para mí significó saldar una deuda con los cubanos que en 1994 compartieron conmigo la experiencia del campamento para refugiados de Carlslund, en Estocolmo. ¿Por qué una deuda? Pues porque yo obtuve la residencia en Suecia, pero la mayoría de ellos recibieron la negativa a su petición de asilo y la expulsión del país. Hoy andan dispersos por el mundo. Me propuse reivindicar su causa con esta novela y me sentí muy feliz cuando gané con ella el Premio Ateneo Ciudad de Valladolid, en España.
Nunca es tarde:
Fue mi retorno al cuento y junté allí un grupo de piezas nuevas con alguna antigua, pero todas en estrecha relación. Funcionó tan bien que gané el I Premio Internacional de Narrativa del Centro Cultural de la Generación del 27, en Málaga.
Concierto para una violinista muerta:
Con esta novela quise incursionar en el género negro. La escribí en unos pocos meses, pero tuve que prepararme mucho, antes de poder sentarme a hacerlo. Cuando gané con ella el Premio Kutxa, me dije que también podía escribir obras de intriga y misterio.
Con todo propósito, en la lista anterior no he incluido tu más reciente libro, una novela. Háblame de Después de Cuba, ¿de qué trata?, ¿quién la publica?, ¿qué añade de nuevo a tu obra?
Esta novela acaba de ser publicada por la editorial Baile del Sol, de Tenerife, y es una historia que se desarrolla en la Cuba actual. Aunque su estructura no es lineal, el tiempo de la narración abarca cuarenta años de la historia reciente de Cuba, es decir, desde principios de los sesenta hasta los últimos días del año 1999 y comienzos de los 2000. En el texto se recogen las peripecias de cuatro personajes que al principio de la acción son unos niños –dos chicos y dos chicas- de once o doce años. Estos cuatro personajes, que conducen la historia hasta el final, representan los arquetipos de cuatro líneas de conducta o de cuatro ejemplos de trayectoria vital de los cubanos de hoy, tanto fuera como dentro de la Isla. Como no quiero descubrir la trama de la novela, diré solamente que entre ellos hay amistad y amor. Y que, según van haciéndose hombres y mujeres, se incorporan con gran entusiasmo al desarrollo de la revolución cubana. Los padres de estos jóvenes les habían enseñado que el sacrificio corría a su cargo (a cargo de los padres) mientras que los frutos de la revolución serían recogidos por ellos, por los hijos de esos padres que dedicaron su vida a la causa. Al final, ninguno de ellos es feliz, y los héroes reaccionan de diferente forma ante la catástrofe que ha signado sus vidas. Cada uno a su manera, los cuatro están decepcionados con el fenómeno social que los marcó definitivamente, para bien o para mal. La acción de la novela se desarrolla en un pequeño pueblo imaginario, típicamente cubano, así como en la ciudad de La Habana, en un barco que lleva estudiantes a los países socialistas, y en algunos de estos países.
Esta novela, que tú leíste con otro título porque participó en el Premio Plaza Mayor de 2004 (en donde obtuvo mención de honor) cierra el ciclo que me propuse escribir sobre la sociedad cubana actual (junto a Naufragios y Delirio nórdico) y, con ella he expresado –a mi manera, con el instrumento de que dispongo- lo que pienso sobre ese fenómeno que ha marcado la vida de los cubanos desde el año 1959 hasta la fecha.
Quizás éste sea el momento de decirte que tengo otras dos novelas que no has mencionado aquí. Es lógico, porque aún no están publicadas. La primera de ellas está en proceso de publicación (también en Baile del Sol) y se titula Callejones de Arbat. En ella el personaje central también es un cubano, pero ésta se desarrolla en Moscú y trata fundamentalmente del desmontaje del socialismo real en Europa del este y de los poetas rusos que sufrieron represión a manos del régimen de Stalin. La segunda se llama Perdido en Buenos Aires y recrea los dos meses y medio que José Raúl Capablanca pasó en 1927 en la capital argentina, defendiendo ante Alexander Alekhine la corona mundial de ajedrez. Como seguramente sabes, el campeón cubano perdió el título a favor del maestro ruso-francés. La acción de la novela se desarrolla en un tiempo en el que el tango acababa de nacer y estaba en pleno apogeo en Buenos Aires. Capablanca no pudo resistirse al embrujo de la noche porteña, con sus revistas musicales, sus cafés de tango, sus cabarets y sus hermosas mujeres, que le ocupaban todo el tiempo que debió haber dedicado a la preparación de las partidas. En la novela aparecen Carlos Gardel y otras figuras del espectáculo y la noche porteña de entonces. Unas se presentan con sus nombres verdaderos, otras con falsos nombres, y algunas son totalmente ficticias. Tuve que estudiar mucho tango, muchas vidas de cantantes y músicos famosos, y mucho ajedrez; pero creo que el resultado ha valido la pena. Pero ésa es otra historia.
Otro de los ámbitos presentes en tus obras es ese contrapunteo enriquecedor entre la experiencia con latitudes y culturas distintas. ¿Qué culturas, además de la cubana, han marcado el desarrollo de ese escritor que habita en ti?
Sí, es cierto que mi vida se ha desarrollado en latitudes y culturas distintas, y que mi formación como persona y como escritor se ha visto enriquecida con ellas. Como sabes, yo me fui muy joven a estudiar a Rusia. Allí aprendí el idioma, formé una familia y me impregné considerablemente de la cultura del país. Cuando empecé a escribir ya había leído a los clásicos de esa lengua, que están entre los más importantes de la literatura universal. Creo que esa literatura ha tenido cierta influencia en algunas de mis producciones, sobre todo en el planteamiento dramático de los conflictos humanos. Sé que esa impronta existe, y la verdad es que no he hecho nada por deshacerme de ella, y hasta pienso que ha sido beneficiosa para el conjunto de mi obra narrativa.
Por otra parte, está España, que es algo ingénito en cualquier escritor de nuestra lengua. Yo he estado en estrecho contacto con la cultura española, sobre todo en los últimos años. Y actualmente estoy al día de casi todo lo que se hace y se dice en ese país, entre otras cosas porque una parte de mi familia vive en Madrid. Trato, además, de “vender” mis textos allí, y pienso que para ello es bueno conocer la psicología de los españoles, sus normas y sus reglas de vida. Pero lo hago con sumo placer, porque me siento muy cercano a España, como creo que le sucede a la mayoría de los cubanos. Y esto, como te decía, me ha ayudado a conocer mejor ese país, que es sumamente interesante. He estado en la España profunda, he visto corridas de toros en Las Ventas y he ido al Bernabéu para ver jugar al Real Madrid, que es el equipo de fútbol que sigo. He aprendido incluso muchos de los matices del castellano que se habla en las distintas regiones de España. Y, en fin, estoy muy metido en la cultura de ese país.
Y, por último, Suecia, que es mi segunda patria, el país donde vivo. Aquí he aprendido mucho también, y no sólo de su cultura y su manera de ver el mundo. Suecia me ha enseñado a trabajar fuerte para lograr los objetivos que persigo, a trazarme metas ambiciosas y a lograr las cosas por mí mismo, sin recurrir a nadie si no es en caso de extrema necesidad. Suecia me ha hecho una persona puntual, moderna, que cumple con los plazos y la palabra empeñada. Me ha dado, además, la posibilidad de desarrollarme en el campo de las nuevas tecnologías de la comunicación y me ha mostrado los caminos hacia su literatura, su cine y sus series de televisión. De los suecos he aprendido su historia y su cultura de vida, que es algo que les viene de sus raíces germánicas y, en mi opinión, de un credo que ya apenas profesan pero que les ha dejado su huella. Y esa convivencia con ellos, pienso yo, me ha hecho desarrollarme como escritor y crecer como persona. Y todo, claro está, sin olvidar mis profundas raíces cubanas.
También es fácil notar, mediante una lectura de tus novelas, un respeto por las posibilidades narrativas de tres modalidades de la novela: la novela negra, la novela erótica y la novela de aventuras, y se nota una mixturización de ellas en tus mundos narrativos. ¿Cómo ves estos géneros en la actualidad y cómo crees que te han alimentado?
Tu observación es correcta. En mis novelas hay de todo, como en botica. Pero es lógico que así sea, pues generalmente los escritores escribimos con todo el bagaje de información que hemos ido adquiriendo a través de los años. El producto de tu creación, lo quieras o no, lleva la impronta de toda esa literatura que has ido incorporando a tu memoria de lector. Hubo tiempos en los que yo leí mucha novela de lo que actualmente se ha dado en llamar género negro, así como del género de aventuras o de novelas con grandes dosis de contenido erótico. Escribir una novela sobre la Cuba actual, por poner un ejemplo que nos toca de cerca, es casi imposible si no incluimos en ella páginas que contengan algún acto delictivo “cubano”, así como escenas de sexo o de la aventura que siempre es la vida en nuestra isla. ¿Por qué? Pues porque todo eso, en mayor o menor medida, forma parte de la cotidianidad cubana. En la actualidad veo las tres vertientes que mencionas cada vez más mezcladas. Las mejores novelas que he leído en los últimos tiempos se destacan por su excelente tratamiento de la prosa, pero también por la transgresión de las fronteras entre estos supuestos géneros. Cierto que todavía se escriben muchos libros que pretenden adscribirse exclusivamente a una de estas modalidades; pero también es verdad que cada vez se ven más buenas novelas que mezclan todo en una sola obra. Si no recuerdo mal, la editorial Tusquets fundamentó la suspensión de su premio de novela erótica con el argumento de que cualquier libro que se precie contiene páginas de evidente contenido erótico. Yo diría lo mismo para la aventura, la Historia y las demás vertientes en que se ha subdivido el género épico. Hace poco leí una excelente novela titulada Manjar dulce. ¿De qué trataba? Pues de eso, de manjares y comilonas. Y, que yo sepa, no existe el género de novela culinaria. En mi opinión, hay que mezclarse o sucumbir.
Leyendo tus cuentos encuentro una diferencia notable en materia estilística y de abordaje de la realidad narrada. ¿En qué sentidos se diferencian el Antonio Álvarez Gil que escribe los cuentos y ése otro que crea los mundos de las novelas?
Como en el cuento el peso específico de la prosa es mayor que en la novela, el narrador cuida inconscientemente la elaboración del lenguaje, de manera que éste sea capaz de captar y transmitir la esencia de la psicología de los personajes. Es por este motivo –y no por otros- por el que la prosa en el cuento tiene que ser precisa y clara como un rayo de sol. En el cuento cada palabra es determinante para crear el conjunto de sensaciones que el autor quiere transmitir con cada frase del texto o con cada idea que flota entre sus líneas.
Como en la novela hay más tiempo y oportunidades para crear esas sensaciones, el narrador lo va haciendo paulatinamente, mediante el envío continuo de detalles y señales que se van acumulando en la memoria del lector, hasta que logra crear en él los mismos sentimientos que en el cuento habría podido crear con un par de imágenes o de frases precisas de los héroes. Pero estas imágenes o estas frases tienen que estar muy bien construidas para que sean capaces de cumplir debidamente con su cometido. Del tema se podría hablar mucho más, pero no es el momento. Creo que algo de esto es lo que me ocurre a la hora de abordar los géneros, aun cuando no tenga conciencia de ello.
Tal vez la razón de esta diferencia estilística que notas sea un poco más sencilla y haya que buscarla en las posibilidades que brinda la extensión de la novela (en contraposición con la intensidad narrativa del cuento) para contar la historia desde distintos puntos de vista, lo cual obligaría al narrador a introducir ciertas variaciones en el estilo de su discurso para hacerlo más particular y consonante con la psicología de cada personaje.
Como ves, no había pensado nunca en esto y estoy improvisando posibles respuestas a tu pregunta. Puede que alguna de ellas esté más o menos cercana a la clave de lo que me planteas. En todo caso, si de veras en mis textos existe esa diferencia de estilo que dices, debo de haberlo hecho de manera inconsciente, como un acto reflejo que es más bien resultado del oficio adquirido que de cualquier intención expresa.
Finalmente, si tuvieras que definir al escritor que es ese Antonio Álvarez Gil que ha publicado todos esos libros que mencionamos antes aquí, ¿qué dirías?
Si tuviera que definirme a mí mismo diría que soy un estudiante eterno y, al mismo tiempo, un atrevido. Lo digo porque, si te detienes a pensar en los temas que abordo, verás que me atrevo con casi todo. Al principio de mi carrera yo escribía sólo de lo que sabía, de temas que tenían relación con mi experiencia vital. De ahí salieron muchos de mis cuentos, y de ahí salieron Naufragios y Delirio nórdico. Pero en la actualidad medito mucho sobre los temas y escribo no sólo de lo que conozco personalmente, sino –y de manera principal- de lo que me interesa. Cuando escojo el tema, lo estudio con una profundidad tremenda. Me meto en el ambiente como si fuera un actor que va a interpretar un papel determinado. Es como si ése tema fuera un doctorado o una especialización científica. Y, realmente, me vuelvo un especialista en la materia. Mi primera experiencia al respecto la tuve cuando escribí Las largas horas de la noche. Me involucré en ese “problema” porque siempre me había interesado el idilio amoroso de José Martí y María García Granados. Para escribir esa pequeña novela estudié no sólo la vida y la obra de Martí, sino también todo lo referente a la sociedad guatemalteca de aquellos tiempos, como las veladas que se celebraban en la ciudad y lo que publicaba la prensa de entonces, la obra de sus hombres de letras y la historia del país con sus revoluciones y sus políticos. Y, sobre todo, la familia García Granados, uno por uno, incluyendo la obra poética de Pepita García Granados, la hermana de don Miguel. La novela es pequeña, pero hay tras ella un enorme fondo de información. Y así hago siempre, me empapo hasta el tuétano de los huesos de todo lo concerniente al asunto y luego escribo; entonces todo fluye como si yo realmente hubiera vivido en ese tiempo y lugar y hubiera estado involucrado personalmente en la acción. Es algo parecido al método de Stanislavski en teatro. Luego, por ejemplo, cuando escribí Callejones de Arbat, estudié la obra y la vida de muchísimos poetas y escritores rusos, los detalles de sus relaciones entre sí y con el poder; traduje parte de la poesía que hicieron; en resumen, lo estudié todo sobre ellos. Estudié, además, la novela El maestro y Margarita, los lugares en los que Bulgakov había situado la acción, la vida del mismo Bulgakov; en fin, todo. Del mismo modo, cuando escribí Concierto para una violinista muerta, estudié los mecanismos de varias novelas de suspense y estudié la vida de Tchaikovski y otros compositores. Escuché, por supuesto, una enorme cantidad de música clásica, de piezas que yo conocía sólo de oídas, y me volví casi un musicólogo. Y ahora, para escribir Perdido en Buenos Aires, me metí en la historia del tango, en la vida y la obra de todos los compositores que habían vivido y trabajado hasta 1927. Estudié a los cantantes de la época, a los músicos; rastreé los orígenes del tango, su evolución, los instrumentos que a través de los años se han usado para tocarlo; repasé los teatros de Buenos Aires y las revistas musicales que estaban en cartelera en ese tiempo, así como los cabarets y cafés que funcionaban por entonces en la ciudad. Como Gardel era un amante del turf, estudié cómo era el hipódromo de Buenos Aires por entonces y aprendí mucho sobre el mundo de los caballos pura sangre. Repasé incluso las carreras de cada domingo, las que ganó y las que perdió el caballo de Gardel, pues en mi novela Capablanca también estaba allí, participando en todo aquello. Estudié, además, todas las partidas de ajedrez del match de Buenos Aires entre él y Alekhine; y, además, toda la vida del maestro cubano y los encuentros en que participó. Estudié también el juego de sus adversarios más importantes, y la psicología y la historia personal del gran maestro cubano. Y reconstruí en mi cabeza la Buenos Aires de 1927. Fue el trabajo del indio, como dice el refrán; pero fue muy lindo. Cualquiera que se lea la novela se preguntará cómo me enteré de todo eso. Pues estudiando durante horas y horas. Cuando me senté a escribir todo fluyó como si yo realmente fuera Capablanca y me encontrara en su piel, disputando las partidas y viviendo intensamente la noche porteña de aquel hermoso Buenos Aires de 1927.
Dicho esto, debo también decir que soy un escritor que se ha hecho a sí mismo. He tenido buenos maestros, pero también he tenido mucha voluntad y mucha confianza en mi capacidad para crear y contar historias. Tengo, además, y quizás no esté muy bien decirlo, una relación muy fluida con la palabra escrita. La siento como un músico siente la melodía o un pintor los matices de los colores. Creo que puedo expresar con precisión cualquier tipo de sentimiento humano que me proponga expresar. Veo estos sentimientos de manera muy clara en las personas con quien trato y sé recordarlos y utilizarlos luego en el diseño de los héroes de mis narraciones. Y a veces me parece que los personajes de mis historias cobran vida en las páginas de mis textos. Ésa, quizás, es mi mayor virtud como narrador, la de saber diseñar y presentar los tipos humanos más variados, personajes que viven ante los ojos de mis lectores. No quiero que estas palabras se entiendan como un signo de vanidad o falta de modestia. Me has pedido definirme a mí mismo como escritor y estoy tratando de hacerlo. Por otra parte, siento no haber estudiado una carrera de humanidades, que me hubiera ayudado mucho en esta aventura. Como no lo hice así, he tenido que pasar el resto de mi vida estudiando, tratando de ponerme al día de cosas que otros estudiaron en los programas universitarios. Hasta cierto punto lo he logrado, pero siento que todavía me queda mucho por aprender.
Por último, decir que no escribo para demostrarle nada a nadie. Y sobre todo, no escribo contra nada ni contra nadie. Podría decir que escribo para ser feliz, para dar salida a ese murmullo de palabras que escucho continuamente dentro de mi cabeza. Escribo porque me place hacerlo y porque no podría vivir sin escribir.