

Presentaciones, manos que se estrechaban, palabras cordiales y sonrisas. Daniel Mordzinski, con decisión imprevista se sentó a mi lado, a una la larga mesa donde estábamos más de diez escritores, en parloteo peculiar. Yo había sido advertido, cuando fui invitado al almuerzo:de que se trataba de un gran fotógrafo de escritores. Estábamos en Centro Habana, en una pieza del paladar “Fresa y Chocolate”, donde se filmaron escenas de la célebre película que le daba nombre, instalado en una vieja casona del siglo 19. Aunque tal vez no nos fuera indiferente estar uno al lado del otro, nada hablamos de fotografías ni de retratos, pese a que yo experimentaba el ligero temor o el tenue sobresalto de ser su futura presa. Antes de que nos sirvieran el almuerzo, Daniel Mordzinski se inclinó a mi oído y preguntó: “¿Habrá aquí alguna azotea?". Dije que si, que en las casas parecidas a ésta siempre había azoteas. “¿Y se podrá subir?” Nos levantamos, tras mi gesto afirmativo, y salimos al pasillo. Sin que yo lo hubiera descubierto hasta ese momento, él cargaba su cámara. El pasillo era inusualmente ancho, con grandes ventanales y numerosas puertas, todas abiertas, que daban a las habitaciones de los antiguos señores propietarios de esa mansión de tres pisos, ahora destartaladas y que ocupaban pobres familias apiñadas, dentro de aquel caserón convertido en un solar habanero, que aún tenía rastros de su anterior riqueza. Caminamos rápidamente por aquel pasillo hasta encontrar la escalera que nos llevó a la azotea. Nos asaltaron enormes tendederas con sábanas blancas recién lavadas secándose al sol, dos niñas recostadas al muro, y detrás la vieja ciudad con sus cientos de azoteas. Lo vi sacar la cámara, respirar complacido, buscar un lugar, oí un “colócate aquí”. El ojo de vidrio me buscaba y decenas de disparos intentaron capturarme, las niñas se reían, quizá al verme caminar de un lado al otro, recostarme en el muro, casi junto a ellas, que se apartaban presurosas, buscar una pose o dejar de buscarla, muy tieso de pronto y de pronto flexible, fingidamente espontáneo, tan consciente de ser retratado. Daniel, percibiendo que yo estaba tenso, artificial, posado, me daba conversación, me hacía hablar sobre cualquier cosa. Su sabiduría de fotógrafo rechazaba esos momentos y distinguía otros en que fluía el hombre interior, un yo más inopinado, que su ojo detrás del lente captaba de un flashchazo. Yo me iba trasladando a los lugares que su vista escogía al vuelo, lugares propicios en que algo oculto pudiera revelarse a su mirada. Él, con una decisión increíble, transformado en otro, en el real fotógrafo, tocó en una puerta y pidió una silla, y se la dieron, y agradeció con una cortesía absorbente, y me senté con un ademán que nunca había usado para ocupar una silla, y Daniel siguió disparando. Ambos extrañamente comunicados, dando saltos por la escalera, dejamos la azotea después que él descubrió que aquel paisaje urbano, con su cielo nítido y azul punzante, había terminado de sugerirle revelaciones, puntos de mira. Pasamos por delante de un cuarto con la puerta abierta, y Daniel Mordzinski retrocedió, su fabulosa imaginación de retratista había descubierto otro lugar posible, y me llevó hacia atrás y, con un encanto al que nadie podía resistirse, le pidió a la mulata que lo habitaba que nos dejara entrar. Escogió un lugar en la cama, volvió a pedir permiso, dijo que me sentara, y yo ocupé ese espacio como si fuera mía la cama y hubiera dormido en ella doscientos años. Me puso luego contra una pared, entre santos de yeso coloreados, y volvió a disparar, mientras la mulata hospitalaria ofrecía café y nos hacía miles de preguntas, que si se trataba de una película, que si eran fotos para una revista extranjera. Daniel Mordzinski con su entonación argentina le hacía observaciones sobre cosas de su cuarto, agradecimientos y cortesías, en tanto salíamos ágilmente de nuevo al pasillo. Volvimos al comedor del paladar y él guardó su cámara. Podía descansar, los retratos estaban hechos, habitaban callados detrás de su lente. Sentí que me había fijado en una especie de personaje, anulando cuanto en mí había de efímero. ¿El hombre retratado no era el hombre verdadero, aunque fuera el de un momento? Mientras pedía el almuerzo, sentí que yo, el modelo, quedaba en estado de residuo, y que el vivo era el otro, el que se llevaba Daniel Morzinski dentro de su cámara.
(Santiago de Cuba, 1935) Dramaturgo, novelista, cuentista, poeta y ensayista cubano. Fue amigo y albacea literario de Virgilio Piñera. Entre sus obras se encuentran, en teatro: Los siete contra Tebas (1968) La repetición, El caso se investiga, La tierra permanente(1987); , La divina Fanny, Todos los domingos (1965), la colección de piezas Teatro (1963) y en poesía: Repaso final (1963), Escrito en las puertas (1967) y La huella en la arena (1986); en narrativa: La caja cerrada (novela, 1984) y ¿Qué harás después de mí? (cuentos, 1988). En 1968, la polémica desatada en torno a su pieza teatral Los siete contra Tebas con la que ganó el premio José Antonio Ramos de la Unión de Escritores y Artistas (UNEAC), lo condenó a unos catorce años de silencio en los que el escritor no pudo publicar. La obra se estrenó en Cuba en el 2007 bajo la dirección de Alberto Sarraín. Con La noche del aguafiesta recibió en el 2000 el Premio Alejo Carpentier de Novela. Ese mismo año sería condecorado con el Premio Nacional de Literatura de Cuba. Reside en La Habana.