

Llegar desde mí cuarto del hotel Littré (mí hotel más que preferido en París) a la casa de Daniel Mordzinski pasa por seguir sus instrucciones cortazarianas (Mordzinski es el cortazariano más consciente de ser cortazariano que he conocido) y salir a la rué Littré y doblar la izquierda, subir hasta el boulevard du Montparnasse y cruzarlo e ir a buscar una estación de metro que lleva el nombre de un republicano francés que en 1859 rechazó desde Bruselas la amnistía que concediera Napoleón III a todos los proscritos. Desde esa estación hay cinco paradas hasta llegar a otra que lleva el nombre de un médico personal de Napoleón, al que éste le concedió el título de barón y de "primer médico del Emperador".
Este es un trayecto que he hecho en dos ocasiones. Una en el día de Navidad de hace dos años: fue una visita que obviamente se pareció a un cuento de Dickens. La otra me ha quedado muy grabada en la memoria por el frío que pasé en el trayecto; era un frío -de Lo contrario no me lo explico- salido directamente de mi anterior visita, del cuento de Dickens. Recuerdo que descendimos en la parada del médico personal de Napoleón -una estación que ya conocíamos de nuestro primer viaje, el navideño- y también recuerdo que atravesamos una avenida y nos adentramos por parajes que el día de Navidad no advertimos que pudieran ser misteriosos, pero que esa noche me lo parecieron mucho: parajes más que enigmáticos, y fríos. Caminamos por unas estrechas calles de típicas esquinas con las farolas parisinas de rigor, unas calles que parecían uno de esos decorados de cartón-piedra que sobre París montaban a veces en los musicales de Hollywood. También parecían decoradas por el propio Mordzinski, simplemente para sorprendernos, o para ampliarnos generosamente el cuento navideño.
Un frío que hacía desear, aún más, llegar al hogar mordzinskiano. Valiéndonos de un mapa que resbalaba en nuestros guantes, avanzando por aquel laberinto de calles irreales que evocaban antiguas melodías estilo I love París, avanzando a toda velocidad en la noche espantosamente helada. Llegamos finalmente a una calle y a un edificio y a un portón y a un timbre y tomamos el ascensor hasta un tercer piso y allí encontramos al amigo Mordzinski en una versión distinta a la del fotógrafo entre escritores: Mordzinski en familia.
Ya cómodamente instalados en su cálido hogar, me acordé de algo que él había dicho en alguna ocasión y que había yo perfectamente memorizado: "En el primer encuentro siempre intento retratar a las personas en sus propias casas porque pienso que las paredes de nuestros hogares hablan, Al acordarme allí, en aquel momento, de mi primer encuentro con él en Barcelona en mi casa -un encuentro al que siguieron después encuentros y coincidencias en diversos hoteles del mundo- creí comprenderlo todo: de repente, se cerraba un círculo y acababa yo de iniciar, en aquel mismo momento, al entrar en su hogar, el proceso de conocimiento a la inversa. Y pasó, por ejemplo, a interesarme, el estudio del método Mordzinski, es decir, el análisis de su misteriosa habilidad para caer bien a todos los escritores del mundo, es decir, para caer bien a los seres más raros del mundo: gente que habitualmente tiene relaciones conflictivas con su propia imagen, y en realidad relaciones complicados con todo en general, para qué vamos a engañarnos. Dice John Banville que en cualquier parte todos los escritores son iguales: obsesivos, resentidos, celosos hasta la enfermedad y siempre pobres. Pero Mordzinski hace caso omiso de esto. Parece uno de sus secretos. Otro es más sutil: les halaga mucho y al mismo tiempo -nadie aún sabe cómo- los maltrata. Y otro -éste es un secreto a voces- consiste básicamente en atreverse a proponerles unas fotografías que ellos no desean en un primer momento, en definitiva a atreverse a ir con ellos más allá de lo que los pobres han calculado, imaginado. No es extraño que, a cada día que pasa, Mordzinski haga cada vez más amigos dentro del gremio de los escritores. Y éstos, al mismo tiempo, cada día sean seres más obsesivos, resentidos, celosos hasta la enfermedad, salvo cuando están bajo el foco de Mordzinski,
Enamorado de la Maga y apasionado de la ciudad descrita en Rayuela, tal vez sintiendo, a través de aquel libro mítico, que recibía instrucciones cortazarianas, Mordzinski fue a vivir a París a comienzos de los años ochenta. Meses antes, había fotografiado en Buenos Aires a Jorge Luis Borges. Lo había hecho en lo que seguramente había sido un viejo hotel de inmigrantes del barrio porteño de San Telmo. Él trabajaba como meritorio de dirección en el rodaje de Borges para millones, film del director argentino Ricardo Wullicher. Le acompañaba una Nikormat, una cámara de fotos que su padre le prestaba para las ocasiones importantes. Le fotografió a Borges -como si fuera una premonición de su futuro recuento de escritores a lo largo de treinta infinitos años, muchos de ellos cazados en posadas y hoteles- en esa vieja posada de San Telmo. Pero ese día en concreto, según he podido saber, él ignoraba que continuaría retratando escritores, no podía ni imaginar que con el tiempo establecería relaciones estrechas con el mundo de la literatura. Sin saberlo, aquella fotografía de Borges iba a ser el primer retrato de una larga serie de imágenes de escritores. Todavía recuerda los esfuerzos de Borges para adaptarse a sus demandas. "Yo fui el primer sorprendido al descubrir entre unas planchas de contacto encontradas en París, veinte años después, que la magia de esa fotografía archivada y olvidada por lo que yo creía su mala calidad, dependía del halo de luz que parecía jugar en torno a una mano anónima que entonces me perturbaba. Más adelante tendría tiempo de confirmar que cada foto es un salto hacia lo desconocido, en el que factores imprevisibles modelan y matizan una identidad".
Después de Borges, el primero en ser fotografiado -ya Mordzinski se había ido a vivir a París- fue Cortázar, claro está, El círculo, de algún modo, se cerraba. O, mejor dicho, se abría, porque comenzaba un círculo encantado de fotografías por todo el mundo, a la caza y captura de escritores, primero sorprendidos en sus casas, y luego en cuartos de hotel.
Le admiro mucho tanto por sus fotografías como por su rara constancia obsesiva de treinta años en la persecución de los seres raros y obsesivos. Recuerdo que, cuando le vi por primera vez, es decir, el día en que le vi entrar en mi casa de Barcelona, no podía ni creerlo, le había imaginado muy viejo, y así se lo dije. Tal vez era porque había visto una exposición suya en Oporto y me había parecido que fotografiaba a escritores de estilo viejo y acartonado. Él comenzó a improvisar silencios. Debió de pensar que le tocaba lidiar con un nuevo ejemplar de ser obsesivo, raro, pobre, resentido y celoso hasta la enfermedad. Y yo le insistía y le repetía que le imaginaba muy viejo. Eso daba una cierta idea de la magnitud del tiempo que había tenido que esperar yo para encontrarle. Él rompió el silencio con la primera fotografía. Aún veo mi rostro de perplejo. De todo parece que haga ya treinta años. Si pienso en Mordzinski, tengo que admitir que son treinta años de éxitos.
(Barcelona, 1948) Estudió derecho y periodismo y en 1968 entró como redactor en la revista de cine Fotogramas. En 1971, realizó el servicio militar en Melilla, donde en la trastienda de un colmado militar escribió su primer libro, Mujer en el espejo contemplando el paisaje. A su regreso a Barcelona, trabajó como crítico de cine de las revistas Bocaccio y Destino. Vivió en París dos años, desde 1974, en una buhardilla que le alquiló la escritora Marguerite Duras; allí escribió su segunda novela, La asesina ilustrada. Su tercer y cuarto libros, Al sur de los párpados y Nunca voy al cine, aparecieron en 1980 y 1982, pero sólo empezará a ser conocido en 1985 con su libro Historia abreviada de la literatura portátil. Publica a continuación Una casa para siempre, Suicidios ejemplares, Hijos sin hijos, libros de relatos. Recuerdos inventados es una antología de sus mejores cuentos. Se pasa a continuación al género novelesco con obras como Lejos de Veracruz, Extraña forma de vida, El viaje vertical, Bartleby y compañía y El mal de Montano entre otras. Por otra parte, en 1992 había publicado una colección de artículos y ensayos literarios bajo el título de El viajero más lento, a la que siguió en 1995 una segunda entrega, El traje de los domingos. Otras libros que contienen ensayos literarios: Para acabar con los números redondos (1998), Desde la ciudad nerviosa (2000), Extrañas notas de laboratorio (2003, publicado en Venezuela), Aunque no entendamos nada (2003, publicado en Chile), El viento ligero en Parma (2004, publicado en México, reeditado en 2008 en España), Y Pasavento ya no estaba (2008, publicado en Argentina). Sobre su experiencia parisina escribió París no se acaba nunca (Barcelona, 2003). En 2005 aparece Doctor Pasavento. En septiembre de 2007 regresa al cuento y publica en Anagrama "Exploradores del abismo". En 2008 publica Dietario voluble, donde se decanta cada vez más por una fórmula que borra las fronteras entre la ficción, el ensayo y la biografía.