

Dice mi madre, y no hace falta que lo diga porque bien lo reconozco, que de niño yo adoraba posar para una cámara. Mi padre, que amó obsesivamente la fotografía, siempre tuvo una, y prefirió, cada vez, ponerme al centro del lente. Espiaba mis juegos, mis reposos, y apretaba el disparador, ordenaba más tarde las imágenes repetidas de sus dos hijos en cajas de cartón. Era yo quien más aparecía, y no porque me prefiriera: mi hermano no disfrutaba del sonido del disparador ni del centelleo del flash adosado, y que yo suponía, porque lo era, gigantesco. Recuerdo a mi padre manipulando el fotómetro, disponiendo la cámara, preparando el lente. Cientos, miles de fotografías impresas en papel, y luego en diapositivas a color que había que observar con el auxilio de un pequeño proyector, hizo el padre a sus hijos. Luego se perdieron todas por mi culpa. Mi padre y yo teníamos diferentes maneras de amar la fotografía. El las hacía y las guardaba como tesoro en pequeñas cajas de cartón, sin intensiones de mostrarlas. Yo posaba para el ojo de mi padre que guiaba el ojo de la máquina, y luego disfrutaba la impresión, pero no en silencio como él; yo las mostraba y las mostraba. Cuando no estuvo más el fotógrafo, las fotos fueron mi patrimonio y nada impidió que salieran de las cajas, de la casa. Recuerdo la última vez que las saqué, las llevé a una reunión de amigos en una casa cercana que visitaba con frecuencia, junto al paradero de trenes de mi pueblo. Esa vez las dejé olvidadas y no volví a encontrarlas. Supongo que desde que perdí todos esos testimonios comencé a dar protagonismo a la fotografía en cada cosa que escribí. Trazando estas líneas he pensado en la importancia de una fotografía en el primer capítulo de mi novela El paseante cándido, luego reaparece en el último, para cerrar. Lo más grandioso que le sucede al personaje protagónico, al menos él lo cree así, fue haber estado frente al lente de una cámara. En Fumando espero también asoma un retrato, en las primeras páginas, al que el protagonista le consulta cuando debe tomar decisiones trascendentes. Supongo, ahora mismo, que se deba a mi cercanía con la fotografía en mis primeros años, y a la deuda que tengo con mi padre después de que se perdieran, por mi culpa, cada una de las fotos que me hizo.
Nunca más volví a sentirme cómodo delante de una cámara porque me creía hurgado, y aunque guardo algunas fotos de los últimos años, no las considero mucho. Únicamente observado por el ojo de Daniel Mordzinski guiando el ojo de su cámara, volví a sentir una tranquilidad semejante a la de los primeros años. En ese encuentro no le conté de la pasión de mi padre por la fotografía, me dio vergüenza, pero si le hice saber de la comodidad que sentí a pesar del lente espía y del ojo que lo guiaba. Daniel debió pensar que estaba exagerando, que coqueteaba con su arte, porque me recordó que hacía apenas unas horas que nos conocíamos. Yo quedé en silencio, era cierto que unas horas antes vino hasta donde yo estaba y se presentó sin mediaciones, me pidió que le permitiera retratarme. Él, un gran artista, y muy reconocido, llegó humildemente a pedirme que posara, como si pudiera yo negarme conociendo de buena tinta el séquito de escritores que antes retratara. Consentí. Me dejé guiar por aquellas naves enormes y olvidadas del puerto de La Habana, confiado de que Daniel encontraría el mejor momento, el lugar exacto, la luz más eficiente. Yo tenía la certeza de que me observaba un ojo que conocía perfectamente la técnica para hacer fotografía, y que también por eso era capaz de violentarla. Aunque Daniel fuera un gran artista, apretaba el disparador como mi padre.
(Encrucijada, Cuba, 1963). En 1995 ganó el Premio David de la UNEAC con el libro de cuentos Lapsus Calami; con su novela El Paseante Cándido recibió el Premio de Novela Cirilo Villaverde de la UNEAC y obtuvo a finales del 2002 el prestigioso premio italiano Grinzane Cavour -instituido desde 1982- para libros publicados y en el que Cuba participaba por primera vez, un certamen de tradición que han ganado creadores como: Gunther Grass, Oe Kenzaburo, Czeslaw Milosz, José Saramago, Adolfo Bioy Casares, Bohumil Hrabal, René Depestre, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, entre otros, quienes ganaron por toda una obra. El Paseante Cándido además de publicarse en Cuba y México, fue publicado por la editorial italiana Rizzoli. En 2005 su novela Fumando espero divide al jurado de la XIV Edición del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos en un polémico veredicto, resultando primer finalista del prestigioso Premio.