

Yo no creo que sea mera casualidad que Daniel Mordzinski inaugurara su carrera como fotógrafo de escritores con un retrato de Jorge Luis Borges, allá por el lejano 1978, hace treinta largos (pero breves), intensos y fructíferos años. En la foto, el viejo escritor aparece rodeado de oscuridad, mientras una mano irrumpe en el campo como señalándole el haz luminoso que se refleja en el techo, imperceptible para sus ojos ciegos. La primera vez que la vi, me pregunté cómo diablos había logrado el fotógrafo reunir en un instante, en una imagen, tal cantidad de símbolos relacionados con la propia Literatura borgeana. El Borges público que se deja retratar. El oscuro espacio del mundo donde refulge un espejismo fantástico. La sombra de ese otro, ese doble, al que Borges adjudicaba su talento y su escritura, capaz de señalar el camino o, quizá, de manejar los invisibles hilos del personaje público, porque eso pudiera estar haciendo también la mano que asoma a espaldas de Borges.
Entonces, cuando vi la foto por vez primera, acababa de conocer a Daniel Mordzinski y no era todavía consciente de hallarme ante el caso más deslumbrante de intuición artística que he tenido el privilegio de contemplar en mi vida. El suyo es talento creativo en estado puro, una especie de corriente eléctrica que se genera en torno de él mientras trabaja (eso lo podrán atestiguar cuantos escritores ha retratado, que son ya legión, y los que han tenido el privilegio de viajar y trabajar con él, entre los que me cuento); una corriente que se torna contagiosa, que envuelve al retratado y lo coloca en un inmediato estado de empatía. Como la mano a espaldas de Borges, Daniel Mordzinski se convierte en cada sesión fotográfica en el doble del retratado, esa presencia que desde el otro lado del espejo nos devuelve nuestro rostro mirado por otro. Porque ese es quizá el mayor prodigio del arte de Mordzinski: su capacidad para hacernos descubrir a la persona que se halla tras el escritor público, pero sobre todo, para ofrecer al propio retratado, parafraseando unos versos de Borges, "explicaciones de sí mismo, teorías de sí mismo, auténticas y sorprendentes noticias de sí mismo". Sus retratos son verdaderas revelaciones en las que uno termina por reconocerse mejor.
Tampoco es casualidad que los versos de Borges que he escogido para definir la magia de Mordzinski sean versos de amor. Estos treinta años de retratos de escritores no sólo han acreditado su talento sino también su capacidad de hacer amigos y lo desmedido de su pasión por la literatura. Una pasión de lector impaciente, que no se contenta con el disfrute de la obra leída -porque Mordzinski se aproxima antes a los autores que va a retratar a través de sus libros-, sino que intenta penetrar en su universo, participar del juego simbólico, interiorizarlo como lo hacen siempre los artistas, mediante mecanismos que articulan lo racional y lo inconsciente, y prepararse así para poder trasladarlo a la imagen fotográfica. Un proceso creativo que crea el sello de marca de los retratos de Mordzinski: su sorprendente capacidad escenográfica en la que, entre el artificio y el sueño, el observador siente que se adentra en el verdadero mundo del retratado.
Es difícil resistir la tentación narrativa cuando se trata de evocar los orígenes del fotógrafo en la vida de Mordzinski. Todas las historias comienzan mucho antes de su inicio oficial. Hay una parte de cada una de ellas que se desarrolla cuando sus protagonistas ignoraban todavía que habían comenzado ya a vivirla y, por lo general, es necesario que pase mucho tiempo antes de que lleguen a tomar conciencia de ello. Es quizás ese el momento mágico de la vida, aquel en el que todo comienza a ordenarse, aquel en el que todo empieza a tomar un sentido y tan sólo hace falta que seamos capaces de descubrirlo, de intuir el mensaje que oscuramente no manda. A mí me gusta imaginar que ese momento, para Daniel Mordzinski, tuvo lugar el día en que siendo niño acudió con su padre a una función de circo en cuyo intermedio se sorteó una pequeña cámara fotográfica. El pequeño Daniel gritó de júbilo cuando escuchó que el número ganador que anunciaba el payaso encargado del sorteo era el suyo, y lloró de frustración cuando su padre tuvo que admitir que había perdido la papeleta y la cámara fue a parar a manos de otro niño. El escritor Antonio Sarabia sostiene que es ahí donde nació su vocación fotográfica, en ese sentimiento de pérdida. Yo también lo creo, pues tras la pulsión artística late siempre la sensación de que el mundo está incompleto, la necesidad de cubrir una carencia que pasamos la vida entera tratando de nombrar.
La sombra (en su caso, tal vez La luz) que Mordzinski persigue como fotógrafo le ha hecho recorrer treinta años de búsqueda, de tentativas, de trabajo cuyo fruto podemos hoy valorar con la perspectiva que da eltiempo. De su Buenos Aires natal a Israel, donde vivió siete años antes de instalarse en París en 1988. De sus estudios de literatura y de cine en la Universidad hasta su colaboración en los más prestigiosos medios de la prensa internacional. De su juventud de buen muchacho (porque, como diría Antonio Machado, Mordzinski es, en el buen sentido de la palabra, bueno) al amor de su compañera, Viviana Azar, y de sus hijos, Jonás y Anael. De su pasaporte argentino al francés. En toda su trayectoria personal y profesional, Daniel Mordzinski ha llevado consigo el alma, la pasión de América Latina que le ha hecho el más latinoamericano de los franceses y, desde luego, el más francés de los latinoamericanos. Pero, como el propio continente que le habita, síntesis mestiza del planeta, su curiosidad le ha llevado a acercarse a otras lenguas y culturas y, así, su cámara ha retratado escritores del mundo entero, de modo que su trabajo está conformando ya la que será la memoria visual de la literatura de nuestra época.
Una memoria que habrá de recordarnos tal y cómo éramos, pero que también dejara constancia del trabajo de un artista capaz de acercarse a sus coetáneos con humor e ironía, pero sobre todo con respeto y afecto, los cuatros elementos en que se divide la inteligencia. Contemplar la trayectoria fotográfica de Daniel Mordzinski es asistir al espectáculo de una búsqueda de belleza y verdad en el que las sucesivas aproximaciones a ideas visuales dan cuenta del rigor del esfuerzo. De retrato en retrato, Mordzinski ha ido afinando su concepción de la fotografía, ha jugado con volúmenes, geometrías, luces y encuadres, con composiciones y gestos, como si cada escritor retratado fuera pieza de un vasto tablero de ajedrez en el que él juega la partida de su talento, pero en el que mágicamente, como en ese mundo del otro lado del espejo que imaginara Carroll, peones, torres y reyes no son esclavos de su voluntad sino cómplices de su aventura.
(Granada, España, 1957). Cursó estudios de derecho hasta tercer año en la Universidad Autónoma de Madrid. Sus libros más recientes son Una belleza convulsa (Ediciones B. 2001), con la que ganó en Francia el premio literario Charles Brisset 2002, La epopeya de los locos (Ediciones B. 2002), Vidas exageradas (Ediciones B. 2003), La estrella fugaz (Ed. Cidcli, 2005), A pedir de boca (Ediciones B. 2005). Ha participado en los libros colectivos de relatos Hôtel Puerto (Images en Manoeuvres Éditions. Marsella. 2001), Cuentos de la tercera orilla (Banda Oriental. Montevideo.2002), Tu nombre flotando en el adiós (Ediciones B. 2003), Queen Mary 2 & Saint-Nazaire (Maison des Ecrivains et Traducteurs. Saint-Nazaire. 2003) y A table! (Éditions Métailié. París. 2004). Es coautor y editor de la recopilación colectiva de poesías de narradores titulada Poesie senza patria (Ugo Guanda Editore. Milán. 2003). Sus obras están traducidas al francés, italiano, alemán, portugués y griego.