

Le dejó un recado en el contestador automático, y Cortázar se presentó allí, cuan largo era. Han pasado 28 años, y este fotógrafo argentino de pelo (ya escaso) rojizo, vestido de negro, infatigable, sigue haciendo fotos, pero ya sabe que los vagabundos y los poetas tienen universos propios, y ha de fotografiarlos a solas, pensando. Fruto de su ya lejana convicción de que el escritor es el objeto de sus obsesiones, y que ha de retratarlo desnudo o solo, es la enorme exposición fotográfica (virtual) que propuso en el Hay Festival antes de una discusión sobre la vanidad literaria.
Mordzinski ha retratado a todo dios, literalmente. Ahí está Borges rodeado de su mundo, Bioy ensimismado y viejo, Cabrera Infante en su rincón adormecido de Londres, Camilo José Cela de sí mismo, Julio Llamazares descalzo, Gabriel García Márquez asomándose al mar desde una escollera, Ángel González alzado sobre el suelo, Laura Restrepo abrigadísima, Wendy Guerra desnuda, Ernesto Sábato triste, Jorge Amado descalzo también pero con las pantuflas a punto, en París, Benedetti en medio de un campo de fútbol en el que un niño juega indiferente...
Le dijeron que hablara, y lo hizo leyendo un trozo de papel donde contó una historia que le define como fotógrafo. Resulta que hace tres años, un 17 de enero, alguien le llamó a París, "tienes que ir a tal cementerio, allí entierran a Susan Sontag". Sontag, la mujer que mejor escribió de fotografía. Le equivocaron de cementerio, pero él llegó, vestido de negro, con una mochilla, y allí estaban todos los deudos, los editores, Annie Leibovitz, la colega de Mordzinski, que había sido la amante de Susan, el hijo de éste, David Rieff, Patti Smith..., un grupo de gente que de pronto parecía el coro triste de una despedida grande. Y Mordzinski tuvo la duda mayor de su oficio, disparar o no disparar, y sacó la cámara chiquita que llevaba en su mochila, "y lo fotografié todo, todo".
Era el único fotógrafo, pero nadie ha visto jamás las fotografías. Forman parte de su memoria privada, y son en su alma el secreto que comparte con su silencio, sólo se ha visto una foto, y está en EL PAÍS. Lo que ha hecho público, en el Hay, es mucho más que una colección de fotos; de pronto aparece ahí un resumen bastante ajustado del principal patrimonio de la lengua española, los escritores. Cada uno con el peso de su vanidad o de su autocrítica, construyendo un universo en el que a veces los árboles no dejan ver el bosque. Lo que ha hecho Mordzinski ha sido mostrar el bosque, y esa contribución es quizá, simbólicamente, lo mejor del Hay.
El Hay acaba hoy. Sabina, Serrat, el dúo que triunfó en la última parte del año, fue aquí también el que concitó las grandes colas; hubo discusiones íntimas, como la que tiene que ver con la familia y la literatura. Jorge Edwards, el autor de El inútil de la familia, sostiene como Thomas Mann que la literatura es siempre un asunto de familia. Se habló, claro, de la familia colombiana, alborotada siempre por lo que le duele, el terrorismo, y ahí puso su grano de sal Antonio Caballero, el periodista más vitriólico del país, y su grano de sensatez Michael Ignatieff, el diputado e intelectual canadiense: el Estado de tener cuidado de donde pone las manos para combatir el terrorismo...
Hubo grandes momentos en el Hay. Pero lo más emocionante, lo que sigue siendo un misterio sin resolver, es por qué a la gente no se le ocurrió antes que el público quiere pagar por escuchar a los escritores y a los artistas. Y pagando va a miles a oír lo que tengan que decir. Anoche hubo un recital poético en el Teatro Heredia, el favorito de María Guerrero, y aquello se desbordó tanto que estuvieron a punto de hacerlo en la playa.
Esta mañana Antony Beevor, el historiador británico que ha puesto en pie, con muchos más detalles, la historia de la guerra civil española habla sobre lo que aún le intriga. Serrat dialoga con su anfitrión y amigo Daniel Samper, y en muchos rincones de Cartagena de Indias se combina la pasión por estar en la calle, cantando y bailando como si siempre fuera fiesta, con esta pasión inaugurada hace tres años de hacer cola para ver qué dicen los escritores. Y ahí está, claro, Mordzinski retratando a todo dios.
Publicado en El País, 27 de enero de 2008
(Puerto de la Cruz, Tenerife, 1948) Periodista y escritor español que en la actualidad ocupa el cargo de adjunto a la dirección del diario El País. Comenzó su carrera como periodista a los 13 años en el semanario Aire Libre. En la Universidad de La Laguna se licenció en Periodismo e Historia. Después trabajó en los diarios locales La Tarde y El Día. En 1976 fue uno de los fundadores del diario El País, donde comenzó a trabajar como corresponsal en Londres. En su primera etapa en el diario fue también jefe de Cultura y de Opinión. Antes de regresar a El País desempeñó los cargos de coordinador de los proyectos del Grupo PRISA y director de Comunicación del Grupo Santillana. Se estrenó como novelista en 1972 con Crónica de la Nada hecha pedazos, premio Benito Pérez Armas. También es autor de El sueño de Oslo (Premio Azorín de novela), Naranja, En la azotea, El territorio de la memoria, Una memoria de El País, La foto de los suecos, Retrato de un hombre desnudo y Ojalá octubre. Su última novela, publicada en mayo de 2008, es Muchas veces me pediste que te contara esos años.