

Me gustan mucho las fotos de Daniel Mordzinski. Me gusta verlas en el blog del FILBA o en el libro que publicó, el de los escritores. También disfruté espiando cómo trabajaba en el MALBA, mientras cubría el evento, del que fue parte en alguna charla. En un momento me acerqué y le saqué yo a él un par de fotos. Cuando se lo dije, sonrió y me respondió: “el regador regado”. Me resultó simpático.
Al otro día, fuimos al último piso del MALBA, que está en construcción, y me sacó él a mí unas fotos. Subimos en el ascensor vidriado. Yo tenía puesta una camisa azul. Hubiera preferido tener una remera negra, de las que uso para dormir, de las que me dan confianza. Mordzinski hablaba con tranquilidad. Arriba, el piso estaba vacío. Había mucho polvillo, paredes en blanco y pedazos de nylon transparente. Del otro lado de los vidrios, un poco más abajo, los jacarandaes se veían en flor. Es una intimidad rara la que produce el fotógrafo cuando apunta, cuando pide que te pares un poco más allá, o un poco más acá. Y no estoy acostumbrado a posar. Sin embargo, en un momento sentí que el narcisismo se me hinchaba en el cuerpo como una esponja. Conozco el mecanismo de mi narcisismo como si fuera un reloj a cuerda abierto al medio. Nunca le había pasado algo así.
Cuando Mordzinski me dijo “listo, ya está”, le hice algunos comentarios sobre el paso de la película a lo digital. Me contestó que ya no era una dicotomía válida. Después, me dijo que el fotoperiodismo lo había marcado para bien. No me animé a preguntarle cómo era trabajar con el ego de los escritores. Es una pregunta tautológica que se responde con sus fotos.
Aunque no fui a muchas charlas y la carpa de Heineken no apareció por ningún lado -la cerveza gratis le hubiera dado un toque de originalidad al evento- disfruté mucho este primer festival de literatura de Buenos Aires. Sus claros emblemas –más allá de Bolaños, la diáfana luminosidad del museo y los escritores– fueron el Mega Flan Lunar al que se bautizó “Domo” y las fotos de Mordzinski. Gracias, entonces, Daniel. Y salud.
(Buenos Aires, 1975). Es licenciado en Letras y fue profesor en la Universidad de Buenos Aires.
En 1999 publicó su primer libro Notas de un viaje a Italia y en 2001 El coleccionista, una miscelánea de textos críticos y ficcionales. Además, publicó tres novelas: El caníbal (2002), donde juega con el pastiche intercalando en el relato recortes de diarios y de revistas de chismes, El bailarín de tango (2003) y El pornógrafo (2005), donde vuelve al diálogo como recurso para contar una historia, algo que ya había desarrollado en su novela anterior. Considerado una de las voces más interesantes de la nueva literatura argentina, además de escribir literatura, se dedica al periodismo cultural en diversos medios gráficos y páginas web y postea todos los días en su weblog http://www.elcocinerosalvaje3.blogspot.com, donde vierte sus, muchas veces, polémicas opiniones sobre literatura, arte, cine y política.