

Daniel es uno de esos hombres que trabajan todas las horas del día: para él la noción de descanso no existe –supongo incluso que mientras duerme, sueña con su trabajo- pues todo lo que le rodea, donde quiera que él se encuentre, es objeto posible, factible, probable de su obsesión: fotografiar personas, específicamente personas que escriben libros... Cada habitación, cada paisaje, cada calle, cada objeto, cada luz que existe es registrada por él de una manera singular, sometida al registro de su abultado archivo de imágenes y convertida en foto mucho antes de que coloque al personaje de turno en esa escenografía posible y, por último, apriete el obturador y capte la foto que ya había hecho en su mente.
Yo, que jamás he escrito un poema, me imagino que el cerebro de Daniel funciona como el de los que escriben poesía –sobre todo porque sus fotos son poesía: siempre buscando la manera de encontrar la esencia última de las cosas y las personas, de la luz y de los rostros, de provocar –y digo provocar- la conjunción de lo imposible para crear una realidad distinta que solo él es capaz de concebir y, luego, de crear.
Y si Daniel resiste la tensión terrible de vivir cada hora de su vida para fotografiar a los que escriben sobre la vida es solo porque, en el fondo, asume su trabajo como un juego. Daniel es un niño grande que goza la travesura de ir siempre más allá, de ver lo que nadie ve, de mirar lo que nadie mira, y de sentir el disfrute infantil de ganar un premio: la foto que solo él pudo imaginar y tomar.
(Mantilla, La Habana, 1955) Novelista y periodista cubano. Es uno de los escritores cubanos de mayor prestigio internacional. Sus novelas de más reconocimiento pertenecen a la serie “Las cuatro estaciones”, protagonizadas por el investigador policial Mario Conde: Pasado Perfecto (1991), Vientos de cuaresma (1994), Paisaje de otoño (1997), Máscaras (1998), a la cual se añade La neblina del ayer (2003). También ha publicado La novela de mi vida (2005) y próximamente se publicará El hombre que amaba a los perros.