

“Cuando estoy haciendo una foto pienso:
encontré una mariposa.”
Daniel Mordzinski
Fue en Gijón, en un Salón del Libro Iberoamericano. Parecía tener el fantástico don de la ubicuidad. Cuando menos lo esperabas aparecía, cámara en ristre. En general armado hasta los dientes, le colgaban bártulos cual de ellos más sobrecogedor, y tenía hasta voluntarios para llevarle el trípode. Me daba pavor saberlo cerca. Pero noté que los escritores cruzaban ante su lente pavoneándose: parecían pedir la instantánea, el daguerrotipo que hiciera la magia de emparejarlos con Borges, Vargas Llosa, Saramago, Rubem Fonseca, Cabrera Infante, Ángel González o García Márquez. Sin embargo, yo recelaba de su argentinísima sonrisa, de su mirada escrutadora, su negro vestuario, su pelo rojizo... Sobre todo me erizaba las vértebras el sonidito del disparador de su cámara. Había visto sus libros de fotos de escritores en bañeras, aventurándose en el vacío, colgados de andamios, cazados cual mariposas indefensas.
Cuando conocí a Daniel Mordzinski (Buenos Aires, 1960) debí pensar que se trataba de un demonio que desnudaba a sus víctimas y me acordé de los aborígenes que rehúyen ser fotografiados por temor a perder el alma o convertirse en esclavos del artista maléfico. Con sorna asistí a varias exposiciones de sus instantáneas de escritores. Me divertía viendo cómo Daniel era capaz interpretar a sus “presas”, adentrarse en sus ficciones y develar la vanidad, la jactancia, la dicha, la bondad, la ingenuidad, el talento, de amigos o no; al cabo, todos colegas de vocación. Incluso participé de sus juegos, a distancia prudencial. Una vez, cuando visitábamos una galería construida en un antiguo matadero, le propuse que retratara a sus modelos colgados de los ganchos en que antaño sangraban a las reses… “Buena idea”, respondió con picardía, guiñando el ojo, y temí que su rostro disimulara un obturador.
Trampero experto, sin embargo, él no me acosó. Poco a poco se ganó mi confianza. Algún chiste inteligente produjo el acercamiento. En torno de las mesas atestadas de manjares asturianos, conversamos un par de veces e insinuó que quería retratarme, pero jamás insistió y pareció olvidarse del asunto. Al fin y al cabo las estrellas del éter literario hacían pucheros porque les invitara a sus misteriosas sesiones. Así que durante varios encuentros, en España y París, respiré aliviado.
Hasta que una tarde lluviosa, en el festival literario de Povoa de Varzim (Portugal), Daniel, y mi oculta vanidad, me convencieron para que me dejara “sacar el alma” por su cámara. Pudoroso, acudí a la cita con el artista, ya amigo, a quien hice prometer “condescendencia y comprensión con mis pudores guajiros”. Al cabo de la temida jornada antes sus flashes, lo que descubrí no fue mi cuerpo colgado de una cuerda o saetado por ganchos de matadero, tampoco mi rostro mutilado por un efecto mentecato de la luz, sino a ese que acaso entonces fui y ya no soy; más que la expresión de mi rostro, “su” impresión. Contrario a los espejos y los filtros, su flash me reveló el yo que revolotea ante la lente, la cual no temía y acaso deseaba... Porque (¡dense prisa, jóvenes!) solo eres un verdadero escritor cuando recibes el premio de ser fotografiado por Daniel Mordzinski.
Mayo de 2009.
Cuba, 1974. Narrador, poeta y ensayista. Dirigió la revista literaria Jácara (1995-2005). Ha publicado una docena de libros, entre los más recientes: Los hijos de Adán (cuento, 2002), Colómbico (poesía, 2003), Eliseo Diego: donde la demasiada luz (ensayo, 2004), Mulato (novela para jóvenes, 2006; Premio Nacional “La Rosa Blanca” de Mejor Texto para niños y jóvenes publicado en Cuba en 2007), El dueño de los caballitos (cuento, 2007) y Cartas al hijo (poesía, 2008). Compiló y publicó diversas antologías de literatura hispanoamericana. Tiene varias obras en proceso de edición. Sus textos han sido traducidos al inglés, holandés, ruso, portugués, francés, italiano, catalán, armenio, griego, chino y árabe. Además del Premio Nacional “La Rosa Blanca” de Mejor Texto 2007, obtuvo en 1990 el Premio Nacional de Cuento y en 1996 el Premio Nacional de Ensayo “Eliseo Diego”. Es Profesor Adjunto de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana y colabora con diversos medios periodísticos y como editor literario, y ejerce la docencia en institutos de formación literaria de Madrid como Fuentetaja y Hotel Kafka. Trabaja para el Instituto Cervantes como columnista de la sección Rinconete.