

Podríamos decir que un escritor es una persona, buena o mala, al que alguna vez un tal Mordzinski le sacó una foto. Si Mordzinski te saca una foto ya eres escritor, por si no lo sabes, ya que si no no te la hubiera sacado. Si él te saca la foto es que eres escritor. Si Kafka no se hubiera muerto hoy sería Premio Nobel y tendríamos una foto suya de Mordzinski. Sería una foto que lo identificaría plenamente, como escritor y como todo. Esa foto resumiría a Kafka. Los niños o los adolescentes podrían saber de qué va Kafka con sólo ver esa foto. Incluso no tendrían que leer el libro que les obligarían a leer en el colegio, porque ya estaría la foto y sacarían adelante el examen sólo con acordarse de la foto. Me gustaría saber qué se vería en esa foto, pero yo no soy Mordzinski y no sé lo que se vería en esa foto. Podría ser Kafka, viejo, con el pelo blanco, vestido de negro, sentando ante un escritorio, y aplastando una cucaracha con el dedo gordo. O Kafka mojando galletas en la leche y comiendo abstraído. Los kafkas que se me ocurren no son de Mordzinski. Mordzinski lo clavaría.
Siempre me ha parecido que Cartier-Bresson clavaba a Faulkner en aquella famosa fotografía de él en la huerta de su casa y un chucho estirándose a su lado. Es un Faulkner que parece casual y en cambio su literatura se intuye perfectamente en esa foto. Pero es algo añadido; tenemos que poner de nuestra parte. Así pasa con los demás retratos de Bresson de pintores y escritores. Me acuerdo de uno de Beckett; tan primer plano que parece un reptil, con esa piel cuarteada y los ojos casi de reptil.
Mordzinsky va más allá; nos deja a los escritores en bandeja. Sólo tenemos que abrir los ojos. Bresson hacía retratos, y Mordzinsky hace biografías. Podríamos decir que se convierten, los retratados, un poco en parodias de sí mismos, casi tópicos. He aquí una muestra que publicaba hoy El País.
Publicado en el blog “Mi cama es una barca”.