

Y bendito sea Mordzinski que –con sus fotos educadas y bien escritas— nos ayuda a olvidar por unos segundos, que a la hora de la verdad, los escritores acaban siendo sus propios retratos de Dorian Gray. Sí: en un acto de justicia definitiva y última, los escritores desaparecen, se convierten en los fantasmas de sus propias obras. Y si hay suerte, si uno se comportó bien, son sus libros lo que nunca envejecerán los que seguirán siendo revelados por los siglos de los siglos, amén. Y click! ZOOM El método de Daniel Mordzinski, por ejemplo: este dedicado coleccionista de escritores nacido en Buenos Aires en 1960, hace años ciudadano de París (todo aquel que escriba acude a su estudio con la misma feliz resignación con que otros marchan hacia el Louvre o al Folies Bergere), pero sujeto a frecuentes viajes largos y a cambios radicales de geografía e iluminación, un día aterriza por tu casa. Llega con sus cámaras y, sí, se sabe, está allí para sacarte una foto –para robarte un pedazo de alma— pero no tener apuro alguno. Nada que ver con el frecuente vértigo de la mayoría de los siempre movidos fotógrafos. Mordzinski llega, se sienta, comienza a conversar con voz hipnótica y tranquilizadora (una voz más cercana a la de un pediatra que a la de un fotógrafo, pienso) y en algún momento te pide que le alcances algo, o que abras una puerta, o que prepares un café… Y, cuando te das cuenta, ya está, ya pasó...
(Buenos Aires, 1963) Escritor y periodista argentino. Autor de una importante obra narrativa que incluye Historia argentina (Planeta, 1991), Vidas de santos (Planeta, 1993), Trabajos manuales (Planeta, 1994), Esperanto (Tusquets, 1995), La velocidad de las cosas (Tusquets, 1998), Mantra (Mondadori, 2001) y Jardines de Kensington (Mondadori, 2003).